Sin más margen para firmar sobre la hora

| Hay una oportunidad para hablar y hay una oportunidad para negociar. El problema surge cuando esos momentos se mezclan.

La primera noticia es buena: la Argentina evitó, a trancas y barrancas, caer en un default de hecho con el Fondo Monetario Internacional. La segunda novedad es más que nada una advertencia: no hay ya mucho margen en el mundo para seguir llegando con la lengua afuera a un acuerdo por las revisiones trimestrales de las pautas acordadas.

La firma del programa por tres años, a fines de agosto y principios de setiembre últimos, estuvo también llena de tensión y se llegó, incluso, a un default de 48 horas. La revisión de las primeras metas, entre fines de diciembre y principios de enero, no sólo tuvo expectación, sino también una demora de seis semanas para ser aprobada por el Fondo Monetario Internacional.

Lo peor es que la negociación sigue y aún falta lo mejor del espectáculo. Las revisiones pautadas para junio y setiembre de este año serán crecientemente difíciles, porque en ellas se incluirá la fijación del superávit primario para el ejercicio 2005 y, probablemente, para el de 2006, aunque la redacción del acuerdo es tan ambigua que podría tratarse de un año o de los dos.

La próxima revisión, la de junio, tendrá, además, otros elementos políticos más allá del comportamiento fiscal y monetario. Estarán sobre la mesa las reformas estructurales, como la situación del sistema financiero y la nueva ley de coparticipación federal con las provincias. Pero el núcleo central del problema será la marcha de la negociación con los acreedores privados de la deuda en default.

Néstor Kirchner hizo saber en los últimos días que se había hecho cargo personalmente de la negociación con el Fondo. Antes, el G-7 (los siete países más poderosos del mundo) también se había hecho cargo directamente de la negociación con la Argentina. Anne Krueger, temporariamente a cargo del organismo, remarcó en todos sus diálogos de las últimas horas con el gobierno argentino que transmitía posiciones del G-7 o que las respuestas de la administración local las debía consultar con los representantes del círculo de naciones más selecto del mundo.

En su diálogo telefónico con Kirchner, Krueger lo sorprendió porque se mostró como una persona afable que está dispuesta a comprender. "Quiero que la Argentina se reencauce", le dijo, y lo tumbó de estupor.

Al revés de lo que supuso el Gobierno, no fue ella un obstáculo para amarrar la nave en algún puerto. Fue, en cambio, una presencia clave para acercar posiciones. Importa poco cuánto de voluntad personal puso en esas gestiones febriles; importa más saber que tiene una relación directa y constante con el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, que la propuso para el cargo que tiene.

Otra vez, por lo tanto, fue Washington el que alejó a la Argentina de la cornisa, aunque fue un cambio de último momento. Es cierto que esta vez el Departamento de Estado, el ala política de Washington, estaba más conforme con Kirchner que durante las trifulcas de enero.

Pero hay que ampliar el haz de luz. Hasta los países europeos importantes que habían votado a favor del país en la última revisión, como Alemania y Francia, endurecieron sus posiciones durante toda la jornada del lunes. Una revisión de la relación con esos países —y fundamentalmente de las cuestiones que la tensan inútilmente— merece hacerse antes de entrar en los próximos y decisivos meses.

Un presidente siempre tiene la posibilidad de decir que no y, también, de convocar a la sociedad en su apoyo. El problema es la oportunidad en que lo hace. Lo que ha sucedido en los días recientes demostró que el G-7 tomó como una amenaza las viejas declaraciones presidenciales de que no pagaría los 3.150 millones de dólares sin un informe previo al directorio en el que se promueva la aprobación de las pautas.

¿Cómo se explica, si no, que la negociación haya circulado en los últimos días por temas que no estaban aún sujetos a revisión, fundamentalmente las condiciones de la negociación con los acreedores? Hay una oportunidad para hablar y hay una oportunidad para negociar. El problema surge cuando esos momentos se mezclan o cuando, al mismo tiempo, se enredan sutiles negociaciones internacionales con las necesidades de la política interna.

Al final, los dos protagonistas (el G-7 y el FMI, por un lado, y el gobierno argentino, por el otro) hicieron un esfuerzo para conciliar posiciones.

Perspicaz y con un buen olfato político, el Presidente percibió el momento en que debía cerrar un acuerdo y no estirar más la tensión. Ningún país de América Latina se había pronunciado en las horas previas. Brasil lo hizo más para marcar la diferencia con el default que para subrayar su solidaridad con la posición argentina.

La Argentina y Brasil han hecho un giro notable para compatibilizar estrategias políticas frente a lo que debería ser y hacer el Fondo, pero el presidente Lula no tirará al canasto de los papeles inútiles su esfuerzo infrahumano, político y económico de un año.

La propia sociedad argentina empezaba a dar muestras, de manera embrionaria e imperfecta, de que prefería preservar la paz que consiguió y no volver al escándalo del combate.

© "La Nación"/GDA

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