Asesinatos ilustran autoengaño de Suecia

| Con asesinatos como los ocurridos durante la semana pasada, es el orgullo sobre su seguridad el que está siendo esafiado.

El día que Anna Lindh, la ministra sueca del Exterior, murió a causa de las heridas de cuchillo la semana pasada, otro asesinato menos publicitado se sumó a la inquietud del país. En la región oeste de Suecia, una niña de cinco años de edad, identificada tan sólo como Sabina, fue secuestrada y apuñalada hasta provocarle la muerte a manos de un paciente de una institución psiquiátrica, capaz de ir y venir a voluntad en parte debido a que el costo de atender a dichos pacientes en esta tierra, donde el sistema de asistencia social se extiende de la cuna hasta la tumba, se está volviendo excesivo.

De alguna manera, ambos asesinatos produjeron el mismo efecto: inyectar oscuridad a la luz y reflejar la dualidad de una nación cuyas raíces yacen tanto en el sombrío enajenamiento del dramaturgo August Strindberg o en la oscura cinematografía de Ingmar Berman como en la búsqueda de la armonía y la tolerancia. Esta es, después de todo, una nación que ha ofrecido al mundo "Miss Julie" de Strindberg, oscuro drama de clases y sexualidad, y al grupo Abba, banda musical que, curiosamente, carece de ambas.

Es una tierra, según palabras del sociólogo Ake Daun, cuya historia rural y severas estaciones han moldeado una pragmática ética laboral de luteranos para confrontar largos y fríos inviernos desprovistos de luz solar, interrumpidos por breves veranos que iluminan brillantes lagos y bosques brumosos de este remoto país.

Su gente, escribió Daun en un importante estudio, tiende a la melancolía, el silencio y las concesiones; no son dados a la locuacidad ni a las confrontaciones. Pero, al igual que la diversidad de escritos de Strindberg, que van de obras teatrales y su autobiografía hasta poesía, esta es una nación que no encaja fácilmente en categorías estereotipadas, una tierra convencida de su propio carácter excepcional, una tierra que también puede generar violencia.

Con toda su apariencia de estricta reticencia igualitaria, esta misma tierra dio al mundo, en el decenio de los ’70, un modelo de espartano diseño interior, emancipación de la mujer y permisividad sexual, combinando de alguna manera una notable prosperidad personal y extensos beneficios de asistencia social con la mayor tasa de suicidio en el mundo.

Por encima de todo, en una notable carrera política que se extiende a través de la mayor parte de los últimos 70 años, los dominantes social demócratas construyeron lo que ellos mismos denominaron alguna vez como el "folkhemmet", la Casa del Pueblo; un sentido de nación como protector y santuario con sus propios códigos de comportamiento que lo ponen en una categoría diferente al resto de Europa.

Con asesinatos como los ocurridos durante la semana pasada, es precisamente ese sentido de seguridad el que está siendo desafiado, a medida que los suecos buscan coordenadas para un mundo en el cual los hábitos y beneficios del aislamiento nórdico ya no pueden ser resguardados de una Europa que se integra con rapidez hacia el sur. Fue esa tensión sin respuesta entre lo viejo y lo nuevo que, en parte, impulsó a los suecos —en particular a mujeres jóvenes— a votar rotundamente en contra de unirse a la divisa única de Europa en un referendo efectuado el fin de semana pasado.

Después de varios ataques violentos en fechas recientes, por parte de personas que la policía describió como mentalmente inestables, "la masacre actual tiene una explicación política: Cuesta demasiado mantener encerrados a los locos", dijo el autor Jan Gillou en una columna periodística. Se estaba refiriendo a una decisión tomada hace diez años para clausurar los hospitales psiquiátricos de Suecia. "La muerte está caminando libre o por lo menos salió temporalmente y es una lotería saber con quién se encuentra".

Lo extraño acerca del asesinato de Lindh, según Maciej Zaremba, escritor sueco que nació en Polonia, "no es que haya ocurrido. Es que nosotros aún creemos que somos el país más seguro sobre el planeta, así que nuestra mitología, la percepción que tenemos de nosotros mismos, se manifiesta como un autoengaño".

Distribuido por The New York Times News Service

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