THE NEW YORK TIMES
¿Los hombres y las mujeres son necesarios? ¿Resultarán obsoletos? La pregunta puede sorprender y estremecer. Algunos, incluso pueden considerarla casi absurda. Sin embargo, determinados avances científicos en materia de reproducción le dan relevancia. En la serie de artículos del prestigioso diario "The New York Times", con motivo del aniversario de su sección especializada "Science Times", que El País publica en exclusividad para Uruguay se abordan distintos aspectos del tema. No hay que inquietarse: la respuesta es que son y serán necesarios.
Hay abundantes pruebas que sugieren que las mujeres son el primer sexo ancestral, el sexo del que derivan los hombres.
Los niños deben sus vidas a sus madres en más de un sentido. Pero experimentos recientes con células madre dan indicios de que las mujeres y no los hombres podrían eventualmente resultar obsoletos.
Hay que reconocer que un futuro posfemenino suena algo rebuscado. En muchas especies, incluyendo la nuestra, el orden corporal básico es femenino, en tanto lo masculino es apenas un adorno agregado a último momento.
Algunos grupos de insectos, peces y lagartijas están formados sólo por hembras, que dan a luz sólo hijas. En cambio, la naturaleza nunca ha atestiguado la aparición de una población sólo de machos que se autosustente.
Por cierto, los hombres son conocidos por sus gametos baratos, abreviados y su conmovedora necesidad de contar con la calidez y la riqueza de la mucho más masiva célula sexual femenina para concretar sus sueños de inmortalidad. Podría pensarse que deberían ser humildes y mostrarse agradecidos y obsequiosos. Pero, parece que en algún punto del camino los escurridizos flagelados encontraron una posible vía para cortarse solos.
SORPRESA. Estos son los preocupantes resultados que amenazan al matriarcado: en la pasada primavera del hemisferio norte, luego de años de esfuerzos, investigadores de la Universidad de Pennsylvania y de otros centros anunciaron que podrían producir óvulos en el laboratorio, partiendo del tejido embrionario tomado de un ratón hembra o macho.
Esos óvulos de laboratorio y su acompañante matriz folicular fueron tan persuasivos que incluso secretaron y respondieron al estrógeno, la hormona femenina arquetípica.
En setiembre, investigadores de Japón dijeron que también podían crear pequeñas células de esperma robustas en el laboratorio, pero solo partiendo de células madre embrionarias de un animal macho. Resulta que el programa para la fabricación de óvulos está almacenado en los cromosomas que comparten machos y hembras. Pero, para poder producir esperma es necesario tener ese otro cromosoma "Y" truncado, genéticamente penoso, que sólo un macho puede ofrecer.
Por consiguiente, en teoría, células de machos podrían usarse para producir óvulos y esperma, y los dos podrían mezclarse para producir una nueva generación. Esto no sería partenogénesis como la que se ve en los casos de las lagartijas de cola látigo o las otras pequeñas comunidades exclusivamente femeninas de la naturaleza, con el padre únicamente capaz de producir individuos de su propio sexo, con la consiguiente limitación de sus poderes para superar genómicamente a los parásitos.
Esto sería similar a la reproducción sexual de macho y hembra a la antigua. Se podrían mezclar los óvulos y esperma fabricados para generar por igual chicos y chicas. Salvo que, para qué tomarse la molestia de producir mujeres, si no se necesitan madres para que porten esos óvulos Se podría tener una robusta diversidad en la reserva genética humana. Es una perspectiva inquietante.
SIN EXCUSAS. Las mujeres tienen el útero, que facilita la procreación. ¿Pero, cuánto tiempo más puede ese detalle anatómico ser un impedimento para alcanzar la completa obsolescencia de las mujeres?
Investigadores ya lograron mantener chivos con vida en úteros artificiales, una gran pecera burbujeante, durante semanas. No puede estar lejos el día en que se logre un capullo exoamniótico de servicio completo.
Teniendo en cuenta los desarrollos recientes e inminentes, Rebecca West —periodista, novelista y compañera de H. G. Wells— fue sorprendentemente visionaria al observar que la maternidad es "como el caballo de Troya propio".
Sin embargo, mientras contemplan lo que desde algún enfoque puede considerarse su propia falta de relevancia, las mujeres pueden darse ánimo con una lección más inmediata que surge de los últimos resultados experimentales. Si dentro del genoma de cada hombre hay una pequeña madre deseando liberarse, entonces, no hay más excusas a la hora de cambiar los pañales.