Los entretelones de una minoría

critica | JORGE ABBONDANZA

ANTWONE FISHER

Director. Denzel Washington

Libreto. Antwone Fisher

Fotografía. Philippe Rousselot

Montaje. Conrad Buff IV

Diseño de producción. Nelson Coates

Música. Mychael Danna

Elenco. Derek Luke, Malcolm David Kelley,

Cory Hodges, Denzel Washington,

Joy Bryant, Salli Richardson.

l Estados Unidos 2002

En 1939, la Metro había lanzado una comedia llamada Mujeres, en cuyo abundante elenco no había un solo hombre. Seis décadas después, en esta nueva película no hay blancos: toda escena está poblada por negros, mientras un joven marinero relata sus desventuras al psicólogo de la Armada. El asunto provenía de un caso real y tiene a su favor algunos apuntes sobre una comunidad a la que históricamente le ha tocado la peor parte en la sociedad estadounidense. En el cine de Hollywood, estos dramas actuales con reparto afroamericano pueden considerarse la revancha tardía de una raza que durante décadas sólo asomó a la pantalla en papeles de esclavo, mucama, chofer o camarero de ferrocarril.

El protagonista es violento, a menudo provoca incidentes con ese comportamiento y no parece materia fácil como sujeto de una terapia, en la que inicialmente se niega por completo a hablar. El psicólogo deberá tener paciencia y esperar a que ese individuo hermético comience a abrirse por rendijas de la memoria donde podrá ingresar poco a poco. El recuerdo de un nacimiento en la prisión que habitaba su madre, la infancia en un asilo para niños abandonados y la adolescencia dificultada por otras penurias, parecen no sólo la desdicha personal del protagonista sino la suerte promedial de su colectividad, que en Estados Unidos integra —por ejemplo— la población carcelaria en proporción mucho mayor a la de su porcentaje en la masa total de ciudadanos.

Hay dos o tres momentos tratados con sensibilidad por el director debutante Denzel Washington, una estrella reconocida y premiada que aquí se anima a ubicarse detrás de la cámara aunque además defiende el papel del terapeuta. Esos buenos momentos tienen pocas palabras y una cuidadosa observación de impulsos e inhibiciones, lo cual revela el interés con que el realizador encaró algunos trechos de su historia y se internó en ciertos pesares que contiene. El resto del metraje, empero, se mueve en terrenos más rutinarios: los de un muchacho uniformado y rebelde que será apaciguado por congéneres más templados a través del afecto y la solidaridad. Allí el tratamiento que Denzel Washington confiere a su tema, es bastante más emotivo y convencional, con declinaciones hacia recursos almibarados que debieron controlarse con mayor severidad pero que Hollywood prefiere manejar con una calidez casi siempre redituable. Cuando el relato agrega un idilio para el protagonista y un dramita conyugal para el psicólogo, la cuota de sentimentalismo ya resulta temible, aunque la naturaleza del tema aconsejaba un final menos risueño y un camino más cercano a la difícil realidad que a las suavidades de una fábula.

A pesar de todo los actores están bien, mientras queda en el aire la sensación de que Denzel Washington quiso dar una imagen más alentadora que verosímil de su comunidad, sin considerar que ese enfoque traiciona el mismo espíritu testimonial que estaba en el fondo del tema y termina evaporando en el romanticismo hoollywoodense la utilidad de su divulgación.

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