critica | fabian muro
EL RETORNO DEL REY
Dirección. Peter Jackson
Guión. Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa
Boyens, sobre libro de J.R.R. Tolkien
Fotografía. Andrew Lesnie
Elenco. Viggo Mortensen, Elijah Wood,
Sean Astin, Ian McKellen, Liv Tyler, Orlando
Bloom
l Estados Unidos-Nueva Zelanda, 2003
El viaje a través de Tierra Media termina. Luego de dos capítulos que en total han significado cerca de seis horas del mejor cine de aventuras visto desde los días de Indiana Jones, aún quedan tres horas y veinte minutos de película.
Este último capítulo de la trilogía está a la altura de los que lo preceden y concluye magníficamente el relato narrado en los tres libros de J.R.R. Tolkien. Con esta titánica producción cinematográfica —cerca de diez horas de metraje— Jackson se coloca entre aquellos que gracias a su dominio en el arte de la narración y a su ambición artística y comercial pueden acometer semejantes proyectos con éxito, como James Cameron, Steven Spielberg y, en sus mejores momentos, George Lucas.
Luego de los episodios anteriores, los hobbits Frodo y Sam siguen adelante en su camino hacia el Monte del Destino para destruir el Anillo guiados por el Gollum. Gandalf, en tanto, se interna en la ciudad de Minas Mirith para contribuir a su defensa ya que el último bastión humano será atacado por decenas de miles de orcos, trolls y los temibles y alados Nazghul, entre otras criaturas. Por su parte, Aragorn —heredero del trono de Gondor, el reino de los humanos— recorre la Tierra Media convocando soldados para luchar contra los ejércitos de Mordor y asistir a Minas Tirith.
Las tres historias guían el desarrollo del film, pero Jackson también incluye en la narración aspectos "menores" del relato de Tolkien, como la historia de amor entre Aragorn y Arwen (Liv Tyler) y el enamoramiento de Eowyn por el personaje encarnado por Viggo Mortensen. Hay mucho para contar durante casi tres horas y media y la trampas de hacer de este extenso y a veces entreverado relato literario una confusa película abundan en el camino. Pero Jackson no pierde el control de la historia y la extensa duración del film nunca se siente como un suplicio.
La tercera entrega se concentra en los hobbits y buena parte de la película está dedicada a las aventuras de Frodo, Sam, Pippin, Merry y Gollum, también él un hobbit pero deforme por el contacto cercano con el Anillo durante mucho tiempo. La presencia de este personaje digital es una de las más cautivantes de la saga y su creación uno de los más logrados efectos especiales. Gran parte del mérito le corresponde también al actor británico Andy Serkis, quien pone su voz, gestos y lenguaje corporal al servicio de los diseñadores de la empresa Weta, responsable de los impresionantes efectos visuales.
Sin embargo, es un actor de carne y hueso el que más se destaca en el numeroso elenco: Sean Astin. El californiano casi se roba esta película con el retrato de Sam, un personaje de inquebrantable lealtad y coraje cuyo aporte es fundamental para que la misión de destruir el Anillo pueda concluir exitosamente. A pesar de que Sam lloriquea bastante en toda la película, Astin consigue que su performance no empalague en absoluto. Por el contrario, varios momentos resultan conmovedores gracias a su talentosa interpretación.
Pero el gran mérito del film reside en la arrolladora fuerza que despliega en los momentos más álgidos de la acción. Para retratar la batalla de Minas Tirith, Jackson supera incluso lo que había hecho en Las dos torres, que ya es bastante. El enfrentamiento entre el Mal y el Bien es una poderosísima secuencia bélica y justifica por sí sola la compra de la entrada: este tipo de imágenes solo pueden ser apreciadas en una pantalla de cine. No es únicamente la cantidad de monstruos y los actos heroicos de los humanos que le dan a esta secuencia su valor. Tampoco es la inquieta y vertiginosa cámara de Jackson, que puede ir desde el infierno vivido por las tropas ante el avance de unos mamuts fantásticos al nivel del suelo, a la terrible perspectiva desde arriba, siguiendo el vuelo de los Nazghul. Más bien, es la maestría narrativa de Jackson que permite seguir la acción claramente sin que los monstruos, las peleas y las idas y vueltas en la defensa de la ciudad confundan al espectador.
La única objeción del que firma a esta notable producción ocurre hacia el final, cuando Jackson debe atar todos los cabos y se extiende en demasía, en una actitud que respeta el libro pero atenta contra el film. Esos demasiados finales no consiguen empero hacer olvidar que las horas que los precedieron significaron el mejor espectáculo que pueda verse en una sala de cine en el presente.