En general, la izquierda uruguaya es extranjerizante. Disfruta haciéndole goles en contra al país. El Partido Comunista fue estalinista y dejó aquí su sucesión. Los distintos componentes de esa homogeneidad de ideas, de modos de concebir la vida, de mentalidades antagónicas que en patota se sienten ya en el poder, si algo tienen de común es su condición de fidelistas, y probado está que en la Cuba de Castro se inspiraron todos los movimientos guerrilleros de América Latina que quisieron llegar al poder a sangre y fuego. Por eso, en cualquier desinteligencia entre los gobiernos de Cuba y Uruguay, la izquierda siempre va a tomar partido por Cuba. Pregúntenle a Tabaré Vázquez si cree que el gobierno cubano es dictatorial.
Ahora la cosa es con Kirchner, que califica los enfrentamientos personales con el Presidente Batlle como "cuestiones de Estado" y los uruguayos de izquierda se alinean detrás del mandatario argentino.
Aquí no se trata de arbitrar el diferendo como entre criaturas indagando quién empezó. Se puede admitir que Batlle no se ha manejado bien en sus declaraciones públicas en episodios que todos conocemos, pero de ahí a que desde otro país se pretenda dictarle normas al gobierno y al Presidente uruguayo sobre lo que debe hacer, hay una diferencia, y en cualquier alternativa de esta naturaleza, al tiempo que lamentar la intromisión, corresponde convocar al zapatero a ocuparse de sus zapatos.
Pero ahora, cuando aparentemente se acerca el final que creemos será satisfactorio para no deteriorar las relaciones de los dos países más de lo que se han enturbiado, aparece de golpe el inefable Senador Michelini a anunciar que el gobierno sabe dónde están sepultados los restos de la nuera de Gelman. Y bien, si así fuera, ¿cómo sabe el Senador lo que dice que sabe el Gobierno? ¿Está en condiciones de probarlo?
La realidad está indicando que Michelini juega a favor de los extranjeros que quieren intervenir en los asuntos del país y pretende con estas declaraciones dejar mal parada la imagen de las autoridades nacionales. No tiene otra arma, no tiene otro elemento de convicción que sus palabras, cuyo valor de convicción es nulo, en un advenedizo que abdicó de posiciones principistas para sobrevivir políticamente amparado en el Frente Amplio. Es la imagen rediviva de los adulones del Barón de la Laguna, de mano abierta para recibir la limosna que merezca su aporte a la causa del patagónico.