El pesado procedimiento para destituir a un empleado
público debería ser revisado, en opinión del director de
Impositiva, Eduardo Zaidensztat. En una larga
conversación con El País, el funcionario sostuvo que el
secreto tributario encubre al evasor en detrimento de
quien cumple con el pago de sus impuestos.
—¿Cuán decidido está el gobierno a imponer un
régimen de incompatibilidad de tareas públicas y
privadas para los profesionales de la DGI?
—Una iniciativa en esa línea integra el último proyecto
de reforma tributaria. Para mí, un funcionario de la DGI
puede tener exclusividad de acuerdo al lugar donde
desempeña su función. Una persona que es chofer en
la DGI puede trabajar en la actividad privada. Un
abogado de la DGI perfectamente podría ejercer el
derecho de familia.
Hay otros lugares donde debe haber exclusividad 100
por ciento, y hay lugares donde debe haber
determinadas flexibilidades, y a mayor grado de
dedicación hasta la exclusividad, el patrón, en este
caso el Estado, debe darle una retribución acorde con
esa dedicación. Hoy un profesional de la DGI, un
inspector, gana once mil pesos uruguayos. Para
mucha gente eso puede ser mucho dinero, pero
seamos concientes que una persona con formación
profesional y con las posibilidades de trabajo que tiene
en el sector privado, por esa cantidad en el sector
público no va a vivir.
Ahora bien: que la persona tenga trabajo en la
actividad privada, no quiere decir que sea deshonesta,
porque puede trabajar en la actividad privada y tener
valores éticos y morales que lleven a que a su cliente
no lo favorezca. Por supuesto que en una
administración tributaria, hay sectores claves donde
tiene que existir la incompatibilidad.
—¿Cuánto pesa el sueldo de un funcionario en su
exposición a la corrupción?
—Esas magras retribuciones, en lugares donde se
manejan cifras muy importantes de dinero, pueden
traer algún problema adicional. La corrupción es un
tema fundamentalmente ético, moral y de valores de
cada ciudadano, de cada persona, pero una baja
retribución puede acompañar a desincentivar a la
gente, o llevarla por el camino equivocado. La mayoría
de la gente que trabaja en la oficina es honesta, y no
tiene problemas éticos ni morales, más allá de que
trabaje o no en el sector privado. Pero por supuesto
que en una organización, tanto pública como privada,
existen ovejas negras.
—¿Y qué hace la DGI hoy con las ovejas negras?
—No hay mejor defensa que un buen ataque.
Entonces es bueno que la propia estructura depure a
la gente que se porta mal. Para ello hacemos las
investigaciones administrativas y sumarios que
correspondan, e incluso por estos días el Senado
tiene a estudio un pedido de destitución de un
funcionario.
—¿Cuánto cuesta destituir a un funcionario?
—Para destituir un funcionario público existen tantos
procedimientos para darle garantías, que al final la
garantía la pierde el resto de la sociedad. No
solamente hay que hacer la investigación, el sumario
correspondiente; la unidad ejecutora, en este caso la
DGI, lo determina con un procedimiento adecuado, con
abogados, con tiempo para la parte afectada, como lo
establece la normativa legal, luego termina en este
caso con la firma del director de Impositiva, después
pasa a la firma del ministro de Economía, luego lo
termina firmando el presidente de la República.
Y no termina acá: tiene que ir a la comisión del
Senado. Entonces, el trámite para apartar a esas
ovejas negras realmente es muy lento. El
procedimiento no termina con la firma del ministro, del
presidente, y terminamos con el Senado. Y me parece
que eso debería revisarse.
Pero también, cuando encontramos ovejas negras,
cuando entendemos que el hecho amerita no sólo la
exclusión de la plantilla de funcionarios, ponemos la
situación en conocimiento de la Justicia. Algo que
tenemos que instalar es un sistema de auditoría
interna potente en la oficina.
—Muchas veces, cuando uno quiere conseguir
información sobre sanciones a evasores, se choca
contra el secreto tributario. ¿Le parece bien que no se
pueda hacer pública esa información?
—El secreto tributario tiene cosas muy buenas de la
protección del debido proceso, pero hay veces que
atenta contra el buen contribuyente y favorece al que se
porta mal.
—¿En qué caso se decide denunciar a un evasor ante
la Justicia?
—Nosotros ponemos en conocimiento de la justicia
penal, por distintos criterios, como el monto de la
defraudación, pero también no sólo por montos sino
por el procedimiento utilizado, como las maniobras
con facturas. La señal que quiero dar es: al que se
porta mal, no sólo lo van a embargar, o sea aplicar
medidas cautelares, sino que marcha preso. No me
tiembla la mano al presentar la denuncia penal
correspondiente.
Perfil
Con fe para la
tarea
Eduardo Zaidensztat es uno de los jóvenes con perfil
técnico a los que Jorge Batlle confió cargos de
gobierno. Ha sido asesor de la Presidencia,
subsecretario de Salud Pública, asesor del Ministerio
de Economía, y ahora conduce la Dirección General
Impositiva.
Tiene sus mejores relaciones en el gobierno con
varios jerarcas con los cuales comparte generación, y
que conoció en la universidad: Leonardo Costa
(prosecretario de Presidencia), Oscar Brum
(subsecretario de Vivienda) y Pedro Aramendía (asesor
de Presidencia), son algunos.
Zaidensztat mantiene una estrecha relación con el
ministro de Economía Alejandro Atchugarry. Hace
años, le dijo a Atchugarry que habría mucho por hacer
en la DGI, y que él se tenía fe para la tarea. En 2002, en
plena crisis y permanente caída de la recaudación,
Atchugarry le preguntó si aún recordaba aquel
comentario. Dos días después, Zaidensztat asumió en
la DGI.