Oswaldo Payá, el "Adolfo Suárez cubano"

| "Toda mi vida y mi esfuerzo lo estoy entregando para que el cambio se dé. Si en algo puedo servir, lo haré. Si soy el hombre, ahí estaré"

El "Suárez cubano" es un ingeniero de telecomunicaciones que cobra 13 euros al mes reparando equipos médicos. Se mueve en bicicleta por La Habana, porque la camioneta del ’64 que le regaló una monja estaba inservible y no arrancaba. Con el tiempo fue consiguiendo las piezas que faltaban y arreglando las averiadas, hasta que por fin pudo encender el motor. Entonces, el gobierno cubano decidió quitarle las matrículas para impedir que circulara con ella. Esa es la verdadera explicación de que, a sus 51 años, siga andando en bicicleta. Sólo cuando el equipo médico que debe reparar se encuentra en un hospital lejano, el Gobierno le pone un coche, se lo carga de gasolina y detrás le manda otro vehículo con agentes de seguridad que le siguen y vigilan sus movimientos. Porque Oswaldo Payá es un hombre muy peligroso para el régimen de la isla.

El es el promotor del Proyecto Varela, iniciativa pacífica que hace un año recogió más de 11.000 firmas para pedir un referéndum en el que los ciudadanos votasen si querían que 44 años de dictadura se aflojaran un poco. Juntó las firmas necesarias, según establece la Constitución, pero no ha habido referéndum. Fidel Castro sacó a sus chicos a la calle y le trajeron 8,1 millones de firmas para decir que la constitución era intocable. Primera vez en cuatro décadas que el de las barbas se defendía de una oposición interna sin recurrir a la mano dura.

Oswaldo Payá siempre ha sido opositor en Cuba. No hay en su biografía ni un segundo de participación o militancia en el castrismo. Por eso ha estado siempre relegado, vigilado, amenazado y visto como un tipo peligroso para la revolución. Sólo ha salido dos veces de su país en casi medio siglo de tiranía. La primera para estar junto a su hijo, enfermo de gravedad en Miami. La segunda, hace unos meses, para recoger un premio de la Unión Europea en Estrasburgo. El viaje se alargó varias semanas más de lo previsto porque le invitaron a varios países para darle ánimos y apoyo antes de volver a La Habana.

En Praga le recibió Vaclav Havel, en España Aznar, en Estados Unidos Powell y en Roma el Papa, en audiencia pública. Ningún cubano voló tan alto ni fue tan distinguido con Castro en el poder.

El Proyecto Varela, la recogida de firmas, el tesón de seguir en la isla siendo opositor y la audacia de su plan pacífico de empezar a cambiar sin esperar a la muerte de Castro abrieron puertas anunciadoras de nuevos aires en la dictadura más vieja del planeta. La ministra Palacio, el lunes pasado, fue más lejos y dijo que "en cuestión de tiempo" Cuba sería un país democrático "en pie de igualdad con su entorno iberoamericano y occidental". La ministra remató con una revolera para navegantes iniciados con lo de "el Suárez cubano ya está en la isla". Así, sin nombres. Quizá porque no hacía falta, porque en Cuba, en Miami y en Madrid, sagrados mentideros de las intrigas contra el comandante, ya se rumiaba quién era el hombre.

"Es él, es él, no hay otro", dijo el jueves desde Miami Joe García, director ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana. "Durante mucho tiempo no hubo en Cuba la más mínima luz. Toda esperanza aguardaba en el exilio. Ahora ya no. Oswaldo Payá ha cambiado eso. Hoy, dentro y fuera de la isla, la esperanza apunta hacia él, aunque yo mismo discrepe en algunos puntos con su proyecto. Sin duda, hemos encontrado una figura".

Carlos Alberto Montaner escuchó en persona las palabras de la ministra: "Pensé en Payá, por supuesto, en el segundo siguiente. El tiene el instinto político, la tenacidad y el talento para asumir el poder. Además, tiene hasta la edad justa para asumir lo que venga".

A un océano de distancia, gracias a un teléfono de La Habana prestado por su tía, el ingeniero Payá empezó por restarse méritos: "No creo que debamos personalizar tanto. La transición depende de la voluntad de todos los cubanos. No me parece que mi papel sea determinante". Tras la humildad de cortesía, la asunción del reto como designio inevitable: "No eludo la responsabilidad. He elegido esta opción y este compromiso total desde mi fe. Hasta mi familia está metida en ello y pagan un alto precio cada día. Toda mi vida y mi esfuerzo lo estoy entregando para que el cambio se dé. Si en algo puedo servir, lo haré hasta las últimas consecuencias. Si soy el hombre, ahí estaré".

Oswaldo Payá no espera a que muera Castro para atar su estatua con sogas y derribarla entre el jaleo triunfal del pueblo liberado. Prefiere, desde ya, ir tirando chinitas por duro que parezca el bronce que blinda el régimen y a pesar de la purga que hace un par de meses ajustició al amanecer a tres disidentes que quisieron huir y metió en la cárcel a otros 75 con penas arbitrarias de larga duración. El Proyecto Varela, y sus 11.020 firmas, fue una chinita que acertó en el ojo del Polifemo dictador. "Ya llegó la Primavera de Cuba. Fue en mayo pasado. Desde entonces Cuba ya no es la misma. Cada vez que una persona ponía su firma en ese papel, ¿saben cuántas barreras rompía, cuántos miedos vencía? Los primeros que firmaron fueron unos valientes. Quienes lo hicieron después, más valientes todavía. Y todavía hoy la gente, aquí en Cuba, quiere seguir firmando, a pesar del entorno de rasgos fascistas que nos rodea, con la represión a flor de piel en la calle y las amenazas diarias. Ahí está la valentía del pueblo cubano. Esa Primavera ya ha calado". Payá habla con mesura, en tono horizontal, del perdón, de la transición pacífica y piensa que el tiranicidio sería un crimen. No cree a Castro un Dios, pero tampoco un diablo. "Sólo sé que no tiene papel en la transición, salvo uno: que decida permitirla y que abandone el poder, pero no parece estar por la labor".

Hay una pregunta envenenada que planea sobre él: después de tantos años en la oposición, y tras los últimos zarpazos del régimen, ¿por qué sigue libre? Según Joe García, "porque Payá está en otro nivel. Castro sabe que si le arresta, le dan el Nobel de la Paz. Y sería un suicidio para Castro tener a un Nobel entre rejas". Payá dice que no se siente respetado, cuando sus compañeros están en prisión. "Además, es un hecho que ahora no estoy encarcelado, pero quién sabe mañana".

© "El País" de Madrid

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