En su fugaz viaje a Bolivia, en el ámbito de las anuales cumbres de presidentes latinoamericanos y el gobierno español, Néstor Kirchner tuvo un encontronazo verbal con el presidente del BID, Enrique Iglesias, y esquivó el contacto personal con el jefe de gobierno de España, José María Aznar. Los argumentos esgrimidos por Kirchner son, ciertamente, menores, por lo que sobresale, más que nada, una dosis sorprendente de ingratitud política.
Desde enero de 2002 hasta enero de este año, cuando la Argentina estuvo virtualmente expulsada del mundo, Enrique Iglesias se colocó el conflicto argentino en sus hombros. Fue el único amigo coherente y perseverante con el que el país pudo contar en los lugares donde se decidía la victoria o la derrota de la Argentina en ruinas.
El entonces presidente Eduardo Duhalde suele decir, aún ahora, que sin Iglesias el rumbo de la crisis hubiera sido definitivamente otro.
Cuando en enero pasado, poco antes de la firma del acuerdo con el FMI, el gobierno de Buenos Aires decidió no pagarles sus compromisos a los organismos multilaterales, ponía en riesgo la estabilidad del BID, cuya cartera de créditos está muy comprometida con la Argentina.
Duhalde, a quien Iglesias había ayudado a pensar y a actuar en largas conversaciones telefónicas, lo llamó para explicarle su decisión de no pago. La respuesta de Iglesias fue casi un gesto heroico: "Haz lo que tengas que hacer. Yo me haré cargo de las consecuencias".
Por eso, poco antes de dejar el poder, Duhalde condecoró a Iglesias con la orden más importante que la Argentina pueda dar a un extranjero en una ceremonia que fue, sobre todo, un homenaje personal al presidente del BID.
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¿Qué hizo Iglesias ahora para que Kirchner lo haya maltratado en Santa Cruz de la Sierra?
Kirchner le reprochó a Iglesias que hubiera propuesto a José Luis Machinea como jefe de la Cepal ante el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan. Kirchner quería ese cargo para el ex vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez. Le propuso su nombre a Annan en una nota oficial.
Pero la decisión final fue exclusiva de Annan. Tanto fue así que sorprendió a Iglesias y al propio Machinea, que consideraban perdido el cargo para la Argentina. A Kirchner le molestó que el mundo no hubiera hecho lo que él quería, aunque lo cierto es que si no hubiera sido Machinea, el cargo habría recaído posiblemente en el candidato brasileño. ¿Prefiere Kirchner a un brasileño antes que a un argentino con el que no simpatiza?
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El caso de Aznar fue otro gesto notable de desagradecimiento.
El apoyo moral, técnico y político de Iglesias tuvo siempre su correlato en el enorme respaldo político de Aznar en Washington para destrabar el problema argentino.
En los tres meses anteriores al acuerdo con el FMI de enero último, que abrió el camino al posterior acuerdo de tres años de agosto, Aznar logró encolumnar a Washington en la decisión política de apoyar un buen final en las negociaciones entre la Argentina y el FMI. Luego, Aznar continuó con su presión sobre Washington hasta el pacto de agosto.
Kirchner no tiene dudas sobre la participación de Aznar en el acuerdo final con el FMI. El propio presidente George W. Bush le destacó a Kirchner, en su primer encuentro, que la reunión respondía a un pedido personal que le había hecho Aznar, uno de sus principales aliados en el mundo. La delegación argentina que viajó a Santa Cruz de la Sierra se ufanó de que no había provocado ningún contacto con Aznar.
Uno de los primeros méritos de la administración de Kirchner fue la reinserción de la Argentina en el mundo, después de casi dos años de absoluto confinamiento. Fue el primer paso de un largo trabajo que no se ha hecho.
La cancelación injustificada de viajes a lugares centrales del mundo, el desdén con que el presidente argentino trató a sus colegas latinoamericanos en Bolivia y la ingratitud con los más viejos amigos de la Argentina podrían llevar de nuevo al país, rápidamente, al aislamiento y la irrelevancia.
Es posible que haya influido ahí, en algo al menos, la congénita arrogancia argentina. Sin embargo, el mundo puede vivir sin la Argentina, mientras que nadie ha probado que la Argentina —y los argentinos— puedan vivir sin el mundo.
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