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"The Boston Globe" | Jeff Jacoby
Otra semana, otro frenesí

Los enemigos políticos del Presidente George W. Bush y sus porristas en la prensa están agitados últimamente a causa de la afirmación del mandatario previa a la guerra, en el sentido de que Saddam Hussein había tratado de comprar óxido de uranio en Africa. ¿Y qué más hay de nuevo? En su campaña perpetua por convencer al resto de nosotros que la política exterior de la Administración ha sido un fracaso desastroso, los enemigos de Bush y sus aliados en los medios masivos de comunicación al parecer siempre están en un estado de efervescencia con respecto a algo.

Veamos. Antes del frenesí actual a causa de esas 16 palabras dudosas pronunciadas en el informe del Estado de la Unión, hubo un frenesí debido a la incapacidad de tropas aliadas en Irak para encontrar la "pistola humeante" que encarnaban las armas de destrucción masiva, esto es, reservas del prohibido gas neurotóxico y letales agentes bacteriológicos.

Antes de lo anterior, se suscitó una conmoción debido a que la administración Bush no logró impedir el pillaje, tras la liberación, de más de 170.000 tesoros del Museo Nacional de Irak; frenesí que se desvaneció cuando resultó que la cifra real se acercaba más a 50.

Durante la segunda semana de la guerra en Irak, los estadounidenses vivimos la agitación provocada por la supuesta incompetencia del plan de batalla y un atolladero similar a Vietnam en el cual se estaban atascando tropas de Estados Unidos. Eso fue a la par de las ansiosas alarmas con respecto a la hostilidad con que iraquíes ordinarios recibirían a las tropas estadounidenses. La revista Newsweek, citando el pronóstico del Vicepresidente Dick Cheney antes de la guerra —"Seremos acogidos como liberadores"— determinó, en su edición del 7 de abril, que era "un arrogante error para la posteridad". El 9 de abril, iraquíes en Bagdad estaban derribando estatuas de Saddam Hussein y congregándose llenos de júbilo en torno a los soldados de Estados Unidos.

Antes de que empezara la guerra, por supuesto, el frenesí de condenas en contra de Bush era ensordecedor. Desde una diversidad de demócratas, periodistas, así como activistas de tendencia a la izquierda política, llegaron lamentos angustiosos acerca del "unilateralismo" de la Administración, advertencias relativas a que combatir a Saddam pondría en peligro el combate al terrorismo, aunado a repetidas exigencias de que se concediera más tiempo a los inspectores de armas de Naciones Unidas.

Incluso antes de eso, la administración Bush era acusada clamorosamente por no haber logrado "unir los puntos" que llevaban a la masacre del 11 de setiembre. Una efervescencia de los medios de comunicación durante la primavera pasada acusaba al mismo Presidente Bush de no haber tomado con seriedad indicaciones de advertencia. "Esta noche en la Casa Blanca", empezó una transmisión de Tom Brokaw, "la Administración trata de darse abasto ante una tormenta de críticas que surgen de la noticia de que ... un mes antes a los atentados el 11 de setiembre, el Presidente tenía sobre su escritorio un informe de los servicios de inteligencia que advertía sobre secuestros en aerolíneas y mencionaba a Osama bin Laden por nombre".

El esfuerzo con miras a impedir que "una tormenta de críticas se acumulara" sigue sin abatirse, amplificado ahora por un grupo de candidatos presidenciales de los demócratas que están ansiosos por manchar la reputación de Bush —así como de atraer la atención sobre sí mismos. Eso último ciertamente es comprensible ya que, según datos de la encuesta más reciente de la cadena CBS News, el 66 por ciento de los electores demócratas aún no pueden siquiera mencionar el nombre de uno de los contendientes demócratas.

Pero, ¿acaso los demócratas realmente imaginan que la forma de desbancar a Bush consiste en postularse con una plataforma opuesta a la guerra?

Sin importar el grado de impopularidad que pudiera tener Bush y la guerra para liberar a Irak entre la base demócrata de tendencia a la izquierda, ambos mantienen un firme respaldo entre la nación de modo integral. En el nuevo sondeo de opinión efectuado por el Washington Post y la cadena ABC, el 57 por ciento de la población estadounidense juzga que la guerra merece los costos, en tanto que el 62 por ciento cree que la misma contribuyó con la seguridad de Estados Unidos en el largo plazo, y el 72 por ciento desea que las tropas estadounidenses sigan en Irak hasta que se restaure el orden civil.

Los estadounidenses no sienten inquietud con respecto a que Estados Unidos encabezó una exitosa guerra para aplastar a una salvaje dictadura. Su opinión se refuerza con cada nueva tumba colectiva que se descubre: la evidencia más contundente de la destrucción masiva de Saddam. Además, existen pocas probabilidades de que su opinión vaya a cambiar debido a cualquier cosa que el Presidente haya o no dicho con respecto al uranio en enero.

Eso no excusa que Bush haya recurrido a lo que posiblemente fue una afirmación falsa para argumentar un cambio de régimen, y ciertamente no excusaría cualquier conocimiento de distorsión de los datos de inteligencia por parte de sus subordinados. En vez de participar en tácticas dilatorias, Bush debería reconocer cualquier equívoco de forma directa, invocar el famoso adagio de Truman —"el dólar para aquí"— y ofrecer disculpas.

Y posteriormente deberíamos regresar a enfocarnos en algo que realmente marque una diferencia: el crucial proceso de transformar Irak de una tierra de sangre y horror en la primera democracia constitucional en el mundo árabe.

El nuevo consejo gobernante de Irak hizo su debut esta semana, una vital piedra angular sobre el camino hacia la libertad y la soberanía. Sus 25 integrantes son una instantánea del pueblo iraquí: abarcan a hombres y mujeres, sunnitas y chiítas, árabes y curdos, exiliados que regresan y residentes liberados, incluso a un cristiano y un turcomano. Asimismo, el primer acto oficial del nuevo consejo fue abolir los días feriados del Partido Baath de Saddam, para luego proclamar el 9 de abril —fecha en que las fuerzas estadounidense liberaron Bagdad— como el nuevo día de fiesta nacional de Irak.

El consejo entiende: La derrota de Saddam fue positiva, tanto para Irak como para el mundo. A pesar del club del frenesí del mes, la mayoría de los estadounidenses también lo comprende.

Distribuido por The New York Times News Service

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