Antonio Mercader
Tan disconformes estamos con la situación del Uruguay que a menudo quedamos boquiabiertos cuando nos llegan de afuera las buenas noticias. Nuestra primera reacción suele ser de incredulidad como acaba de ocurrir con la encuesta mundial sobre libertad de prensa que nos sitúa entre los mejores. Lo mismo sucedió cuando nos dieron el sexto lugar en el mundo en preservación del medio ambiente o con la buena nota que recibimos hace poco en materia de corrupción. Acuciados por la dura realidad cotidiana y proclives a regodearnos con nuestros propios males, desconfiamos de mediciones internacionales que nos distinguen en rubros cruciales como libertad de prensa, ecología o corrupción.
La 25ª posición en la clasificación mundial de libertad de prensa sobre un total de 166 países, antes que alentarnos ha disparado entre nosotros, curiosamente, dudas y escepticismo sobre el método empleado por Reporteros sin Fronteras, una organización caracterizada por su rigor. Uruguay figura en el cuadro a la cabeza de Sudamérica y por encima de Inglaterra, Francia, Estados Unidos y España. Nada menos. Es verdad que con puras estadísticas no comen los niños, ni se paga la deuda externa ni baja el desempleo, pero al menos sirven para comparar y saber cuál es nuestro lugar exacto en el mundo. Y, atención, tampoco se trata de alzarnos de hombros al saber que otros están peor, sino de aprender a celebrar una rosa entre tantas espinas.
¿Por qué no se celebra sin complejos? Quizás porque en nuestro país se abriga —no de ahora sino de hace décadas—una tendencia a la desesperanza que resulta tan negativa como el conformismo. Es una onda que azota los pupitres de escuelas y liceos, que hizo carne en sectores universitarios e intelectuales, que se tornó bandera de agitación sindical y política, y que ha encontrado en "paisito" la expresión de esa mirada falsamente tierna, encogida y empequeñecedora que tanto daño le hace al país. Es obvio que los crudos tiempos que corren favorecen esa tendencia, pero la razón indica que hay un término medio entre el criticismo y la autocomplacencia, un punto de equilibrio que nos permita reconocer por igual vicios y virtudes.
Esta columna semanal, hay que admitirlo, tampoco escapa a esa tendencia ya que de los vicios habla con frecuencia, de las virtudes casi nunca. Y bien, digámoslo, garantizar la libertad de prensa, sostén de las demás libertades, es una virtud mayúscula de una democracia. Aún con fallas, nuestro sistema ha funcionado bien en ese aspecto desde 1985 hasta la fecha. Alguien dirá que no hay nada que celebrar, que nuestros gobiernos democráticos no han hecho sino cumplir con su deber y tal vez sea así, aunque lucir en este campo mejor calificados que algunos países europeos o que Estados Unidos no es una fruslería. Vivir en libertad es como vivir con buena salud, se la valora de veras sólo cuando se la pierde. Valorémosla y, por favor, alejémonos por un instante del muro de los lamentos.