Un santo en Hollywood

| Antonio Larreta

La muerte de Gregory Peck ha desencadenado la nostalgia de varias generaciones de público femenino y una unánime reverencia de la prensa. Parece haber sido esa rareza: un hombre intachable, y aún algo más excepcional, un actor intachable, y aún lo que suena casi contradictorio: una estrella intachable. Sin divismos, sin conflictos, sin vida privada tempestuosa. Un señor. Y hasta el final conservó esa estampa viril y al mismo tiempo vulnerable, ese encanto natural que explica los suspiros de nostalgia de lo que queda de debilidad en el sexo que los varones imaginamos y decretamos débil, por los siglos de los siglos...sin amén.

No tuvo rival para alcanzar ese pedestal. Los que pudieron aspirar a él a lo largo de décadas de cine, siempre tuvieron por lo menos una mancha en su prontuario, que los inhabilitaba: Gary Cooper, que sin duda lo superaba en encanto porque le añadía el condimento del humor, cargaba con un pasado juvenil demasiado orgiástico. Todas aquellas aventuras con las mujeres más transgresoras del Hollywood de 1930: Clara Bow, Marlene Dietrich, Lupe Vélez, Joan Crawford, ¡la condesa di Frasso!. Todo aquel prestigio de fantástico amante, si que veleidoso y promiscuo hasta extremos latinos. Censurado. Luego John Wayne, tan heroico, tan honrado, tan popular, jamás un smoking, jamás una corbata, jamás una boquilla, jamás un Cadillac. Un rey, lo proclamaron. Pero era demasiado reaccionario y ni siquiera lo disimulaba. Su nombre encabezaba todas las proclamas indebidas. Un desastre. Si hubiera vivido bastante, estaría en la Casa Blanca alentando a Bush. Censurado, Y no digamos Charlton Heston, el más estatuario de todos, el más titánico, Moisés, Marco Antonio, Miguel Angel, el Cid, Ben Hur. Se envició, si no con el cincel, con los armamentos que involucraba la utilería de sus megafilms. Y fue el presidente de la National Rifle Association. Censurado.

Antes eran más precavidos para dar los Oscar: Peck tuvo que esperar veinte años para recibir el suyo, por Matar un ruiseñor. Hasta entonces había tenido una carrera lujosa, dividida entre adaptaciones de best-sellers (Las llaves del reino, El valle de la abnegación) y de novelas clásicas (El jugador de Dostoievski, Las nieves del Kilimanjaro de Hemingway, Moby Dick de Melville) y personajes históricos, desde el bíblico David hasta el Scott Fitzgerald de los años locos. Y había protagonizado Duelo al sol, la película con que Selznick quiso emular su propia Lo que el viento se llevó para mayor gloria de su mujer Jennifer Jones y con un resultado muy cercano al fracaso. Tal vez porque nadie creyó a Peck haciendo de ranchero lujurioso. El actor, al fin de cuentas, sólo obtenía sus grandes éxitos personales cuando se interpretaba a sí mismo, poniendo en juego su rostro honrado, su reciedumbre natural, su elegancia casual de norteamericano de clase media alta, y también esa vulnerabilidad emotiva que enamoraba a sus fans y que Alfred Hitchcock había explotado temprana y astutamente en la célebre Cuéntame tu vida, enfrentándola a la salud a prueba de bombas de la psicoanalista que hacía Ingrid Bergman. Esa película fijó una imagen que fue luego la de La luz es para todos, El hombre del traje gris y la misma Matar un ruiseñor. Y con un matiz más liviano, menos severamente íntegro, como pareja de Audrey Hepburn en La princesa que quería vivir o de Sophia Loren en Arabesque. Más tarde se permitió otra transgresión: nada menos que el doctor Mengele en Los niños de Brasil. Pero sus fans están dispuestos a olvidar esas piruetas y guardar para siempre el recuerdo del viril, valiente y sobrio defensor de las buenas causas y las buenas costumbres: San Gregory Peck.

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