Cuando el fabricante uruguayo que ha tenido confianza en el país, realizando una inversión de riesgo, que genera impuestos, ocupación y divisas, se decide a importar, sus materias primas no las paga al tipo de cambio normal. A ese empresario, el dólar real, el dólar operativo le cuesta un 30% y hasta un 40% por encima del mismo. Porque al tipo CIF de importación, se le agregan una cantidad de costos fiscales y financieros que pueden no apreciarse claramente, pero que se van sumando en el proceso. Hace algunos años realizamos un análisis de los mismos.
Hoy han variado algunos conceptos, pero, en general, los porcentajes de encarecimiento antes indicados, no se alteran mucho, y al contrario, pueden haberse elevado.
Veamos algunos de ellos: recargos, costo de la moneda extranjera, proventos y afines del Banco República, tarifas de la A.N.P., tasa consular, costo financiero por adelanto del IVA, tributos y tasas por servicios diversos, gastos bancarios, comisiones de operadores y gasto de almacenamiento y despachos, financiación al exterior, Cofis, honorarios diversos, IVA que corresponda, etc. Así, el costo operativo real, aun con la materia prima cero, se eleva considerablemente. El costo de la "internación" de la materia prima está sujeto a un sinfín de cargas fiscales, parafiscales, financieras y de servicios diversos. Era muy seductor teorizar sobre la "protección efectiva", aquel término de moda en la época de oro de los "chicaguanos", que asesoraban a quienes gobernaban durante el período de facto. Pero se olvidaban ¿o desconocían? —algo más amargo pero más real—, qué era la "tributación efectiva". Esto es, lo que cuesta anticipar impuestos desde el ingreso de la materia prima, con sus costos financieros consiguientes, para después iniciar todo el proceso fabril de elaboración, transformación, acabado, control de calidad, el proceso comercial de la distribución y venta y el financiero del cobro. Y recién entonces, en el mejor de los casos, se recupera parte de los impuestos pagados por adelantado.
En suma, que este cúmulo de cargas al costo de introducción de la materia prima, que alguien denominó "arancel interno", determina que el dólar de importación, en lugar de treinta pesos, se convierta en cuarenta o más. Es decir, que se encarece sensiblemente la producción y se hace más compleja la atención burocrática en el proceso de elaboración y se traslada —si las condiciones del mercado lo permiten— el costo final al consumo. Doble repercusión negativa que no se aprecia cuando se pretende comparar la mercadería fabricada en el país, con la introducida de contrabando.
Claro que, a este "arancel interno", hay que agregar las pesadas cargas que sufren las industrias por los servicios monopólicos de las empresas del Estado, la carencia o insuficiencia de créditos promocionales, las exigencias de vigencia y calidad que, naturalmente, no tienen las mercaderías de contrabando, y el siempre olvidado costo del tiempo que se agrega en largos trámites, distintas oficinas, requisitos formales, complejos formularios, duplicaciones, ineficacias, incapacidades, desgano, rutinas y métodos obsoletos.
En fin, este es un tema urticante que se arrastra desde hace tiempo, sin solucionar los enormes perjuicios que causan al empresario, al obrero, al empleado, al ama de casa, al jubilado, al pensionista. Es decir a toda la cadena que va desde la producción hasta el consumo. Es un tema que, en muchos casos, ni siquiera requiere leyes, sólo decisiones administrativas. Pero para ello se requiere voluntad y decisión. Dos ingredientes difíciles de encontrarse por ahora. Esto da para mucho más.