¿Se obró bien o mal?

A esta altura, del terremoto bancario que estremeció al país el año pasado parecería ser que lo que más interesa es señalar autores y culpables de conductas irregulares y omisiones funcionales a niveles gubernamentales. En eso está, sobre todo, la comisión investigadora de dicho zafarrancho, cuyas actuaciones, prolongadas desde hace muchos meses, parecen cuento de nunca acabar.

Y en eso parecen estar, también, los medios de comunicación, que suelen sobredimensionar los resultados y trascendidos de la investigación.

No quito trascendencia a la ubicación y señalamiento de responsabilidades. Creo, según lo aprendí de Justino Aréchaga, que es nota esencial del sistema republicano de gobierno que sus autoridades sean electivas, renovables periódicamente y que deban rendir cuenta de sus actos. Si obraron mal, si se desviaron de los caminos legales, que asuman sus responsabilidades. Eso es lo correcto. Pero ello no puede hacer olvidar otros aspectos básicos de la cuestión. El desbarajuste vino de la Argentina. Y, trasmitido primero a entidades directa o indirectamente vinculadas a su sistema bancario, se generalizó luego por un fenómeno sicológico: el temor a que "el corralito" fuera trasladado a nuestras tierras.

Ahora bien. Ante la corrida a los Bancos, desencadenada en febrero del 2002, ¿el BCU, el Ministro de Economía y el Presidente Batlle, obraron con acierto o con desacierto? Se me dirá que eso ya no cuenta. Que los hechos, desastrosos, ya ocurrieron, y que es llorar sobre la leche derramada. Sin embargo, lo ocurrido fue demasiado grave como para omitir su juzgamiento. La historia no se escribe, para evitar que se repita, sobre la base de silenciar el análisis de los hechos de signo negativo.

Cierto es que no es posible retroceder en el tiempo. Es harto difícil, por ello, precisar qué hubiera ocurrido si el gobierno hubiera actuado de otra manera. Tiempo atrás me encontré con el Dr. Sanguinetti, en un homenaje a Don Jerónimo Zolesi. Salió este tema y me dijo que es fácil hablar después de haber visto la película. En el mes de abril, añadió, pareció que la corrida iba camino de terminar.

A lo cual cabría replicar que hubo, luego, rebrote de la corrida, que ante ello no se modificó el rumbo y que todo terminó en un gran desastre. Por lo pronto, hay varios hechos innegables. La génesis del descalabro fue argentina y se agravó por la inconducta de quienes quisieron salvar sus grupos económicos con el dinero de los depositantes en Bancos uruguayos. Además, el Banco Comercial tenía patrimonio negativo en febrero del 2002 y, ya entonces, debió entrar en liquidación. Por otra parte, normas elementales de técnica bancaria enseñan que debe seguir igual camino todo Banco que pierde el 20% de sus depósitos. El resultado del incumplimiento de dichas normas fue el retiro del 45% de los depósitos —en el conjunto del sistema bancario—, así como la pérdida de U$S 488 millones vertidos por el gobierno a las instituciones en vías de acelerada fundición, más el drenaje sin retorno del 80% de las reservas del Banco Central. "U séase", la "modesta" suma de 2.500 millones de dólares.

A todo lo cual siguió, tras el salvavidas que nos tiraron los Estados Unidos, un nuevo endeudamiento de 3.000 millones —de los verdes— con los organismos internacionales de crédito, y todo lo demás que, por archisabido, ahorro detallar. ¿A dónde fue todo ese dinero perdido y ahora debido por el país? En buena medida, a los depositantes protagonistas de la corrida, uruguayos —lo que no es malo— y extranjeros.

No abono la legalidad de lo actuado, a pesar de un visto bueno de escuálida e inconvincente fundamentación, por parte del Tribunal de Cuentas. Sí, descuento la buena fe con que se procedió. ¿Se calibraron mal las consecuencias? Así parece. ¿Cabe invocar el amparo de la ética de la responsabilidad, en la procura del mal menor para el país? Quizás. Pero el error parece haber sido grande, sin perjuicio de que el asunto es opinable.

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