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| Tristán Narvaja se expandió sin control, llega hasta Ejido y cada vez es mayor, con artículos muy baratos

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Es la feria más grande y pintoresca del Uruguay. Y hay un dato que llama la atención: es cada vez más grande, aunque no parece que el hecho haya causado un gran trastorno a la ciudad, que está acostumbrada a que Tristán Narvaja se atraviese en medio del barrio del Cordón.

Los puestos superan largamente los mil, pero la expansión ha sido espontánea y actualmente son incontables. La difícil situación económica provocó una gran inflación de la feria, una situación que es contemplada por la Intendencia, que ya no cobra por el sitio. Así sucede a lo largo de las calles La Paz, Cerro Largo y Paysandú, y también por las transversales, desde Minas hasta Fernández Crespo, donde hay puestos de cualquier cosa.

Una de las calles más pintorescas de la feria es 9 de Abril, que corre paralela a Miguelete, entre Gaboto y Fernández Crespo. Allí se suman los puestos de cambalaches sobre la propia calle, que combinan libros, revistas viejas, ropa de todo tipo, rayos de bicicleta y ventiladores que funcionan.

Las queja es algo inevitable para cualquier comerciante en estos tiempos, pero el movimiento de mercaderías es evidente. Un librero de la cuadra de Paysandú entre Tristán Narvaja y Fernández Crespo, puede hacer 1.500 pesos de caja, promedialmente, y es un rubro en el cual el margen de ganancia suele ser importante.

También es cierto que todo es poco, comparado con los viejos tiempos, en los que llegaban a la feria los anticuarios uruguayos y extranjeros, a pagar buenos precios por esas cosas únicas que todavía se pueden encontrar en la feria.

También están los propios feriantes que compran temprano en lugares menos concurridos y luego exponen esa mercadería en lugares centrales. Muchos libreros lo hacen.

CAMBALACHE. Hugo Barrios (51) tiene un puesto en toda la esquina de Cerro Largo y Gaboto, con un muestrario que va desde cajas de fósforos Luna, con los 80 fósforos de cera adentro, hasta un durmiente de vía de tren, que tiene a 900 pesos. Tampoco falta el pistolón antiguo ni las listas de votación blancas y coloradas para las elecciones del período 1951-1955.

Barrios está en la feria desde hace relativamente poco. Llegó en 1996 para vender su colección de artículos gauchescos y desde entonces comenzó a ampliar el negocio, con lo que compra en otras ferias y con lo que le da la gente de los carritos: "Ya me conocen y me ofrecen lo que requechan. A veces hay cosas muy buenas, que tira la gente de Pocitos", sostiene.

Un cliente interrumpe para preguntar si hay castañuelas (no hay) en tanto que otro pregunta por los fósforos y los compra. El puesto ocupa diez metros en el medio de la calle y también hay mercadería en la vereda. Dos mujeres se miran en el espejo de pie, en tanto que otro cliente se lleva un pequeño objeto metálico no identificado, por diez pesos.

Barrios trabaja solo y empieza a armar a las 6 de la mañana y está terminando a las 10 y media. A las dos empieza a desarmar, para irse entre las 4 y media y las 5.

El lugar tiene cientos, tal vez más de mil cosas distintas. Barrios calcula que hará unos mil pesos por domingo, pero paga un flete de 300 y si llueve se complica: "Acá estamos en plena zona de diluvio, el agua corre y se lleva todo", se resigna Barrios.

La feria mantiene el esplendor de sus mejores épocas. Una mujer totalmente redonda, adornada con una gran bandera del Surma, el sindicato de los marinos, pregonaba sin interrupción la causa de los suyos: "Los marinos uruguayos no quieren militarizarse; que las dragas 2 y 4 sean manejadas por nuestros prácticos, viejos lobos de mar", voceaba ante la muchedumbre indiferente. Un frutero, mientras tanto, animaba a sus clientes: "Ataquen, ataquen". Un niño estaba totalmente congelado de asombro ante la majestad de una estatua viviente, un cambalachero bromeaba: "Robo de noche, vendo de día, tengo todo barato".

En el puesto de Lozano, en Tristán Narvaja y Paysandú, llegó un cliente a comprar un tocadiscos. Venía recomendado por Chagas, un vendedor de discos de pasta. "¿Qué música prefiere?", pregunta Lozano. "Lírica", responde el cliente. Entonces Lozano elige un disco de pasta y suena Ferruccio Tagliavini, en el combinado que pocos minutos después cambiaría de manos.

La feria se ordena por los propios feriantes, sin problemas visibles. Algunos se quejan de los que exponen en mitad de la calle, porque hay que esperar hasta el final para salir con el coche, pero son detalles. Las músicas se mezclan. En vivo, un violín y los tamborileros. Desde los equipos de música suena folclore, canto popular, cumbia y rock and roll.

Uno de los lugares más tranquilos, a pesar de que la gente es mucha, es la cuadra de los libros, en Paysandú. Allí expone Luis Rivera (54), un librero sin librería. Sólo vende en la feria. "No me sirve. Hay que pagar el alquiler y es un riesgo grande. Te la jugás toda. Hubo gente que marchó y a otros se les ha complicado".

En la feria, en cambio, no hay alquiler y se vende. Llega alguien a pedir "algo de relojes" y no había de relojes, pero Rivera muestra "Universalismo-Constructivismo", de Joaquín Torres García, y dice que es un libro que aparece muy poco. Lo tiene a 900 pesos. Lo deja sobre la mesa. Lo agarra una mujer y lo empieza a ver con su marido. Pagan 30 dólares y se lo llevan.

Rivera dice que ese tipo de libros son una fija. "Una vez tuve ‘Lo concreto y lo abstracto en el arte’, también de Torres, y lo vendí a 1.500".

El mejor horario para los libreros es desde las 11.30 a las 14. Rivera vende muchos libros de ficción y también textos. "La mejor época es fin de año, cuando llegan los uruguayos que viven en el exterior. Esos son buenos compradores. Les interesa mucho la historia, sobre todo el ciclo artiguista, para que lean los hijos nacidos en Estados Unidos, Canadá o Australia".

"Se tiran las cartas, se leen las manos", "bananas, elijan", se escucha muy cerca de una esquina llena de jaulas, con gallinas, loros, pájaros, conejos y hasta palomas.

La feria Tristán Narvaja tiene casi un siglo (comenzó en el lugar en 1909) y ha sobrevivido a muchas crisis. Parecería que, en vez de achicarse, ganara en esplendor con las dificultades económicas.

Un siglo de historias de regateo

La feria de Tristán Narvaja también tiene su historia, porque no siempre fue lo que es ni estuvo donde está.

Según Antonio Vivalda, un estudioso de historias de la ciudad, el origen de la feria se remonta a la proposición de Luis de la Torre a la Comisión de Agricultura de creación de ferias semanales agrícolas: "El domingo 15 de abril de 1878 con la presencia del Gobernador Lorenzo Latorre y sus ministros, fue inaugurada la primera feria semanal en la Plaza Independencia. La misma que con el tiempo se extendió por el comienzo de 18 de Julio, tenía por entonces dos elementos característicos que hoy nos resultan particularmente extraños: el primero era que a las diez de la mañana un rematador subastaba todos los productos no comercializados y el otro era que existía en la feria una sección destinada para que los propios agricultores que venían a ofrecer sus frutos pudieran comprar allí mismo los insumos que demandaba su tarea: semillas, granos, instrumentos de trabajo y hasta literatura agrícola".

"Pronto se vio que para hacer posible esta especie de utopía finisecular, mezcla tempranera entre feria y remate, se necesitaba de mayor flexibilidad tanto en el horario —que fue acercando su finalización hacia el mediodía— como en una forma de comercialización que sustituyera a la rígida subasta".

"Por aquellos tiempos la feria era principalmente eso, una feria. En ella, además de un mercado, permanecía el recuerdo de la tradición europea de las ferias medievales concentradoras de todas las novedades del mundo conocido".

"La feria de antaño era una verdadera feria de novedades. Naturalmente se vendía de todo, pero además existían atracciones en teatrillos o se hacían demostraciones de forzudos, se tiraba al blanco y se exhibían placas fotográficas estereoscópicas que la mayor parte de las veces eran de dudoso gusto".

"Este sistema cayó pronto en desuso por lo que las autoridades intentaron alejar la feria hacia los suburbios, disponiéndose el cambio primero a las inmediaciones de la Plaza Cagancha (primero en la calle Queguay, llamada Paraguay luego de 1915, y con posterioridad en la calle Ibicuy al Norte, que hoy es denominada Rondeau) y luego a un terreno baldío que existía donde hoy se levanta el Palacio Municipal, antes de dividirla en dos aún más alejadas".

"A partir del domingo 3 de octubre de 1909 una se extendería por la calle Cuareim desde Av. Agraciada a la calle Guatemala, en el barrio de la Aguada. La otra, desarrollada en el barrio del Cordón por la calle Yaro desde 18 de Julio a la Paz no es otra que nuestra mismísima feria antes de que las calles de la zona de los alrededores de la Facultad de Derecho cambiaran sus denominacion primitiva, de naturales nombres indígenas de origen guaraní, por otros propios de algunos juristas de mérito".

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