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  - Editorial
Leonardo Guzman 2 Emprendimientos como el de LATU en Chile deben estimular nuestros esfuerzos para pensar con rigor en ciencia, tecnología y la vida práctica.
El LATU y el pensar

Cuando —el martes pasado— en un hotel de Santiago se presentó en sociedad la agencia que el LATU acaba de establecer en Chile, ocurrió un hecho tecnológico y económico de alta trascendencia para el Uruguay y para la nación trasandina. Asesorar en todas las etapas de gestión y certificar internacionalmente la calidad constituyen herramientas imprescindibles para competir en medio de la jungla de normas públicas, reglas corporativas y exigencias privadas que hoy funcionan como obstáculos en cascada para el desarrollo del comercio internacional de estos países.

Se configuró también un hecho institucional: estuvo presente no sólo el emblemático Ing. Ruperto Long —y su equipo investido de todo el simbolismo que el LATU ha sabido ganarse— sino el propio Vicepresidente de la República, Luis Hierro López, que con expresión rotunda respaldó el emprendimiento desde la resonancia propia de sus convicciones, amasadas en dos generaciones de servicio cívico.

En verdad, reconforta. Pero haríamos mal en anotar la noticia —título positivo, fotos restallantes— como el buen fruto obtenido por unos pocos especialistas a quienes les va bien en su batalla o como el resultado mecánico de una expansión forzosa.

No es casualidad que en la presentación del LATU surja una y otra vez la modestia de sus personeros —Arismendi, Gortari— que aclaran que no pretenden saberlo todo ni resolverlo todo sino pensar directamente desde los problemas siempre distintos, siempre imprevisibles: esa postura es sedimento actual de nuestro añoso Vaz Ferreira, florecimiento de las esporas a distancia que esparció el filósofo para bien de todos, incluso del hombre práctico y económico... que se cree alejado de toda filosofía porque la lleva incorporada.

Con el concepto de que educar no es impartir la rigidez de pensamientos ya hechos ni resucitar sueños muertos de otras generaciones sino ayudar a sacar afuera la fragua creadora de lo que se va creando adentro —ya lo decía la raíz latina "educere, emparentada con conducir y hasta con ducto—, no es casualidad que el Uruguay pueda.

Por todo lo cual este éxito del LATU no debemos mirarlo con el recelo displicente que nos estuvo enfermando el carácter en los últimos años sino como un ejemplo para admirar, reanudando el vínculo histórico con la vocación de grandeza y universalidad desde la cual quisimos, queremos y necesitamos vivir; e inscribiéndolo en un proceso histórico que debe recuperar su continuidad.

Y sí: en todo esto entra en juego una cuestión de actitud de vida. Por el valor ya apuntado de la voluntad y la perseverancia, y por las potencias que anidan en el pensar riguroso, ordenado, preciso, lo mismo en las ciencias duras que en el Derecho, lo mismo en la interpretación de los textos que en la adopción de resoluciones en la vida moral y material. En eso, a pesar de tener raíces robustas y semillas perennes, hemos andado muy desnorteados: reconozcámoslo colectivamente. Y, por favor, volvamos la mirada hacia quienes hacen muy bien las cosas, dejando de considerarlos ajenos, y procurando, en cambio, que los buenos resultados de grupos altamente calificados, como el LATU, sean sustentados por un pueblo capaz de gestar respuestas de base para problemas que tienen no sólo los hombres de ciencia.

Por estas razones, y por muchas otras que no caben en esta columna, debemos ver en este emprendimiento del LATU no sólo un salto hacia afuera para prestigiar y vender en el exterior los productos de nuestra inteligencia.

Además, debemos sentir el impulso para encarar un salto hacia adentro y hacia arriba, que nos coloque como país entero —sin que nadie quede marginado— a organizar, por encima de lo partidario, los contextos culturales con los cuales hemos de salir adelante, si acá, entre fronteras, aprendemos cuánto vale pensar y cuánto grande tenemos para darle al mundo desde un Uruguay reencontrado.

Da la intensidad que requiere el estado actual de nuestra cultura.

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