Un cura de aldea —al que cualquier tema le servía para rematar la homilía con un pechazo— dijo en cierta oportunidad: "Hoy, pues, amados feligreses, es jornada de reflexión. Debemos reflexionar sobre nuestros actos: debemos reflexionar sobre los actos de nuestros hermanos... Reflexionar... siempre reflexionar. Y a propósito de reflexionar: en las puertas de la iglesia hay varias alcancías; reflexionen ustedes sobre en cuál de ellas van a depositar un pesito".
Juntar, de a pesito, una cantidad más o menos estimable para tapar goteras o borrar humedades del templo, es tarea de hormigas... y también de gigantes. Acerca de este descomunal esfuerzo, quien sí reflexionó —y profundamente— fue el padre Roosevelt de Sá Medeiros, un mensajero del Señor en la Tierra, que se instaló con una curiosa mensajería en la que optó por métodos más expeditivos que aquéllos, a fin de desarrollar su sagrada misión creándole facilidades de financiamiento que la impulsaran poderosamente. El tráfico de drogas parecía la mejor fórmula para culminar ese propósito, y a través de un santo rosario de beneméritos contactos formalizó un pingüe negocio que le permitió comprar una isla en Bonito, famosa localidad turística integrada a la lujuria paisajística de Brasil. Allí instaló Roosevelt —que no tiene parentesco alguno con Franklin Delano— una capillita en la que oficiaba misas para los visitantes bajo el slogan de "Llega un turista: dólares a la vista".
El espíritu progresista del clérigo encontró en ese lugar de Mato Grosso do Sul, un escenario ideal para desplegar la fantasía. Situada en la frontera con Paraguay y Bolivia, la isla tiene 20.600 metros cuadrados, embellecidos por una frondosa vegetación, piscinas naturales y cascadas, y un corte espectacular del Río Formoso. Estimulada por los rendimientos de la colocación de los sobrecitos prohibidos, la imaginación del padre Roosevelt volaba hacia la incorporación de nuevos deleites visuales... hasta que el Papa tomó cartas en el asunto y le sacó la roja al avivado fraile, lo que equivale a decir que lo excomulgó.
Había que pensar en los pasos futuros. No era cuestión de quedarse como Robinson Crusoe, solito en la isla, esperando a ver quién viene: y como es hombre de decisiones pragmáticas (por más que haya pasado buena parte de su vida aconsejando las espirituales) resolvió poner su propiedad en venta. Tomó la calculadora de su cristiana conciencia, sacó unos numeritos, y fijó un precio piadoso al alcance de cualquier mortal: 2 millones de dólares.
Dicen que alguien —buen amigo— le observó la enormidad de la oferta vendedora, y le invitó a recapacitar alrededor de ese monto acalambrante. Roosevelt le prometió rever su posición en breve lapso: a los dos días lo llamó y le dijo:
—De rebaja, ni hablemos. Ni un dólar. Puedo, sí, incluir en el precio un ejemplar de la Biblia, en rústica, pero... autografiado.