Juan de Afuera. "Aparicio es uno de esos hombres de los cuales se podría decir que no hay modo de pescarlos en un renuncio; siempre se escapan por la tangente... Es más fácil subirse a un palo enjabonado que llegar al pensamiento exacto del General. Cuando se ve muy apretado, recurre a la muletilla de costumbre.
—Los doctores son los que deben resolver esos asuntos. Yo me llamo Juan de Afuera.
De este modo conserva su prestigio sin caer en un solo renuncio, sin incurrir en una sola contradicción...".
(Alfredo Castellanos, "Saravia el Caudillo y su tiempo")
Espérenme... En aquellos movimientos de 1896, las fuerzas de Aparicio se vieron necesitadas de separarse como única salida al estar entre dos fuegos de los gubernistas. Un grupo siguió a Aparicio, otro a Chiquito. Y de estos grupos se iban desprendiendo integrantes que rumbeaban para sus pagos.
Enrique Mena Segarra, en su libro sobre Aparicio Saravia, cuenta una incidencia de aquellos momentos: "Pese a tanto contratiempo, Aparicio sigue entero. Uno de los hombres viene a despedirse.
—Yo me voy General, con su permiso.
—¿Por qué?
—Porque esto está terminado.
—No. usted no se va por eso. Está bien, puede irse. ¡Pero no vaya diciendo por ahí que esto está terminado porque la revolución recién empieza!"
"Y al licenciar a otros, les recomienda:
—Ganen los montes y espérenme. No tardaré en volver".
En Caraguatá. Corría 1954 y las elecciones estaban próximas. Luis Alberto de Herrera, como era su inveterada costumbre, recorría el país. En Caraguatá dejó correr su verbo junto al sentimiento del corazón: "... Yo estoy aquí por placer y por deber también, porque me enlazaron con el lazo del cariño los grandes compañeros Gamio y Palomeque... Y cierro estas deshilvanadas palabras, recordando también que un día, también oscuro para el derecho popular, cruzaba yo por esta zona, iba en auto y en eso, al galope frenó un caballo, junto al auto, un criollito macanudo, de unos 25 años, bien montado, con poncho de verano. Repleto de ideales bien vividos. Frenó el caballo, con el chambergo a la nuca y nos gritó: Dr. Herrera, ¡qué lindo es ser blanco!".
La Honestidad. Andaba por Melo el Comandante Palacios, una figura muy conocida en su tiempo, famoso por sus cuentos e historias. Resulta que estaba tomando mate con unos amigos en la curva del ferrocarril al entrar a la capital de Cerro Largo, esperando el arribo del "Aguila Blanca", otro tren que sucedió al "Tren Relámpago". Apenas apareció, empezaron los vivas al Partido y el Comandante Palacios, con la pasión partidaria a flor de piel, gritó:
—Viva el Partido de los honestos, de los honrados".
Cuando se dio vuelta para otro amargo, exclamó:
—¿Quién me robó el mate y el termo?
(Recordada por Juan Carlos Furest).