La infecunda parocracia

DURANTE el tiempo que duran los paros generales y las huelgas, los dirigentes sindicales, o los aspirantes a serlo, se transforman en las principales estrellas mediáticas de nuestro país. La televisión requiere su imagen y su palabra y las radios, los diarios y los semanarios reproducen sus cotidianas declaraciones.

Aparentemente, la central de trabajadores realiza una única actividad: trabajar sobre cómo hacer para que la gente cese de trabajar. Así dice defender a sus afiliados que, como es sabido, son cada vez menos y, en consecuencia, no representa realmente a la masa trabajadora, lo cual no le impide hablar en su nombre.

Pero, aun cuando ningún plebiscito refrenda sus decisiones, su poder de convocatoria es relativamente grande porque logra semiparalizar el transporte público (en el caso de paros generales) y ejercer, además, una influencia intimidatoria sobre todas las capas sociales. No concibe asumir la defensa de los trabajadores sin perjudicar a la sociedad, o mejor, a los actores más débiles de la sociedad.

DESDE luego, hay reclamos justos, muy justos. Pero también hay que ser conscientes de que la economía del país pasa por un mal momento (que ya lleva varios años) y que esas actitudes negativas no contribuyen a mejorarla sino a volverla más improductiva. Y que cuando los paros se hacen sistemáticamente son desestabilizantes y, probablemente, obedecen a razones político-partidarias.

No hay que olvidar, por desgracia, que hace unos años, Rodney Arismendi se ufanó, ante un congreso moscovita, de haber promovido una cantidad sustancial de huelgas políticas en nuestro país. ¿Mentía, alardeaba o decía la verdad? Lo cierto es que estaba haciendo buena letra ante sus superiores comunistas.

Los países que se han desarrollado —superando las peores condiciones imaginables— tuvieron la ventaja de no verse obligados a soportar un sindicalismo obsoleto, trabante, carente de imaginación y politizado.

EN la Alemania occidental, posterior a la II Guerra Mundial, por ejemplo, los trabajadores hacían horas extras gratis a fin de reconstruir a su nación devastada.

En Japón, por su parte, los trabajadores no hacen paros sino que protestan ante sus empleadores circulando con brazaletes alusivos y carteles. Y lo más admirable es que —para no afectar su productividad—manifiestan sólo durante el tiempo que la empresa les destina para almorzar o para hacer ejercicios físicos.

Estas son conductas incomprensibles para el sindicalismo uruguayo. ¡Así estamos! En lugar de una ética del trabajo, nuestros sindicalistas muestran una rigidez de métodos y una falsa propensión al diálogo que están inspiradas en la fallida lucha de clases marxista, no en el acuerdo y la armonía social.

¿Para qué sirvieron tantos paros y huelgas en las más variadas actividades?

Los salarios sólo se ajustan según la realidad económica nacional. ¿Acaso a cualquier gobernante no le gustaría, no le convendría elevarlos?

Habría que parar los paros.

UN lúcido corresponsal de "Ecos", sugiere una táctica mejor que la cesación de actividades: simplemente trabajar, no parar, pero destinar el jornal percibido durante un día de trabajo a paliar alguna necesidad social. Por ejemplo, se podría construir un par de escuelas con el producido de un solo día de trabajo que, en cambio, si fuera malgastado en un paro, a nada positivo daría lugar.

¿Cuántos centenares de miles de comidas diarias se podrían solventar con un día de trabajo donado por obreros y empleados que desistieran de parar?

Otro mito que hay que erradicar es el que proclama que, durante un paro, los servicios de salud pública se prestan con normalidad, según el régimen huelga-ocupación. Es una afirmación similar a la que emitiera un gremialista de E. Secundaria años atrás: que los cursos no se resentirán con los paros docentes porque los programas se podrían cumplir perfectamente y, por tanto, no habría razón para prolongar las clases con cursos compensatorios.

EN ambos casos se llegaría a la misma conclusión: en el primero, que los jerarcas administrativos están de más, que cobran indebidamente sus sueldos y que el Estado podría ahorrarse su pago y distribuirlo entre otras categorías; en el segundo, que tanto da impartir clases como no dictarlas porque, al parecer mágicamente, los profesores, aun mediante un menor número de clases que el reglamentario, lograrían recuperar el tiempo perdido.

Este es el sindicalismo uruguayo. Posee una mentalidad que se reduce a formular un "calendario de paros" —como dijera una publicación humorística— que daña a los trabajadores, principalmente a los más humildes, y que daña al país entero.

Los sindicalistas han demostrado ser duchos en recursos retóricos y sus expresiones alcanzan un buen nivel discursivo. Desafortunadamente, esas cualidades no son suficientes para asumir la pesada responsabilidad de interpretar los intereses del sector laboral y de la nación en que éste se inserta. Falta algo muy importante para poder cumplir con plácemes esa tarea: falta madurez, falta equilibrio y, sobre todo, falta conciencia de que integran un todo del que sus partes son absolutamente interdependientes entre sí.

Perfiles engañosos

El último balance presentado por la Intendencia de Montevideo dejó en claro aspectos engañosos para quienes no están en la operativa de ejecución de los dineros aportados por los contribuyentes.

Realmente bajaron el destinado a salarios de funcionarios al 53% del total de sus ingresos pero aumentaron al 35% los gastos de funcionamiento.

Lo destinado a "Inversiones" resulta ridículo pues apenas significaron el 9% de lo aportado por los sufridos contribuyentes. Sin duda que cada año invierten menos y eso se nota en el deterioro general de la ciudad a la cual se le prometen reestructuras que nunca llegan.

Haciendo una lectura más simple verificamos que de cada $ 100 salidos de los bolsillos de los contribuyentes, $ 53 son para sueldos del personal y otros $ 35 para atender los gastos de funcionamiento de la IMM.

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