ALVARO AMORETTI
El ex neutral de la Asociación Uruguaya de Fútbol y autor de los recordados informes que en los años setenta y ochenta recomendaron bajar drásticamente el número de clubes en Primera División y someter a auditorías permanentes a las instituciones para evitar su colapso económico, el contador José Pedro Laffitte, dijo que al grupo empresarial que en la actualidad maneja el fútbol uruguayo "hay que reconocerle el mérito de que hace caminar las cosas", pero reconoció que el actual sistema tiene "luces y sombras", y se preguntó qué será de los clubes y de la Asociación Uruguaya de Fútbol "el día que Papá Noel desaparezca".
Durante una entrevista concedida a El País, Laffitte —un wanderista confeso que a los 74 años se recupera de una delicada cirugía cardíaca haciendo gimnasia y practicando regularmente básquetbol— dijo no saber si el actual sistema con el que funciona el fútbol uruguayo "es bueno o es malo", pero se mostró convencido de que "si ese grupo económico no estuviera, acá hacía rato que el fútbol uruguayo no existía más".
"Yo no entro a considerar si ese Papá Noel interviene o no en decisiones deportivas de los clubes o de la propia Asociación Uruguaya de Fútbol. Lo que tengo claro es que ese Papá Noel es el que ha permitido que el fútbol uruguayo siga en pie, y ha posibilitado que muchos clubes hayan podido sobrevivir", dijo Laffitte.
—En los tiempos que corren, con estadios semivacíos y clubes que no tienen dinero para pagar siquiera la cuenta de la luz, cada vez son más los que se acuerdan de un trabajo que el cuerpo de neutrales que usted integraba y que presidía el ingeniero Héctor Del Campo realizó a mediados de los años setenta para llamar la atención de la crisis económica que se avecinaba en el fútbol uruguayo si no se adoptaban medidas de fondo que, en definitiva, no se tomaron. ¿Por qué cree que hoy se valora tanto un trabajo que, en su momento, fue a parar a un cajón?
—Vaya uno a saber. Lo primero que habría que ver es por qué hablan de un trabajo, cuando en realidad fueron dos.
—¿Dos?
—Dos. El primero lo hice yo, en los setenta, a pedido del Consejo Ejecutivo que presidía Del Campo. Y el segundo se hizo una década después, cuando vino la democracia y nos pidieron a aquellos neutrales (a los que por el cariz de su gestión se les denominó en su conjunto y en el ambiente del fútbol "el Ejecutivo de Oro") y el contador (José Pedro) Damiani que hiciéramos una actualización de mi trabajo. Y es esa actualización la que hoy todos recuerdan.
—Cuando se habla de ese informe de mediados de los ochenta se lo pone como ejemplo de lo que debió hacerse y no se hizo. ¿Qué proponía ese trabajo concretamente?
—Proponía muchas cosas. Lo primero que decíamos es que una ciudad de un millón y medio de habitantes como Montevideo no podía tener 12 o 15 clubes en Primera División. Y no era por capricho, sino por una realidad. ¿Cuántos equipos de Primera División hay en Madrid? Dos y medio. ¿Y en Barcelona? Dos. ¿Y en Bilbao? ¿Y en Sevilla? ¿Y en Turín? Dos. ¿Y en Roma? Dos. ¿Y en Milán? Dos. ¿Y entonces? ¿Por qué en Montevideo, que tiene menos habitantes que Madrid, Milán, Barcelona y Turín podía haber 12 o 15 equipos?
—¿Y no era demasiado inocente pensar que los clubes iban a levantar la mano para votar una reestructura que podía condenar a la mayor parte de esas mismas instituciones al descenso?
—Y... capaz que sí. Porque a nadie le gustaba la idea de bajar a ocho clubes en Montevideo, porque todos pensaban que los perjudicados podían ser ellos y nadie quería asumir ese riesgo. Pero mire que aquello no era lo único que a los clubes no les gustaba, ¿eh?
—¿No?
—No. A nosotros nos preocupaba mucho que los clubes dependieran para subsistir de vender un jugador, de que Uruguay clasificara a un Mundial y de que la gente no se borrara de los registros sociales. Y nos preocupaba porque las ventas, intermediarios mediante, dejaban cada vez menos dinero, porque clasificar a un Mundial era cada vez más difícil y porque los socios se borraban cada vez más de los clubes.
Y todos terminaban pidiendo dinero a ese Papá Noel que era la Asociación Uruguaya de Fútbol.
—¿Y qué proponían?
—Auditorías por club. Cada institución tenía que presentar al empezar el año un presupuesto que tenía que destinar un 20% del total de los egresos a la formación de las divisiones inferiores y a su infraestructura de apoyo. Pero además ese presupuesto no podía ser más de un 25% más alto que el de la temporada anterior. Y tenía que estar nivelado.
—¿Y eso generaba resistencias?
—Sí. Porque a los clubes no les gustaba, y no les gusta, que alguien les diga lo que pueden gastar y lo que no, y que desde afuera de los audite. Salvo que ese alguien tenga un poder económico sobre ellos.
—¿Como sucede ahora?
—Como sucede ahora, donde un grupo económico, bien o mal, hace funcionar el fútbol y pone las condiciones. Y a ese grupo económico, que tiene el poder, ya no es tan fácil decirle que no.
—¿Siente que a la hora de intentar ordenar el fútbol uruguayo ese grupo económico tomó alguna de las ideas de aquellos dos trabajos de los que usted fue protagonista?
—Bueno... hay grandes diferencias. Por lo pronto, lo primero que hizo ese poder económico no fue bajar el número de clubes a ocho, sino aumentarlo a dieciocho. ¿Por qué? Porque cuando más clubes hay, más partidos se juegan, y más partidos se televisan. Pero bueno, por lo menos hay que reconocerle a ese grupo el mérito de que hace caminar las cosas. No sé si su método es bueno o es malo, pero lo que tengo claro es que si ese grupo económico no estuviera, acá hacía rato que el fútbol uruguayo no existía más. Porque cuando hay que poner la plata es ese grupo económico el que termina aportando siempre las soluciones.
—¿Pero eso no es consagrar la dependencia económica del fútbol uruguayo de un Papá Noel, que era lo que ustedes habían buscado erradicar con aquellos dos trabajos en los años setenta y ochenta?
—Sí, lo reconozco.
—¿Y eso no es malo?
—Yo creo que, en todo caso, es un Papá Noel que tiene sus cosas positivas y sus cosas negativas. Yo no entro a considerar si ese Papá Noel interviene o no en decisiones deportivas de los clubes o de la propia Asociación Uruguaya de Fútbol.
Lo que tengo claro es que ese Papá Noel es el que ha permitido que el fútbol uruguayo siga en pie, y ha posibilitado que muchos clubes hayan podido sobrevivir.
—¿Es un sistema sano?
—No sé si es sano. Lo que sé es que hoy en día es el único que es posible. Porque si ese grupo económico no estuviera no sé qué habría de ser del fútbol uruguayo. Y porque no tenga dudas que el día que ese grupo económico no pague las deudas de los clubes, más de la mitad descienden o desaparecen.
—¿Pero es un buen o un mal sistema para financiar el fútbol?
—Es un sistema que funciona, con luces y sombras. El problema es hasta cuándo va a funcionar. Lo que creo que tenemos que mirar es el horizonte y preguntarnos qué va a pasar en el futuro. Porque, ¿qué vamos a hacer el día que Papá Noel desaparezca?