La llaga amarilla

Miguel Carbajal

¿Amarilla? ¿O negra? Sin ninguna alusión a Peñarol. Los reyes de la profesión y los acuñadores del término son los ingleses y esa obstinada inclinación que tienen de castigar a los Windsor. ¿Cuántos años más seguirá estando en el candelero Lady Di? Todas las estaciones aparece un video nuevo, un par de cartas ocultas, nuevas confesiones de un ejército de gente que estuvo a su servicio y le fue fiel hasta que vendió o inventó indiscreciones por un puñado de libras (¿suena a western peninsular?) y una pizca de notoriedad. Pero la familia real está preparada para enfrentar esos malos trances. Se criaron en una vitrina y cobran fortunas por ser un adorno del Estado. El problema, como le pasó a Lady Diana Spencer, está para los que recién llegan.

El periodismo amarillo es color pus cuando se instala en la Argentina. Si el justicialismo funcionara como un sistema democrático, Evita habría sido la versión cockney de la Princesa Diana. ¿Dónde buscar a las víctimas? Hay que espigarlas entre los elencos del mundo del espectáculo y los deportes, aunque sobre lo segundo existe en el Río de la Plata un cercamiento tipo Línea Maginot. Maradona es un candidato ideal que siempre escapó a la crucificación, seguramente porque el periodismo amarillo intuye que no se puede ir impunemente en contra de un ídolo popular que además es un emblema de la argentinidad. Pero tampoco acribillaron a Monzón, que supo habitar un territorio aproximadamente sagrado, ni tampoco a Bambino Veira que ofreció flancos más débiles. Como en el caso de Bonavena, los ases del deporte constituyen un bocado apetitoso pero generan una mala digestión. ¿Qué es lo que les queda? La pobre gente de la farándula.

Un uruguayo, Lucho Avilés, ha sido un visionario en la materia. Se ocupó de la televisión mientras vivió en su país, pero localmente había poca cosa interesante. En Buenos Aires el muchacho se soltó y empezó una carrera maledicente que se robusteció en La Razón y terminó en programas de televisión con espacio y fama propios. No fue el único ni el primero, pero enseñó que el mejor abordaje se practica desde la falta de escrúpulos, un pecado ético fácil de sobrellevar en que le salieron temibles competidores.

Desde la falsa premisa de defender la libertad de información y el derecho del público a ser informado, se formó un grupo tinte mostaza integrado por Mauro Viale, Samuel Gelblung y Jorge Rial que en todo momento ignoró lo que la Convención de Ginebra establece en materia bélica. En un país y en una profesión donde no hubo castigo para Roberto Giordano, cuando jugaba al periodista en el Mundial de París haciéndose pasar como francoparlante mientras el audio de un colega registraba indiscretamente su absoluto desconocimiento lingüístico y su desparpajo, el "vale todo" es algo más que el título de una telenovela brasileña. El vale todo es realmente el vale todo.

Rial, que fundó escuela con seguidores como Luis Ventura y Liliana Canosa y cimentó el gusto por la trivialidad en el peor momento institucional y económico de la Argentina, construyó una fauna inexistente y la carneó a la vista: el hermanito de Silvia Suller, la progenitora de Rodrigo, la novia de Olmos, los clientes de Giselle Rímolo, la enamorada supuestamente correspondida de Sandro. En medio de ese basural, los amoríos de Graciela Alfano parecían páginas arrancadas de la Rolling Stone. Eso no es periodismo chatarra ni periodismo basura: es peor. Increíblemente, la rápida imaginación verbal de los porteños no la bautizó todavía en forma adecuada.

El suicidio, la falta de control, la repentina pérdida de la realidad o lo que sea de Juan Castro, han acorralado el tema. A Rial se le fue la mano y en combinación con "El Paparazzi" publicó cartas íntimas de un muerto que en vida había aceptado exponer en público su intimidad. Pareció superfluo y cruel. Salieron los profesionales serios a enjuiciarlo y en algún caso a increparlo y la competencia —que ya tenía organizado su festín— debió capitalizar el dolor de la situación y borronear el centro de la problemática. Ni una estaca de madera en forma de cruz extermina el amarillismo. El zambullón desde siete pisos de Alejandra Pradón y la extraña rencilla Rímolo y Soldán que se enrosca a diario, prometen nuevas llagas periodísticas en un medio donde la madre de Rodrigo en cualquier momento se coloca un pañuelo blanco y sale a reclamar desde la Plaza de Mayo.

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