La extensa e intensa carrera de Katharine Hepburn, que falleció a los 96 años, ofrece un muestrario de los altibajos que ocurren cuando el talento personal se enfrenta a las complicadas necesidades del cine y del teatro. Eso comenzó cuando ella tenía 20 años y aspiraba a ingresar al exigente Broadway. Según las biografías, sus frases solían desdeñar a compañeros mediocres, con lo que muchos de ellos la desecharon por arrogante y conflictiva. En 1928 fue despedida del elenco de The Big Pond y eso se repitió con Death Takes a Holiday en 1929 y con The Animal Kingdom en enero de 1932. Pero ese mismo año brilló con The Warrior’s Husband, donde recibió imprevistos y enormes elogios de la crítica.
Ese triunfo la llevó a Hollywood, como hija de John Barrymore en A Bill of Divorcement. Fue el comienzo de un contrato de siete años con RKO y de una reiterada colaboración con el director George Cukor. En el mundo del cine se repitió el conflicto, porque la actriz asumía un papel de gran diva y se empeñaba en desafiar las convenciones del medio en vestimenta, reuniones y opiniones. Había provocado de hecho dos bandos, pro-Hepburn y anti-Hepburn. Pero en Morning Glory (Gloria de un día), que fue su tercera película, lució con un papel que parecía biográfico, como una actriz juvenil que convence a los empresarios en una primera visita, cuando ligeramente ebria se lanza a un monólogo de Romeo y Julieta. De ella se dijo entonces que iluminaba la escena "como un enorme relámpago en una noche oscura". Su carrera en el cine parecía segura.
Pero cuatro películas consecutivas fueron fracasos comerciales, justificando que su nombre quedara colocado entre los exhibidores como "veneno de boletería" (en 1938) y que ella arreglara con RKO la cancelación del contrato. Resurgió de esa caída cuando el comediógrafo Philip Barry le escribió Philadelphia Story, con un personaje que parecía ser ella misma. Al éxito en Broadway (1939, junto a Van Heflin y Joseph Cotten) se agregó el del cine (Pecadora equivocada, 1940), con James Stewart y Cary Grant. Merecía su segundo Oscar, pero esa vez se lo llevó Ginger Rogers.
En 1941 la Metro le presentó a Spencer Tracy, con quien debía hacer Woman of the Year. Un diálogo inicial fue recogido por la prensa:
—Me temo, Mr. Tracy, que soy demasiado alta para usted.
—No se preocupe, Miss Hepburn. Yo la cortaré a mi medida.
Ese fue el comienzo de un acuerdo Tracy-Hepburn que se prolongó a ocho películas y a 27 años de vida en común, lo que para Hollywood resultaba excepcional. En 1951 la actriz se apartó de la Metro, iniciando actuaciones de mayor relieve en Reina africana (Huston), Locura de verano (David Lean), De repente en el verano (Mankiewicz), Largo viaje del día hacia la noche (Lumet sobre O’Neill), Adivina quien viene a cenar (Kramer) y León en invierno (Anthony Harvey), en los dos últimos casos para su tercer y cuarto Oscar. Era una formidable actriz dramática.
En 1968, tras el fallecimiento de Tracy, ya tenía 35 películas, tres Oscar y una consagración mundial. Podía haberse retirado con honores, como lo había hecho antes Greta Garbo y como no lo supo hacer Bette Davis. Pero quiso seguir. En teatro actuó y cantó (1969) en un retrato de la modista francesa Coco Chanel, que aun vivía. En libro publicó una experiencia personal, con el subtítulo Como fui a Africa con Bogart, Bacall y Huston y casi me vuelvo loca (1987), a lo cual agregó en 1993 su autobiografía, que tituló All About Me. También resolvió que en cine debería reunirse con algunos primeros actores, empeño que concretó con Laurence Olivier (en Love Among the Ruins, para TV), John Wayne (en el western Rooster Cogburn) y Henry Fonda (On Golden Pond). En este último título tuvo la ayuda de Jane Fonda, que compró los derechos de la obra teatral, lo que significó para su padre el único Oscar de su carrera y para Katharine el cuarto. Finalmente la actriz accedió a hacer, en la tercera versión de Love Affair (1994), el pequeño papel de tía anciana, temblorosa y filosófica que antes hicieran Maria Ouspenskaya y Cathleen Nesbitt. Fue su última actuación, a los 87 años, culminando una carrera donde el talento interpretativo y una tremenda vitalidad superaron las barreras del oficio y la convirtieron, para mucho público, en la mejor actriz del cine.