¿Cuánto tiempo falta en Occidente para que gays y lesbianas vivan su sexualidad sin enfrentar ningún tipo de descalificación ética pública o limitación legal?
A Occidente le está brotando un tercer sexo. Es un proceso lento, probablemente de muchas décadas, pero inexorable, y resulta indiferente estar en contra o a favor del fenómeno: sucede. Está sucediendo, y los síntomas son evidentes. Hace pocas fechas fue nombrado un obispo episcopal gay. Poco antes, en Estados Unidos abolieron las ridículas leyes que condenaban la sodomía, incluso entre heterosexuales. En Holanda y otra media docena de países, desde hace años se admiten los matrimonios entre parejas del mismo sexo. Son bastante extendidos el reconocimiento del derecho de los homosexuales a la adopción de menores o a formar parte de las fuerzas armadas. Pronto habrá escuelas públicas para adolescentes que se sienten atraídos por personas de su mismo género y desean centros educativos especiales. ¿No los hay exclusivamente masculinos o femeninos? La escuela, que se fundará en New York, se llamará "Harvey Milk" en honor al político gay californiano asesinado en 1978 por un homofóbico despiadado.
No se trata de un fenómeno norteamericano o del norte europeo propio de regiones protestantes. Acontece, insisto, en todo el ámbito occidental, y cuanto sucede en una capital importante acaba por repercutir en las demás. La católica Navarra, en el norte de España, ha legalizado las "parejas de hecho", y en las últimas elecciones regionales un candidato madrileño proclamó abiertamente su homosexualismo sin mayor escándalo por parte del electorado. La idea más generalizada es que lo que voluntariamente hacen dos adultos en la intimidad de una alcoba es legítimo. A lo que Woody Allen suele agregar una cínica apostilla: "y si son tres es maravilloso".
El proceso de creciente aceptación de la conducta homosexual recuerda el de los matrimonios interraciales. Hoy tal vez nos parezca asombroso, pero hasta hace pocos años la ley y la costumbre rechazaban visceralmente la idea de que dos personas de diferentes razas constituyeran pareja. Y el principal argumento moral que se esgrimía era semejante al de quienes hoy condenan las relaciones entre homosexuales: eran vínculos contrarios a la naturaleza. Vulneraban los designios divinos. Dios, supuestamente, había ordenado que las personas sólo amaran y se reprodujeran dentro de los límites de la raza a la que pertenecían.
La verdad es que la naturaleza no establece juicios morales. Esa es una actividad exclusiva de los seres humanos. Cuando un caballo despistado trata de "montar" a otro macho el resto de la manada continúa pastando sin prestar atención al curioso suceso. A la naturaleza le resulta indiferente si los leones asesinan los cachorros engendrados por otro padre desplazado a dentelladas, o si la mantis religiosa se merienda a su pareja tras copular alegremente con ella. La naturaleza sólo parece tener la ciega urgencia de perpetuarse. Incluso, si son correctas las conjeturas de los sociobiólogos, es posible que la conducta homosexual de ciertas hembras y varones contribuya al fortalecimiento de algunas familias que cuentan con la solidaridad extra de miembros del grupo que, generalmente, carecen de descendencia propia.
En su última y espléndida novela, El paraíso en la otra esquina, Mario Vargas Llosa se refiere a la fascinación del pintor Paul Gauguin en las islas del Pacífico con jóvenes varones, deliberadamente educados como muchachas en el seno de sus familias, con el objeto de que constituyan un tercer sexo: los "mahu". Hombres-mujeres, seres ambiguos a los que su bisexualidad —si esa es la palabra correcta— lejos de precipitarlos en el descrédito les confiere una especial dignidad ante el resto de la etnia a la que pertenecen.
Sin quererlo, el novelista peruano, con una anécdota marginal dentro de su extensa y rica novela —el tema de fondo es la búsqueda de la utopía—, documenta un ángulo importante en el debate que sacude a Occidente: como demuestran algunos grupos polinesios, es posible que una sociedad admita como algo perfectamente "normal" la existencia de un tercer sexo distinto a los dos géneros tradicionales en los que suele dividirse la especie.
¿Cuánto tiempo falta en Occidente para que gays y lesbianas vivan su sexualidad sin enfrentar ningún tipo de acoso familiar, descalificación ética pública o limitación legal? ¿Cuándo las planillas tendrán una tercera casilla en el epígrafe de "sexo"? Si de algo sirve la experiencia norteamericana en la equiparación de los negros con la población blanca, probablemente cinco o seis décadas. Desde el fin de la esclavitud (1861) hasta la derogación de leyes discriminatorias y el debilitamiento de viejas costumbres racistas, pasó mucho tiempo, pero ya en los años sesenta y setenta del siglo XX resultaba obvio que la integración racial era imparable, aunque fuera cuesta arriba. Ese es exactamente el punto en el que ahora se encuentran los movimientos que defienden los derechos de los homosexuales. Hoy nos parece imposible que algún día ciertas personas actúen como gays o lesbianas con el mismo desenfado y naturalidad con que se comportan los heterosexuales sin que ello despierte ningún tipo de reacción, pero esa fecha llegará. Occidente se mueve en esa dirección. Es evidente.
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