La política y la matemática son ciencias antagónicas; una desafía hasta la lógica y la otra encarna el reino de la certeza. El único lujo que Mauricio Macri y Aníbal Ibarra no se podrían dar en estas horas es sumar y restar sobre los resultados del domingo. Las sociedades son más complejas que el vano ejercicio de poner y sacar sobre lo que ya se sabe.
¿No hubo acaso ciudadanos de los barrios elegantes, pendientes del valor del dólar, que votaron a Luis Zamora sólo para darse el gusto de protestar contra una pobre oferta electoral? ¿No hubo votantes de Patricia Bullrich que se volcaron por ella encandilados nada más que por su discurso ético? El tránsito de votos entre un lado y otro del espectro ideológico, hacia los dos únicos candidatos que sobrevivieron, es el único dato predecible.
Hay, en cambio, algunas bases concretas sobre las que se asentará el decurso de la nueva elección. La primera constatación es que Ibarra empezó la segunda campaña con el pie izquierdo.
Después de tres años de gestión concreta, y tras el rotundo apoyo del aparato político y publicitario del gobierno nacional y local, Ibarra necesitaba sólo la victoria de un punto sobre Macri, el candidato más huérfano de apoyos políticos que tuvo la Capital. No lo consiguió; quedó atrás, en cambio, por más de tres puntos. Mostrar una derrota no es una buena propuesta electoral.
¿Qué más podría hacer el presidente Kirchner por su delfín capitalino? ¿Redoblar la apuesta? ¿Llamar a una cruzada decisiva para dirimir entre el bien y el mal? Ya ha hecho todo lo humano y lo políticamente posible: ordenó pegar carteles con las caras de los dos juntos, lo frecuentó mil veces en los últimos tiempos y hasta violó la veda electoral para volver a abrazarlo horas antes de las elecciones. Hay algo en Ibarra, más allá o más acá de Kirchner, que no termina de cautivar a la gente de a pie.
Eduardo Duhalde es el político más fanático de las encuestas que hay sobre la Argentina, pero es más fanático aún de los resultados electorales. Ayer deslizó entre íntimos que en la Capital seguirá al Presidente, pero que no hará campaña. Conclusión: perdurará su silencio. Siempre estuvo más cerca de Macri que de Ibarra. Pero Kirchner e Ibarra podrían serenarse: Duhalde no hará campaña por el ex empresario ni insinuará las inclinaciones de su corazón y de su cabeza.
Ricardo López Murphy aceptó que una parte de su electorado (que lo llevó a triunfar en la Capital como candidato a presidente el 27 de abril último) se había volcado a la candidatura de Macri. ¿López Murphy y Macri necesitaron el resultado electoral para comprobar algo tan elemental? ¿Desconocen que la gente sencilla es menos sofisticada ideológicamente que sus dirigentes? ¿No hubo también un reproche a ellos por la pertinacia en eludir un proyecto común?
López Murphy puede haber sentido el riesgo de la aparición de un dirigente nacional con sus mismas características para un mismo electorado. Macri pudo haber preferido una gesta sin padrinazgos para asestarle una derrota a Kirchner y a López Murphy al mismo tiempo. El egoísmo es un mal compañero: todos ellos (incluidos también el Presidente y su candidato) están ahora entre la derrota y la inestabilidad, entre la decepción y la incertidumbre.
Llamaba la atención ver a los candidatos perdidosos y a sus partidos declarando la libertad de acción de sus votantes. ¿No la tuvieron acaso? ¿Suponían, quizá, que enormes franjas de electores estaban conmovidas a la espera de una palabra orientadora de sus candidatos malogrados?
Hasta las formas quedaron, otra vez, destruidas. Ningún postulante se tomó el tiempo, siquiera, de entablar una mínima negociación con los candidatos afines para la segunda vuelta. El aislamiento y la incomunicación son enfermedades progresivas en la política argentina.
Macri podría argumentar que es suficiente con lo que ya hizo. Ibarra es un destino personal. López Murphy admitió ayer que, tras el traspié del domingo, le espera un camino más largo para construir una fuerza alternativa. Duhalde juega otro partido: el de su propia y descomunal provincia.
Sólo el Presidente seguía apostando, a cara o ceca, decidido y temerario como es, por la derrota de Macri más que por la victoria de Ibarra.
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