Millones de dólares contra Bush

| El polémico magnate está decidido a impedir la reelección del presidente Bush y para eso ha comenzado una campaña que incluye millonarias donaciones a los grupos más radicalizados

WASHINGTON | LA NACION (GDA)

Para el multimillonario George Soros, el eje del mal está comandado por su tocayo George Bush. Por eso ha decidido declararle abiertamente la guerra y hacer lo posible para evitar su reelección.

Este magnate, húngaro de nacimiento, de 74 años, estadounidense por adopción, no cuenta con un ejército ni poderosos misiles, pero tiene otras armas letales: es uno de los inversionistas más conocidos en Estados Unidos y en el mundo y se ha hecho, a costa de siete libros y cientos de artículos, de una plataforma desde la que puede lanzar sus ideas a un auditorio inmenso e influyente. Acaba de salir al mercado su nueva obra: La burbuja de la supremacía americana. Allí expone esas ideas que lo llevan ahora a esta batalla que él considera "de vida o muerte", armado de lo que ha decidido llamar "la doctrina Soros". Pero su fuerza no está necesariamente en la palabra, su principal arma son sus millones.

"Cuando escucho a Bush decir: o están con nosotros o contra nosotros, recuerdo a los nazis", afirma Soros, que tenía 14 años, era de origen judío y vivía en Budapest cuando los alemanes invadieron su país. Dice que consiguió salvarse gracias a su padre, que supo eludir la ley y le consiguió a él y a su familia identidades falsas. Su apellido original era Schwartz. Luego vivió bajo el régimen soviético hasta que partió hacia Londres poco después de la Segunda Guerra Mundial. Estudió en el London School of Economics, donde tuvo como profesor al filósofo liberal Karl Popper, de quien se declara ferviente discípulo y cuya teoría de las sociedades abiertas ha modernizado a su manera.

MILLONARIO. En 1956 cambió Londres por Nueva York, donde se abrió un espacio explotando las diferencias de valores entre los mercados, una brecha que aprovechó bien en los años sesenta para aventurarse luego con los fondos de cobertura. En otras palabras, se dedicó a especular con los millones que iba ganando. Mientras tanto, se empezaba a advertir la otra característica de su personalidad dual: el filántropo aparecía entonces como un luchador contra los regímenes totalitarios que encontraba novedosas maneras para distribuir su dinero con esos fines. En los años ochenta, para apoyar a sus compatriotas húngaros a hacerle frente al régimen comunista, donó fotocopiadoras para esquivar la censura de la prensa. Cuando cayó el muro de Berlín apoyó a los estados del otro lado de la cortina de hierro, sobre todo a Rusia, con millones de dólares destinados a la educación, la salud, las ciencias o las artes.

Su salto a la fama mundial lo hizo en la década de los noventa. En 1992 apostó contra la libra esterlina, le hizo perder su valor y quebró el Banco de Londres. Se dice que en una semana ganó cerca de mil millones de dólares. Es célebre su logro porque él mismo contribuyó a promocionarlo; quería tener peso político y así cambiar un mundo que, por un lado, lo llenaba de dólares, pero con el que, por otro lado, no estaba filosóficamente de acuerdo. Los grandes filántropos generalmente siguen una simple fórmula, dijo en 1997 la revista Time: hacen miles de millones de dólares de una manera que genera controversia pero luego donan gran parte de esos ingresos a instituciones de prestigio, de manera tal que el rechazo público se transforma gradualmente en reverencia.

Número 38 entre los hombres más ricos del mundo, según el ranking de la revista Forbes, también es conocido en América Latina. Realizó importantes inversiones en países como la Argentina y en Perú fue el donante del famoso millón de dólares para la Marcha de los Cuatro Suyos, encabezada por el entonces candidato Alejandro Toledo. Esa participación de Soros en la vida política peruana generaría controversias cuando, un año después, se insinuara que ese dinero podría haber sido depositado en una cuenta personal.

CONTRA BUSH. "Estados Unidos, bajo la presidencia de Bush, es un peligro para el mundo" —dijo Soros a The Washington Post— "y yo estoy deseoso de poner mi dinero donde está mi boca". Algo así como decir que donde pone el ojo pone la bala. Y hasta el momento sus balas no son de bajo calibre, ascienden a 15,5 millones de dólares. El monto más grande, que es de 10 millones y medio, lo ha destinado a una organización liberal denominada ACT (American Coming Together o América Unida) que tiene como meta movilizar a votantes en 17 estados, en muchos de los cuales los resultados de las elecciones pasadas fueron bastante ajustados.

También ha dado cinco millones a las arcas de MoveOn.org, otro grupo de activistas que a fines de noviembre del año pasado lanzó un original concurso de comerciales televisivos por la red. "Si usted se siente inspirado, adelante, haga un film corto y ayúdenos a decir la verdad sobre George Bush", señalaba la convocatoria.

"Bush en 30 Segundos" se llamó esta competencia, que acaba de dar como ganadora a una historia de niños trabajando en diversos oficios, en alusión al déficit fiscal de 10.000 millones de dólares que Bush deja como legado a la infancia de su país. La ironía puede tener más efecto que una potente granada. Uno de los organizadores es el propio hijo de Soros, Jonathan, junto con una estrella de la música electrónica, Moby. En el jurado actuaron Michael Stipe, el vocalista de REM, y el director de cine Michael Moore, entre otros que han puesto su creatividad en juego con el fin de elaborar la estrategia precisa para sacar al presidente y sus halcones de la Casa Blanca.

Para Soros, esto es ahora "el principal foco de su vida". Pero las generosas donaciones del magnate, como era de suponerse, no han caído bien en todos los predios. Muchos lo acusan de estar contraviniendo la nueva ley que regula los fondos de las campañas políticas y limita las donaciones a dos mil dólares por ciudadano. Su argumento de defensa es que él no ha invertido en un partido o en un candidato, sino en organizaciones no partidarias que no apoyan a un político especial y que, según las leyes estadounidenses, pueden recibir dinero ilimitado.

"George Soros ha comprado el partido Demócrata", le ha disparado con bazuca el Comité Republicano. También lo tienen en la mira los radicales de la Asociación Nacional del Rifle y hasta ha recibido críticas de antiguos aliados, como Fred Werheimer, presidente de Democracia 21, un grupo que promueve el cambio en las finanzas de campaña y al que Soros benefició en su momento con donaciones de hasta 18 millones de dólares. "Lamento que haya decidido poner tanto dinero en un esfuerzo político para vencer a un candidato", ha dicho Werheimer.

META CLARA. Pero Soros insiste en la legalidad y sinceridad de sus acciones y ha denunciado que son los que defienden la candidatura de Bush quienes utilizan una serie de argucias para evadir la ley y permitir las donaciones de grandes corporaciones. La estrategia es sencilla, explica: dividen los montos de dinero entre sus empleados para no exceder el límite individual establecido y con este sistema ya han recaudado cerca de 200 millones de dólares.

La guerra ha comenzado. Después de la captura de Hussein, Bush se trata de quitar el uniforme de comando que lo ha caracterizado en casi todo su gobierno y lanza nuevas leyes migratorias para ganar el voto latino. Incluso anunció un programa espacial que incluye una base en la Luna, para de ahí lanzar el primer hombre a Marte (el espacio siempre ha sido buen lugar para ganar votos en la Tierra). Lo que no ha conseguido hasta el momento es disminuir la tasa de desempleo: se dice que, desde que llegó al gobierno, dos millones de estadounidenses perdieron su trabajo. El fantasma de la no reelección de su padre lo persigue.

Mientras tanto, Soros tiene clara su meta y a su esfuerzo se vienen plegando artistas y otros personajes públicos que empiezan a calentar el terreno político. Ellos son peligrosos, admiten los republicanos, siempre tan paranoicos. El ganador de esta guerra se definirá el próximo noviembre. En el camino puede haber muchos muertos y heridos, pero sobre todo varios millones de dólares desparramados.

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