Un reciente programa de The History Channel ("donde el pasado cobra vida") enfocó en TV Cable el vasto tema de las comunicaciones, que es o debiera ser una materia obligada en los cursos de periodismo. Su poblada historia suele comenzar con la batalla de Marathon, en el año 490 A.C., cuando un atleta griego corrió 42 kilómetros para comunicar a Atenas un triunfo sobre tropas persas. El episodio fue muy festejado y llegó a los textos de la materia, como un primer ejemplo de trasmisión en temas bélicos. En 1896 la Maraton pasó a ser una de las competencias olímpicas en los juegos de Grecia. En los 25 siglos siguientes a la batalla, las comunicaciones mejoraron con técnicas diversas y eso ahora exige clases completas para contar las innovaciones del papel, la imprenta, el telégrafo, el sistema Morse, el teléfono, la radio, la televisión y el más reciente "chateo" entre desconocidos que se hacen amigos y hasta novios.
El aludido programa no quiso o no pudo cubrirlo todo y se concentró en la comunicación casi secreta, como la necesitan los ejércitos en guerra y a menudo los políticos. Han existido muchas formas de ese disimulo. Una muy ingeniosa fue puesta en práctica por el ejército de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Confió algunos mensajes verbales a un batallón de indios navajos, cuyo idioma era totalmente ignorado por gobiernos alemanes, italianos o japoneses.
El disimulo más frecuente es el código para mensajes cifrados. A primera vista, la palabra cbsdp no tiene significado alguno, pero el receptor que conozca el código hará retroceder un paso en el alfabeto a cada una de las letras, hallando la palabra barco. Ese método elemental puede aumentar sus dificultades, con códigos distintos para cada letra y con cambios de código cada 24 horas. Algo así hicieron los alemanes con su sistema Enigma, que empezó a funcionar hacia 1918. Una máquina dotada de tres o cinco ruedas realizaba las conversiones de letras y otra máquina similar debía reconvertirlas en la recepción. El sistema Enigma desconcertó a los adversarios, pero un laboratorio polaco intentó descifrar sus claves y luego pasó sus hallazgos a los ingleses. En el laboratorio de Bletchley Park, cerca de Londres, el matemático Alan Turing derrotó a Enigma y eso fue muy útil durante 1944 y 1945, al final de la guerra.
Los americanos habían tenido un triunfo parecido cuando descifraron el código naval japonés. Supieron lo que se decían los altos mandos y los capitanes de barcos y aviones, con lo cual tuvieron un conocimiento anticipado del ataque japonés a las islas Midway. Esa batalla naval (junio 1942) terminó por ser un gran triunfo americano, aniquilando varias embarcaciones japonesas.
Otro episodio mayor fue la Operación Venona. Durante la guerra, varios comandos aliados grabaron las comunicaciones telegráficas hacia y desde la Unión Soviética. Pero eran frases incomprensibles, porque estaban hechas en códigos cifrados de letras o de números. En 1945 el funcionario soviético Igor Gouzenko desertó de su puesto en Ottawa, Canadá, llevándose un centenar de documentos. Así los gobiernos de Estados Unidos, de Gran Bretaña y de Canadá descubrieron que la URSS había instalado durante años una enorme red de espionaje. En la llamada Operación Venona se pusieron a traducir las comunicaciones soviéticas de los años previos y descubrieron a varios espías mayores, como el alemán Klaus Fuchs (que había trabajado en la bomba atómica), el inglés Donald Maclean y los americanos Julius Rosenberg y David Greenglass. Detrás de Maclean saltó la red inglesa de espías llamada Círculo de Cambridge, que integraban notoriamente Kim Philby, Guy Burgess, Anthony Blunt y John Cairncross. Eran los comienzos de la Guerra Fría, que duró más de cuarenta años y fue un desperdicio de dinero, de energías y de vidas. Importa agregar que también Estados Unidos y Gran Bretaña procuraron colocar sus espías dentro de la URSS.
Cuando los diarios se hacían con líneas de plomo, estaban en funciones las máquinas llamadas linotipos. De su teclado derivaba la caída de matrices metálicas en una regleta, que a su vez tomaba contacto con el plomo derretido y formaba las líneas de texto. Cuando el operario advertía que la línea estaba mal comenzada, procuraba completarla y anularla, porque dar marcha atrás era más difícil. Para eso corría un dedo por el teclado hasta terminar la línea, que luego sería retirada del texto. Eso llevaba a escribir etaoin etaoin shrdlu, palabras mágicas que a veces terminaban impresas. Quien hoy las encuentre en un diario viejo debe saber que sólo significan un pequeño percance cotidiano en el trabajo. No son un código soviético de espionaje.