Centrar la atención

La aprobación del reglamento sobre el sistema de autorizaciones para la comercialización de productos que contengan derivados de organismos genéticamente modificados (OGM), generó una inmediata reacción norteamericana como era de esperar. El enfrentamiento entre los bloques a favor y en contra de los alimentos producidos con trangénicos, ha polarizado la disputa, exhibiendo a Estados Unidos y la Unión Europea como los respectivos líderes.

En el tema sobresalen algunos aspectos. El primero, centra su atención en los posibles efectos negativos de los transgénicos sobre la salud de la gente y la diversidad biológica (ecosistemas, especies y genes). Como la liberación de organismos hasta ahora inexistentes en la naturaleza es un acontecimiento irreversible una vez realizado, se reclama una moratoria hasta que la ciencia demuestre la inexistencia de peligros. El principio precautorio parece lógico y adecuado, pero choca con los grandes intereses económicos en danza, tanto aquellos emergentes de las multimillonarias inversiones en el desarrollo biotecnológico, realizadas por algunas megacorporaciones, como por los sectores jugados a la producción y comercialización de productos transgénicos, en sustitución de los tradicionales.

El consumidor europeo es muy estricto en cuanto a lo que lleva a su mesa y también ha demostrado ubicarse en la vanguardia protectora del ambiente. Por cierto, también existe un interés económico de defender la producción tradicional excluyendo en este caso a los trangénicos. Sus productos pueden ingresar a todos los mercados pero los derivados de los OGM no a los suyos. El segundo aspecto que nos interesa comentar es el relativo al derecho de los consumidores a saber lo que están ingiriendo. La justicia y el derecho que fortalecen esta idea parecen no necesitar explicación alguna. Sin embargo, no es así. Parte medular del reclamo norteamericano contra el reglamento aprobado por el Parlamento Europeo en Estrasburgo, se centra en que la obligación de incluir en forma clara y visible la presencia de transgénicos en las etiquetas de los productos, estimulará su discriminación y resultará además, una medida onerosa para las empresas norteamericanas.

El frágil argumento que se viene manejando desde hace tiempo, es que existe una mala predisposición del público a consumir alimentos elaborados con productos transgénicos. Pues si el problema es de imagen, sus promotores simplemente tienen que mejorarla: convencer al público que sus productos son mejores que los convencionales. Pero, lo que resulta inadmisible es la subestimación del consumidor, planteando que es mejor ocultarle información a ponerle todas las cartas sobre la mesa. No podemos entender cómo alguien puede defender una postura tan arbitraria. Por lo tanto, nos resulta inaceptable que se las intente catalogar como barreras no arancelarias en un intento vano de justificación. Sí comprendemos los temores generados por estas exigencias, en especial en tiempos en que la sociedad se preocupa más por su salud y bienestar, exigiendo productos más sanos y naturales. Así lo prueba el enorme crecimiento de la agricultura orgánica en todo el mundo. Ante la firme postura europea, el otro bloque teme que muchos países se alineen con ella. Tampoco nos parece correcto que se pretenda fortalecer una postura invocando el hambre existente en varias regiones del mundo. Si está en discusión la salud de los consumidores, ¿cómo puede pensarse en venderle esos alimentos a los pueblos famélicos? La ciencia tiene mucho que decir aún. Pero en definitiva será la gente la que tome la decisión final.

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