La vuelta de una tradición

| critica | GUILLERMO ZAPIOLA PACTO DE JUSTICIA Open Range Director. Kevin Costner. Libreto. Craig Storper, sobre novela The Open Range Men de Lauran Paine. Fotografía. James Muro. Música. Michael Kamen. Productores. Kevin Costner, David Valdés, Jake Ebers. Elenco. Robert Duvall, Kevin Costner, Annette Bening, Michael Gambon, Diego Luna, James Russo, Michael Jetter, Abraham Bennubi. l Estados Unidos 2003.

Es seguramente uno de los dos o tres mejores ‘westerns’ de los últimos treinta años, lo cual en principio puede no significar gran cosa (lo único realmente interesante que ha ocurrido con el género en todo el período son un par de films de Clint Eastwood, y Los imperdonables no es uno de ellos), pero al mismo tiempo resulta la imprevista, sorpresiva constatación de una madurez narrativa y un real conocimiento y amor hacia el género por parte de su protagonista y director Kevin Costner, quien como intérprete pareció dispararle el tiro de gracia en la interminable Wyatt Earp de Lawrence Kasdan, y ahora lo resucita con un film que puede colocarse sin desventaja en la lista de clásicos del género.

Costner no inventa por cierto la pólvora en este Pacto de justicia, pero su pólvora demuestra estar seca y la utiliza con verdadera eficacia. Su historia es casi arquetípica: los dos veteranos vaqueros (Robert Duvall, el propio Costner) transportan su rebaño a través del las planicies del Oeste y llegan a un pueblecito en el que tendrán problemas. Un poderoso latifundista (Michael Gambon, el de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante) tiraniza el lugar con la ayuda de un comisario corrupto, se producirá alguna muerte, y las circunstancias se irán encadenando inexorablemente hasta desembocar en el inevitable tiroteo.

Costner y su equipo se lucen sin duda en sus despliegues finales de acción física, en la que revólveres, escopetas y rifles de repetición esparcen plomo por la pantalla y dejan un tendal de muertos en las barrosas calles del destartalado pueblo de Harmonville. Pero antes de llegar ahí, director e intérpretes, con la ayuda de un eficiente guión de Craig Storper (sobre novela de Lauran Paine) se han anotado varios aciertos adicionales.

MITOLOGIA. Sin traicionar los postulados esenciales del género (hombres y paisaje, conflictos dramáticos reducidos a un esencial enfrentamiento entre el Bien y el Mal, exaltación de valores elementales como la lealtad y el coraje) se las arreglan para inscribirse sin esfuerzo en su vertiente más noble, la que no se agota en el mero despliegue de violencia sino que atiende a los personajes y sus relaciones, observadas con sutileza y una capacidad de emoción que sabe evitar la cursilería. Las sombras de John Ford, Howard Hawks y especialmente Anthony Mann se yerguen como modelos reconocibles de esta película de Costner.

Del Jimmy Stewart de los films de Mann (Winchester 73, El precio de un hombre, Sin miedo y sin tacha, Hambre de venganza) proviene sobre todo el perfil sombrío y autodestructivo del personaje que el propio Costner se ha adjudicado, y que comienza a aclararse de a poco ante la presencia de la luminosa Annette Bening. De Hawks deriva el progresivo surgimiento entre los habitantes del pueblo de un espíritu solidario y luchador que se consolida en torno a los forasteros para finalmente hacer frente a los matones locales: como Wayne y Hawks en Río Bravo, contra Fred Zinneman y Carl Foreman en A la hora señalada, Costner y los suyos creen en la gente común y piensan que, llegado el momento, ésta es capaz de jugarse por algo. Tal vez no sea casualidad que un personaje secundario, un anciano que da una mano a los protagonistas, renguee como Walter Brennan en Río Bravo un poco antes del tiroteo final.

Sin embargo hay que vincular inevitablemente con el cine de John Ford el tratamiento de sus personajes femeninos. Es fordiana sin duda esa veterana que anima a sus hombres en la batalla final, pero lo es sobre todo la heroína encarnada por Bening, torre de equilibrio y sabiduría, mujer fuerte de la Biblia, cabeza bien puesta, pies en la tierra.

PERSONAJES. Con buen criterio, el director Costner se juega a su actriz, cuyo encanto maduro inunda la pantalla cada vez que asoma en ella, para otorgar un peso dramático a casi todas las escenas en las que aparecen juntos. Para sí mismo se adjudica en cambio una presencia secundaria, con diálogos mínimos y una composición jugada a la caracterización física, sin pedirle peras al olmo de sus condiciones actorales. Mucho mejor que él (que, reconozcámoslo, se defiende dignamente) rinde por supuesto Duvall, otro de esos actores que llenan pantalla simplemente "estando".

Hace doce años la Academia de Hollywood cubrió de estatuillas a la atendible pero no memorable Danza con lobos, creyendo acaso que su compromiso "políticamente correcto" hacía de él un gran film. Después de eso, en Hollywood se dedicaron a hacer chistes a costa de Costner, a veces con razón y a veces no (seamos serios: Waterworld es mejor que cualquiera de las Matrix). Ahora el actor y director vuelve en verdadera buena forma, y casi nadie parece haberse dado cuenta. Y lo hace con un ‘western’, es decir, con el género que alguna vez pudo ser denominado correctamente "el cine norteamericano por excelencia". Es decir, el cine, a secas.

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