Los buenos sentimientos

Antonio Larreta

Por lo menos tres personas, cualquiera de ellas solvente en cuanto a sus criterios de apreciación del cine, culminaron la expresión de su entusiasmo por Historias mínimas con la misma frase: "Parece una película iraní". La coincidencia merece una reflexión, aparte de lo que puede indicar en relación con el prestigio de ese cine entre nosotros, hasta el extremo de utilizarlo como medida de méritos. Porque pienso que esa vinculación de la película de Sorin con las de sus colegas Kiarostami y otros, hay que buscarla por caminos más complejos que el de la mera calidad. En un terreno todavía un tanto obvio, puede reconocerse un parentesco en la narración visual: la omnipresente carretera, el trayecto de un vehículo a través de un paisaje desértico, pocas paradas en sitios aislados. Y también la semejanza del medio pobre, casi despoblado, en contacto remoto (por teléfono, por televisión) con el mundo que llamamos civilizado. Una suerte de minimalismo íntimamente ligado a lo también mínimo de las historias.

Pero más allá de esa coincidencia de imagen, de entorno y de desconexión con los grandes centros urbanos y consumísticos, distingo otra semejanza más profunda y que me explica mejor aquel entusiasmo, que tiene mucho de gratitud hacia la película de Sorin. Y voy a mentar algo que ha terminado por convertirse en una mala palabra o por lo menos un tabú en el cine que vemos —o no vemos—casi todos los días: los buenos sentimientos.

En el film de Sorin, no solamente los protagonistas de las tres historias (el viejo en busca de su perro, la chica en busca de su premio, el viajante en busca de su fantasía amorosa) despiertan la adhesión del espectador por su común inocencia. También los personajes que encuentran en el camino están siempre dispuestos a ayudarlos, a alentarlos, a compadecerlos, o por lo menos a aguantarlos, a solidarizarse.

Esa mirada misericordiosa (sigamos a Tomás de Mattos en esa sabia, muy intencionada reivindicación de una palabra en desuso) establece un vínculo estrecho entre el argentino y sus colegas iraníes. Porque hasta el terrible padre del niño ciego de El color del paraíso termina por rescatarse a través del amor, como algún personaje frío y egoísta del viejo Frank Capra terminaba dominado por un flujo de buenos sentimientos. Y con Capra, tan sentimental (si bien no menos genial) y tan denigrado por la posteridad, llegamos de la mano al cine norteamericano de hoy, donde la indiferencia, el individualismo a ultranza, la crueldad, la violencia y el crimen, sin duda son los de la sociedad que, mal o bien retratada, se ha convertido hasta el hartazgo en una suerte de sermón permanente sobre la vida humana.

¿Cómo no estar admirado y agradecido ante las Historias mínimas, sean las de los personajes solitarios y perdidos en los caminos desérticos de la Patagonia, sean las de sus hermanos también solitarios y perdidos en los desiertos más lejanos del "dasht" iraní? Significativamente, es de los países del tercer mundo —tan alejados el uno del otro— que nos llega esa exaltación de nuestro reprimido, suprimido componente angélico.

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