Desde la cuarta edad

Antonio Larreta

Un colega veterano, que por cierto colaboró en estas páginas durante largos años, publica ahora una columna en un semanario y a propósito de la muerte de Juan Carlos Carrasco, que en los explosivos años cincuenta era considerado por muchos como el mejor de nuestros actores, deriva luego en hablar de otras desapariciones y otros olvidos. Finalmente dedica la segunda parte de su crónica, equitativamente, a China (Zorrilla, ¿quién si no?) y a mí. De los dos, en exacto paralelo, hace constar sus reservas sobre nuestros pasados actorales para desembocar en el juicio más encomiástico sobre nuestros últimos trabajos: El camino a La Meca en Buenos Aires y La prueba en Montevideo. Como muestra de ese generoso entusiasmo, a China le atribuye "la sabiduría de una composición inolvidable" y a mí algo semejante. Pero la crónica tiene una apostilla, que es la siguiente: "A estos dos disfrutables gerontes de la farándula vernácula, hay que apurarse a gozarlos ahora. Es el privilegio de tenerlos vivos. Porque después...ya se sabe lo que pasa".

Sí, querido lector, leyó bien. Extraordinario, ¿no? Ese privilegio, "ya se sabe", tiene un límite. A cierta altura no podemos gritar como Don Juan al Comendador, "¡Qué largo me lo fiáis!". Más bien bajamos la voz y susurramos algún lugar común sobre la maravilla de seguir vivos. No he hablado con China, pero me atrevo a asumir su representación. No nos gusta que nos llamen gerontes, que ni siquiera está en el DRAE, y que algún otro diccionario define escuetamente como "miembros del senado de Esparta, todos de edad avanzada", porque además la palabra se asocia más con las enfermedades de la vejez que con su goce, que también existe. Sin hacer alusión a otras emociones más privadas, ¿no es verdad, China, que sentís una alegría más profunda con las ovaciones de La Meca que la que sentías con las de Una farsa en el castillo? ¿no es verdad que hemos aprendido a amar, no sólo nuestro trabajo sino también al público?.

Todo esto al fin y al cabo viene de nuestros demasiado famosos ochenta años. De los malditos ochenta años. Y los llamo "malditos" si el haberlos cumplido y el no haber ocultado nunca nuestras edades —que sin duda era más una vanidad que una sinceridad— nos expone a que nos anuncien con tal desenfado la inminencia de la necrológica. Esos puntos suspensivos ¿acaso no los hemos tenido delante desde que nacimos? Yo, China, entendámonos, nueve meses después que tú. O sea que sos un poquito más vieja que yo. Porque reivindico el ser considerado viejo. ¿Tú no? Anciano suena a parte policial o a sociedad de beneficencia. "Tercera edad" es una mentira, porque nunca he oído hablar de la primera ni de la segunda ¡y mucho menos de la cuarta! "Grande", a la porteña, y ya contagiado por las susanas y las mirtas de este mundo a toda la banda oriental, me hace pensar en cirugías plásticas, siliconas y estrógenos. Lo de "edad avanzada", más propiamente "abalanzada", nos obliga a vislumbrar con el implacable cronista, hacia dónde avanzamos. Y para colmo está esa pésima costumbre, calcada de las revistas y los diarios norteamericanos (cuándo no, aunque reneguemos de Bush) de poner la edad al lado del nombre propio, como si los dos dígitos —otra cosa serían tres— dijeran más sobre la persona que la profesión o el barrio en que nació. Fijate, China, qué bien quedaría, en vez de China Zorrilla (81), China Zorrilla (actriz, Paso del Molino). En lugar de una imagen de deterioro, la de dos esplendores: hoy en el escenario, ayer en la quinta familiar.

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