R. Aguirre y E. Etchevarren
La historia se escribe, la memoria se guarda. Escribir la primera sería imposible sin guardar la segunda, y los que atesoran los retazos de recuerdos que construyen luego la historia saben que su principal enemigo es el olvido.
Contra él luchan en una batalla silenciosa, abnegada, casi desconocida, sin grandes victorias, aunque se sientan victoriosos cada vez que leen un documento, escuchan una voz o registran un objeto que han logrado hurtarle al olvido.
Ese es el secreto regocijo de esos guardianes que se emocionan ante un pedazo de papel o el sonido de una voz. Empecinados en reconstruir el pasado les importa poco que nadie los recuerde, pero les preocupa la falta de espacio para seguir guardando la memoria ajena.
Abelardo García Viera es uno de esos personajes que luchan contra la fragillidad de la memoria del país desde su puesto de director del Archivo General de la Nación que incluye el Archivo Histórico y el Artigas.
"Yo tengo los documentos históricos que mantienen la memoria nacional", dice en medio de las estanterías en que se apilan centenares de miles de documentos oficiales y privados.
"No se puede medir que cantidad de documentos hay, es imposible. Sí se puede medir por el largo de las estanterías: son 40 kilómetros", señala, mientras confiesa que el inexorable paso del tiempo amenaza con convertirse en un problema serio: "nos falta espacio, ya estamos colmados, son tres siglos de documentos", se queja.
García Viera es el actual guardián de la memoria nacional, pero sabe que ha recibido el legado de otros que, como él, fueron elegidos para librar la lucha al olvido.
El archivo histórico se fundó en 1827, cuando aún se libraba la lucha por la independencia que comenzó con la Cruzada Libertadora de 1825. "Era un archivo itinerante, que recogía la documentación del gobierno provisorio y que lo seguía en sus desplazamientos por el territorio nacional a causa de la guerra".
Durante la Guerra Grande el archivo continuó existiendo "intramuros" de Montevideo durante los largos años de asedio y recuperada la paz se nutrió de un archivo gemelo, el del gobierno del Cerrito.
VIDAS PRIVADAS Y PUBLICAS. A partir de 1870 una ley estableció la obligatoriedad de que las oficinas del gobierno enviaran al Archivo General la documentación que no fuera necesaria para el despacho de los asuntos del Estado.
Otra historia es la recopilación de los documentos presidenciales.
"Tenemos varios archivos presidenciales —muchos sufren una natural dispersión—, están los que son oficiales y también la documentación privada y la particular" explica.
La privada es aquella que trata de la esfera íntima del presidente o de su familia. La particular son los documentos que reciben o redactan con carácter no oficial pero que tienen atinencia con asuntos de Estado.
La entrega y difusión de los documentos particulares dependen de la decisión de la familia que, aunque los pongan a disposición del archivo, suelen reclamar un período de reserva de su publicidad.
En el caso de Luis Batlle Berres la familia sólo permitió hacerlos públicos 30 años después de su muerte.
La dispersión de los documentos presidenciales tiene excepciones. Julio María Sanguinetti es una de ellas: la documentación de sus dos periodos de gobierno fue entregada recientemente al archivo "perfectamente estructurada", dice García Viera.
El archivo de Sanguinetti es uno de los más voluminosos que se custodian. Le siguen los documentos de Máximo Santos y de Luis Batlle Berres.
"Ordenar el archivo de Luis Batlle me llevó tres años y me mudé todo el tiempo libre que tuve a la quinta del Camino de las Tropas. Hay copias de las actas del Consejo Nacional de Gobierno, una voluminosa documentación particular y álbumes de fotos".
HURGANDO EN EL PASADO. Los 37 funcionarios que constituyen el equipo de García Viera —"muchos eran declarados excedentarios del Estado", comenta— parecen compenetrados con su director en el gusto por recolectar, clasificar y recuperar trozos del pasado.
Saben, por experiencia, que si bien escribir la historia les está vedado, muchas veces ayudan a reconstruir la identidad de las personas.
"Vienen investigadores, estudiantes, pero también mucho público común. Ahora hay un auge de gente buscando el registro del ingreso de sus parientes inmigrantes al país" para reclamar una ciudadanía europea.
"También viene gente buscando su identidad, porque tenemos el archivo del Consejo del Niño", explican.
Cuentan que personas de Argentina, España y hasta del lejano Congo envía correos electrónicos pidiendo datos específicos de personas que intervinieron en episodios históricos del país. "En lo posible tratamos de ayudar a que los ubiquen".
García Viera confía en que la tecnología le ayude a seguir acumulando documentos: "necesitamos tener más espacio", repite, al tiempo que mira lo que ocurre como si fuera solamente una antesala de su permanente pasado histórico.
"Nosotros no hacemos historia, nuestra misión es conservar la documentación para que se haga historia, se defiendan derechos, se investigue. Así que en algún momento todo llega hasta aquí, como llegó lo del pasado".
UNA MEMORIA VIVIENTE. El padre Livio es otro de los guardianes de la memoria. El lo hace desde su escondido mundo del convento de los capuchinos que está en pleno centro de Montevideo, pero que tiene un clima que parece haberse detenido un siglo atrás.
El padre Livio tiene 84 años y su principal ocupación es atender a los enfermos y moribundos del Círculo Católico que queda cruzando la calle Canelones. A pesar de sus años, va y viene con paso constante cada vez que alguien lo requiere.
Pero su tesoro escondido está en el segundo piso del convento que se comenzó a construir en 1870 y cuya historia desgrana mientras va subiendo las escaleras. Uno se pregunta si existe otro lugar en el mundo más adecuado para él.
Y existe.
Livio abre la puerta de la biblioteca de 35 metros de estanterías y más de 20 mil volúmenes que se ha encargado personalmente de recuperar y ordenar, y que incluye obras únicas de Filosofía, Sociología y Teología. Ese es su mundo.
"Hubo que organizarla porque estaba abandonada, porque los sacerdotes de la comunidad estaban ocupados en asuntos pastorales y en la atención de los fieles. Yo hice la reorganización e incluso la parte de albañilería porque en un momento esto se llovía".
Inmerso en su mundo más profundo, Livio comienza a mostrar libros con el mismo respeto y veneración con que maneja los vasos sagrados del templo.
Muestra uno de 1648 de Carlos De Aremberg con grabados e íconos realizados por capuchinos. Un misal romano de 1662 o una versión alemana de los evangelios de Martin Luthero que demuestra que su biblioteca no rehúye el ecumenismo. Exhibe también libros de Joaquín Requena y un busto de Cristo en bronce de 1858.
De pronto, toma un enorme volumen que tiene estampada como fecha de referencia 1508. Lo abre y comienza a leer en latín.
"Gran parte está en latín, no todo", explica, mientras confiesa que descubre en viejos libros lecciones imborrables sobre el hombre. "Me encuentro con homilías pensadas para gente joven, veo la fecha y son del año 1793. Entonces me digo: esto es para la historia. Veo al hombre de aquella época y al hombre de hoy. No había ni tecnología ni medios, pero el hombre, en sus virtudes, en sus tendencias es el mismo. El hombre siempre fue capaz de lo mejor y capaz de lo peor".
El refugio del padre Livio no lo ha mantenido al margen de los avatares del mundo. "Tendría que hablar también de momentos amargos sufridos en los últimos años, después del Concilio Vaticano II, cuando muchos interpretaron mal y vino la confusión y el trastorno de costumbres y la venta de objetos religiosos".
De esa época conserva una pieza, "una joya", dice, mientras saca parsimonioso de un estuche un cáliz de plata dorada con las imágenes de los Apóstoles grabadas. Lo encontró en un remate y lo compró: "le pregunté al rematador ‘¿qué hace esto aquí?", pero no me respondió".
Cuenta que algunos profesores que han utilizado la biblioteca para sus investigaciones le han dicho que hay ejemplares que no encontraron en otras instituciones.
"Yo aspiro a un hombre que sea sensible y que reconozca todos los valores que hay y de los cuales la Iglesia ha sido promotora, porque hay que ver que en siglos pasados los monjes salvaron la civilización europea".
Livio trabaja ahora con cinco estudiantes de la facultad de Teología a quienes trasmite sus secretos. "Es necesaria una comunicación generacional porque ignoran lo que hay acá. Entonces mi ansia es terminar la organización de fotos y poder escribir elementos que sirvan de historia".
El mandato de la memoria lo escucha alto y claro. "Mi hermano me dice: sentáte y escribí todos los días 10 minutos, porque si te morís nadie va a saber donde está parado".
El dice que hacerlo es su anhelo: "la responsabilidad la tengo en cuanto Dios me dé vida y tiempo, porque atender a la gente del Círculo es una labor muy importante".
Mientras observa la biblioteca, una vez más antes de volver al trajín diario, susurra: "lo fundamental está hecho".