Bush y Bin Laden en Serendip

| Nunca la paz, ansiada por Israel, ha estado tan cerca, ni nunca la posibilidad de crear un Estado palestino ha tenido tantos buenos augurios y padrinos

Serendipitoso es un adjetivo que está a punto de entrar en el diccionario. George W. Bush lanzó sus tropas en busca de armas de destrucción masiva que supuestamente almacenaba Saddam Hussein. No las halló, pero es posible que acabe encontrando la pacificación de Palestina. Tampoco podía imaginar que esa inesperada consecuencia lo inscribía en la mejor tradición literaria islámica. En el reino de Serendip, según un cuento persa del siglo XVIII, las decisiones de los príncipes solían tener unos felices pero insospechados resultados. De ahí viene la palabra.

¿Cómo se produjo la carambola? La presencia masiva del ejército norteamericano en la región, tras la derrota fulminante de los talibanes afganos, seguida de la pulverización casi instantánea de las fuerzas iraquíes, aportó a los mensajes de la Casa Blanca una capacidad persuasiva desconocida desde los tiempos de Teddy Roosevelt. A partir de ese momento, cuando el señor Colin Powell les dijo a Siria, Irán y Arabia Saudita que jugaban con fuego por su apoyo a los terroristas de Hamas y de Yihad Islámica, los gobernantes de esos tres Estados islámicos se tomaron muy en serio la advertencia y sufrieron pesadillas de estatuas derribadas y bombas dotadas con un altísimo cociente de inteligencia.

Era evidente que Estados Unidos, tras el 11 de setiembre de 2001, se había vuelto una nación dispuesta a defender su seguridad y sus intereses geopolíticos con todo el peso de su condición de única superpotencia del planeta. Y también resultaba obvio que, dentro de ese esquema de razonamiento, la Casa Blanca entendía que la paz y el sosiego en esa zona del mundo exigían la coexistencia pacífica entre Israel y un Estado Palestino resignado a convivir honorablemente con su vecino. Pero para que ese milagro fuera posible, primero los terroristas tenían que desaparecer, mientras Jerusalén, por su parte, debía controlar a sus propios extremistas, especialmente a los que erigían irritantes asentamientos en territorios árabes.

En realidad, nunca la paz, fervientemente ansiada por Israel, ha estado tan cerca, ni nunca la posibilidad de crear un Estado palestino ha tenido tantos buenos augurios y probables padrinos. Pero para llegar a ese punto ha sido necesaria una enérgica combinación entre el recurso de la fuerza por parte judía, con su doloroso ojo por ojo y diente por diente, y las amenazas clarísimas de Estados Unidos a las naciones que auspiciaban el terrorismo. De donde se deduce lo acertado del refrán que aconseja rogar a Dios sin jamás abandonar el correspondiente mazo.

¿Había otra forma de lograr la paz? Los enemigos de Israel, o las personas patológicamente ingenuas, en medio de la Intifada y de los sanguinarios atentados suicidas pedían el abandono sin condiciones de los territorios ocupados y de los asentamientos ilegales. Afortunadamente, esos insensatos no prevalecieron. La experiencia demostraba que esas concesiones, a destiempo, hubieran sido percibidas como una muestra de debilidad que invitaba a los radicales árabes a multiplicar sus ataques hasta, como juraban, "echar al mar a los judíos. En cualquier guerra, la paz sólo llega cuando uno de los dos bandos es derrotado o admite que le resulta imposible ganar la contienda". En Palestina ha sucedido esto último, pero para que ello ocurriese fue necesario secarle previamente sus fuentes de abastecimiento a las organizaciones terroristas.

La paz en la región y la creación de un Estado palestino responsable y pacífico —así lo quieran Yahvé y Alá— llegan en un momento crucial para la nación judía. La izquierda toma partido contra Israel cada vez con mayor agresividad. En todas partes se observa un aumento alarmante del antisemitismo. Es sorprendente (y repugnante) que en las manifestaciones contra la globalización, contra el FMI o contra la reducción de la capa de ozono, jamás faltan los ataques al "sionismo" y la descalificación total de Israel, como si el conflicto palestino fuera otra expresión de la lucha entre países ricos y pobres.

Olvidan estos ideólogos de la izquierda que ese Estado, en ese rincón del mundo, es el único en el que los árabes votan democráticamente. Eligen y son elegidos. La única sociedad en toda la geografía del Islam en que las mujeres gozan de los mismos derechos que los hombres. La única en que los trabajadores humildes de esa etnia tienen posibilidades reales de educarse, ascender, y alcanzar un modo de vida que sus vecinos de Egipto o Jordania no pueden siquiera imaginar.

Ojalá, por el bienestar de los árabes más pobres, que el Estado palestino que comienza a echar raíces se comporte como Israel y no como Siria, Sudán o Túnez. Si eso ocurre, si allí brota otra democracia respetuosa, tolerante y próspera, el señor Bin Laden, donde quiera que esté, podrá preguntarse si sus monstruosos actos de terrorismo, encaminados a aislar y destruir la nación judía, terminaron, paradójicamente, por consolidarla, y sirvieron para fomentar la paz entre las dos etnias tradicionalmente enemigas. Sería otro episodio francamente serendipitoso.

© Firmas Press

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