PAYSANDU | SANDRA KANOVICH
Tanto nervio y demasiada expectativa, debían ser exteriorizados. Por eso y durante más de tres horas, los sanduceros no pararon de expresarlos con el aplauso, los gritos y los cantos, que acompañaron segundo a segundo la lucha que los jugadores dieron en la cancha. Desde mucho antes de la hora señalada para el partido y justo hasta el final de renovado festejo, otra vez, más de siete mil voces se alzaron en una para alentar a la "blanca" y demostrar que el sentido de pertenencia existe y se siente.
Poco pudo hacer el hincha violeta que no paraba de caminar y de fumar, mientras intentaba que los cánticos de aliento a su cuadro, que emergían del rincón sureste de las tribunas, silenciaran la mayoría local. Y más que desilusionada debe haber quedado la señora, que desde ese mismo lugar procuraba concentrar, dirigir, cortar o enviar quién sabe qué energía o efluvio, con sus manos en alto, los ojos cerrados y balbuceos que nadie alcanzaba a escuchar. La realidad pareció despertarla en el último cuarto, cuando desistió en su esfuerzo y sólo le quedó aplaudir la salida de su equipo.
Pero como ya es hábito, la fiesta había comenzado mucho antes en el "8 de Junio". Porristas, bailarines y gimnastas hicieron lo suyo, mientras el público nervioso se apuraba a ocupar sus lugares, desplegar las banderas y poner en alto los globos blancos.
Un gran cartel se abrió en el centro de la cancha y el "gracias Paysandú" pintado en él, agradeció su incondicional apoyo y lo llamó "el sexto jugador". El primero de otros muchos grandes estallidos, fue la respuesta.
La espera de más de 20 minutos que consumió colocar uno de los aros en la inclinación adecuada pareció alimentar la expectativa. Una voz amplificada preguntaba "¿quieren empezar el partido?". El fervor comenzó su ascenso y alcanzó su máximo nivel cuando la música y las luces acompañaron la presentación olímpica de los ídolos.
Después, al fin, el deporte hizo lo suyo. Estridentes silbatinas a coro surgían cada vez que la pelota tocaba manos violetas y el tradicional "dale dale blanca, dale con fervor..." seguían el pique hasta el aro contrario y estallaban con cada tanto, que desde el comienzo del segundo tiempo comenzaron a insinuar la diferencia a favor del local.
Los sanduceros sólo pudieron "aflojarse" en los últimos minutos, cuando la diferencia era ya irreversible. Casi sumisos acataron la orden de no correr inmediatamente a la cancha a festejar y poco más que tranquilos comenzaron a abandonar la cancha. Los más pequeños procuraban entender: ¿cómo que todavía falta? Intentando ocultar la impaciencia algunos padres respondían: "Si seguimos así, sólo nos queda mañana". La copa puede quedar hoy en casa y entonces hacer realidad la reiterada frase: "Paysandú, capital nacional del básquetbol".