La lección de Mauricio

Irse del Uruguay no es cosa nueva. Pero también es cierto es que, no hace mucho, la gente se iba de otra forma. Por ejemplo, una mañana de 1970 Mauricio Noriega, que hoy tiene 45 años y vive en Puerto Rico, miraba desde la proa del lujoso transatlántico italiano Augustus a sus compañeros de la escuela que lo saludaban desde el muelle. A Mauricio lo impresionó la altura del barco y la distancia que ya lo separaba de sus amigos. Las despedidas, cuando se sufre, son siempre largas. Esta parecía interminable. Primero: la sirena del barco y el anuncio por los parlantes de que los visitantes —azorados por ese adelanto flotante del nuevo mundo hacia el que partía el amigo— debían bajar a tierra. Después se soltaron las amarras. Y después el barco empezó a moverse, empujado por remolacadores, hacia atrás, en camara lenta. Cuando en tierra los niños se dieron cuenta que lo que miraban no era una postal y que el barco navegaba y se llevaba al amigo, empezaron a llorar. El barco seguía marcha atrás, como avergonzado y pidiendo disculpas por lo que hacía. ¡Qué maldad de monstruo marino, llevarse a un tipo como Mauricio, noble, leal, valiente, uno de los más queridos de la clase, al otro lado del globo!

La transición al nuevo mundo fue lenta. El emigrante de entonces no sobrevolaba los mundos intermedios a su nuevo destino sino que los iba descubriendo como una manera de arrimarse de a poco al lugar de la utopía. Quizás también todo lo que ocupaba el espacio entre la salida y la llegada aumentaba la sensación de distancia. Quince días de navegación hasta Génova, para luego volver a salir en el Marconi y navegar 30 días más hasta Australia.

Treinta y dos años después de aquella partida involvidable, uno de los amigos de Mauricio recibió un correo electrónico. Cuando vio que como autor del mensaje figuraba un tal Mauricio no tuvo dudas: Mauricio era Mauricio. El único Mauricio que podía ser, aunque conociera a varios. Porque, se dio cuenta en ese preciso momento, los primeros amigos entrañables se apropian para siempre de su nombre. Pase lo que pase, los nombres —que afuera van y vienen— muy adentro tienen un dueño que no se va más.

Juan Miguel Petit

jpetit@elpais.com.uy

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