J. A.
Esta tarde a las 19.30 horas en Paraná 743 (ese precioso callejón de una sola cuadra, detrás de Rincón, que corre entre Ciudadela y Juncal) se inaugura la Galería Oscar Prato. El flamante espacio dedicado a la difusión de las artes plásticas, que ocupa una valiosa casa de dos pisos recién restaurada, trabajará por el momento en forma conjunta con la galería que Cecilia de Torres (la viuda de Horacio Torres García) mantiene en Nueva York. La apertura del recinto de la calle Paraná se efectúa con una muestra de Francisco Matto Vilaró, titulada Poesías y pinturas, lo cual supone un acontecimiento. Por lo que surge del catálogo de la exposición, allí se agrupa un buen número de obras de Matto fechadas en su juventud (1935-1945) que tienen no sólo el encanto iconográfico de sus registros (la quinta familiar, algunas playas, vistas montevideanas, viajes por Europa) sino el sello del artista en una etapa en que parecía permeable a influencias magistrales como la de Matisse. Esta selección confirma que Matto ha sido uno de los más finos y más seductores ejercitantes del lenguaje pictórico a escala nacional, luego enrolado durante el período culminante de su trayectoria en la escuela torresgarciana.
En más de un sentido, Matto fue una personalidad fuera de serie, no sólo por el interés y la calidad de su producción artística en pintura y escultura, sino por el perfil personal que lo distinguía. Porque aquel señorito uruguayo criado con institutrices en el caserón familiar de la avenida 8 de Octubre, no sólo levantó vuelo como creador sino que acompañó su actividad plástica con actitudes que a la distancia lo honran: era un ecologista intuitivo y fervoroso, capaz de batallar cuando la mano del hombre amenazaba no ya las lagunas de Rocha sino el ritual de las especies voladoras que todos los años iban a empollar en esas riberas. Para eso se presentaba en la Redacción de los diarios armado de documentación y de datos verbales capaces de sobresaltar al más desprevenido.
Al margen de esa militancia y ese temperamento personal que nunca se doblegó, Matto era un diseñador (lleva su firma la más hermosa moneda que ha tenido hasta hoy el Uruguay) pero fue además un coleccionista. Llegó a reunir un acervo de piezas precolombinas de primer orden, que algunos organismos mundiales (incluyendo el British Museum) quisieron comprar pero que él supo conservar en una sede acondicionada sin auxilio ajeno, espacio que durante un tiempo —los años 60— estuvo abierto al público montevideano como museo y que deslumbró a unos cuantos contempladores con la rigurosa exhibición de reliquias de las culturas sudamericanas, mayas, mexicanas y hasta oceánicas. Hace algún tiempo (y poco antes de la muerte del artista) esa notable colección fue adquirida por instituciones públicas, aunque hasta el presente no haya información sobre lo que debería ser una prioridad: que semejante patrimonio se ponga de alguna manera al alcance del público y pueda ser compartido.
Afortunadamente, junto con su conducta, sus pasiones artísticas y su sensibilidad, Matto dejó una obra personal cuya belleza despojada y ascética ha podido disfrutarse en alguna retrospectiva muy bien montada (como la del Subte en 1989). Ahora, la muestra que se anuncia en la nueva Galería Oscar Prato no deberá ser salteada por quienes gozan debidamente con la contemplación de un legado pictórico como el que ha dejado Matto a este país. Mientras a nivel municipal se prepara para el mes que viene una muestra en homenaje a Guiscardo Améndola, otro pintor de primer orden cuya producción ha estado en depósito durante décadas, desde la muerte del artista, este reencuentro con Matto Vilaró es otra oportunidad de enriquecimiento y deleite que convendrá paladear como corresponde. Es oportuno saber que la Galería Oscar Prato abrirá de lunes a viernes entre 15 y 19 horas, y que la muestra de Matto podrá visitarse hasta el 12 de diciembre.