A medida que el termómetro marca el aumento de grados y se avecina el buen tiempo, también parece recalentarse la discusión sobre la asociación de Ancap con privados, a la que el conjunto de la sociedad ha sido empujada por el corporativismo de los funcionarios de dicha empresa pública.
Lamentablemente nuestras sospechas se van confirmando, al constatar fehacientemente que el futuro del Ente Autónomo es una vulgar excusa para medir fuerzas con miras a las próximas elecciones.
Los decibeles a los que se ha llegado durante las últimas horas son prueba de ello y nos aproxima bastante a lo que puede ser el tono del año electoral, para lo que, suponiendo que consiguen un rédito político, hacen de la confrontación una costumbre patológica, al amparo del aplauso amanuense de sus reducidos círculos de adictos.
Las encuestas que indagan sobre las razones por las cuales los votantes forman su decisión marcan claramente, en ambos casos, el brutal desconocimiento de la norma a plebiscitar.
Por un lado la suposición lógica que Ancap si entra sola a competir se funde y que la competencia llevará a una rebaja de los combustibles y por el otro la mentira revelada hace poco que la empresa se vende.
Se ignoran elementos sustanciales que contribuyeron decisivamente para la aprobación de la ley, como ser las exigencias regionales, las necesidades de inversión y, por sobre todas las cosas, el espíritu de amplio consenso que acompañó a esta solución y que representaba una respuesta de madurez de los tres principales partidos políticos, ante una realidad que debe ser vista hasta para el más miope entre los miopes, como lo es la apertura regional en el mercado de los combustibles.
Todo esto parecería quedar en el olvido, cuando se asiste a una sumatoria de ataques personales que, por lo estridente, inundan los titulares de la prensa y aquellos que seguimos sosteniendo la necesidad imperiosa de avanzar en algo en este país, pasamos lisa y llanamente a un segundo plano, permitiendo que el sistema político al cual tenemos el orgullo de integrar, se vea representado por los adalides de la polarización.
No queda otra opción que reaccionar, y no hay mejor reacción a esta escalada de movilizaciones provocadas que la de redoblar los esfuerzos al dar nuestras propias explicaciones.
La ciudadanía tendrá oportunidad, el próximo 7 de diciembre, de evaluar no sólo qué se quiere hacer con Ancap, porque también tendrá la posibilidad de hacer una severa evaluación de los dichos y actitudes de quienes aspiren a gobernar los destinos de este país, entendiendo hasta qué punto estamos hartos de manifestar que la velocidad para disminuir los sufrimientos de tantos de nuestros compatriotas depende de la capacidad de diálogo, de construcción de entendimientos y aptitudes morales que el elegido por la soberanía popular posea, para evitar pasar por situaciones ya conocidas en los setenta y que por lo visto tantos dirigentes de primera línea se encuentran empecinados en continuar desconociendo.
Parece mentira estar asistiendo a un espectáculo en el que esos dirigentes no hayan comprendido los grados de responsabilidad compartida en todos los padecimientos que la sociedad ha sufrido en estos últimos años, obcecados en promover posturas extremas erróneas que, sustancialmente, atentan contra la imperiosa unidad fundamental de la nación que es indispensable para poder sortear exitosamente el conjunto de desafíos contemporáneos.
Será entonces nuestra responsabilidad, compartida con los que por encima de matices distintivos, coinciden en poner siempre adelante los intereses del país a los cálculos electorales y entonces veremos claramente la existencia de dos formas de entender la actividad política: una la del mote y la del epíteto y la otra, sin duda mayoritaria, de la razón y la libertad.