La muñequita y el ejecutivo

Los espectadores jóvenes no tienen idea de lo que fue el cine dirigido por Douglas Sirk en los años 50: folletines románticos cuyo título lo decía todo (Sublime obsesión, Lo que el cielo nos da) bañados en rabiosos colores, con pareja central que atravesaba problemas pero se abrazaba al final envuelta en violinísticos chaparrones musicales. Ahora el realizador y libretista Todd Haynes echa una pérfida ojeada a ese cine del pasado e imita su estilo con prolijidad facsimilar. La protagonista Julianne Moore es una impecable muñeca a cargo de un hogar de apariencia ejemplar, donde los hijos obedecen su severa disciplina y el marido Dennis Quaid prospera como ejecutivo de una gran empresa: el Sueño Americano de la era Eisenhower, esmaltado por una fotografía tan luminosa como en las postales del Hollywood de hace medio siglo.

Sobre ese paraíso cae el rayo. Por casualidad, Julianne descubre que Dennis es homosexual y eso provoca un terremoto en el idílico paisaje de suburbio donde se suponía que todo —desde el césped hasta los hábitos sexuales— debía ser perfecto. Lo peor sin embargo es que Julianne encontrará refugio sentimental en su jardinero negro Dennis Haysbert, un viudo de gallarda conducta cuya presencia puede provocar otro escándalo entre las amigas de la mujer, damas enroladas en un racismo y una homofobia que en 1958 gozaban de amplia popularidad.

Lo ingenioso del caso es que Todd Haynes destroza la radiante fachada de su historia incrustándole los entretelones que el cine de Douglas Sirk no podía ni siquiera insinuar, condicionado como estaba por el puritanismo, la férrea censura y un macarthysmo galopante. Lo sabroso, además, es cómo el realizador va descubriendo el reverso de aquellos cremosos simulacros, mostrando al espectador —sobre todo al que dispone de viejos puntos de referencia— cómo ciertas realidades ocultas o prohibidas van filtrándose hasta que el cuadro ideal se hace pedazos, como si el cine más desinfectado de la época hubiera sido invadido por alguien malvado como Luis Buñuel.

Haynes trabaja con mano enguantada y con suficiente habilidad para que no se evapore ese mundo de ayer ilustrado con maniático esmero: al respecto hay que ver la policromía que aplica el fotógrafo Edward Lachman, hay que observar el vestuario arqueológico diseñado por Sandy Powell y hay que escuchar las melodías que agrega el músico Elmer Bernstein. En ese cuerpo Haynes inocula el suero de la verdad, que circula por el tejido de la simulación y las conveniencias sociales hasta iluminarlo por dentro. Además de todo ello, el director obtiene muy buena respuesta de su elenco: Julianne Moore prodiga las educadas sonrisas y la cordialidad sin mella que corresponden a esa señora burguesa de heroica compostura y Dennis Quaid —al que Haynes registra casi siempre en sombras, aludiendo a su clandestinaje— aporta su propio oficio para resbalar hacia el alcohol y los amores que no se atreven a decir su nombre.

El resultado es una película de doble fondo que podrán paladear en plenitud los testigos sobrevivientes de aquel cine de postguerra donde Jane Wyman sucumbía ante la galanura de Rock Hudson. Mientras convoca a los fantasmas de ese pasado, Haynes respeta al detalle los antiguos rasgos de estilo, como la imagen final en que la cámara sube lentamente (junto a las emociones de la protagonista) hacia las ramas de un cerezo en flor.

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CRITICA I JORGE ABBONDANZA

LEJOS DEL PARAISO

Far from Heaven

Director y libretista. Todd Haynes.

Fotografía. Edward Lachman.

Música. Elmer Bernstein.

Escenografía. Mark Friedberg.

Elenco. Julianne Moore, Dennis Quaid, Dennis Haysbert, Patricia Clarkson, Viola Davis, James Rebhorn, Bette Henritze.

l Estados Unidos 2002.

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