Los esquimales distinguen decenas de matices del color blanco de la nieve. Y en el Jardín Botánico del Prado uno descubre miles de matices del verde. Porque allí, a lo largo de 101 años, se ha ido conformando una especie de seleccionado mundial del reino vegetal, dice José Luis Díaz, técnico del lugar.
Caminando por el jardín, que es un museo viviente, uno puede meterse en el color, las texturas y algunos de los olores de Australia, Africa, Europa, China o Japón. O bien de los bosques aborígenes del Uruguay, ya que en el predio están agrupadas las especies por regiones del mundo o por países.
Se pueden dar unos pasos por Asia y sentir el olor fuerte del ginkgo biloba, que tapiza el suelo con sus flores amarillas en forma de abanico. Unos pasos más mientras cae el sol y —ni Marco Polo lo hubiera hecho tan sencillo— se llega a Europa. El olor cambia y se siente la presencia del eucaliptus.
En esa zona hay un árbol marvilloso que es el melaleuca, llamado "el árbol del papel" por justas razones: en cuanto rascamos la corteza, aparecen varias capas de celulosa que envuelven el tronco y forman como un block de hojas de papel muy fino. Sin proceso industrial alguno, se pueden arrancar y escribir en ellas. Unos pasos más y nos topamos con un grupo de palmeras de la zona de Miami, Florida, la washingtonia robusta. Estilizadas, desafiantes, bailan al viento. Frente a ellas, parecida pero distinta, está la pindó, la palmera uruguaya.
Ya en zona uruguaya está el curupí, el árbol de la leche, que tiene dos glándulas en la base de sus hojas que producen una savia blanca y cremosa. El plumerillo rojo es un amasijo de ramas con un penacho rojo que parece una pelusa extraviada. También hay un típico monte ribereño. Entre otros está el sauce criollo, un ecológico proveedor de analgésicos ya que sus hojas tienen ácido acetilsalicílico que, al masticarlas —coca charrúa— alivia el dolor, el cansancio y calma la sed. Y de golpe llegamos al Africa, donde casi sin luz nos topamos con el encefalanto lemagni, un arbusto de hojas casi azuladas que sobresale en la penumbra.
Todos los miembros del reino vegetal hacen lo mismo. Las raíces chupan del suelo agua con sales minerales, las que suben por el tronco y llegan a las hojas, que con la energía del sol transforman esas sustancias inorgánicas en orgánicas, produciéndose desde allí nueva materia orgánica, para nuevas hojas y nuevas raíces. Miguel, un ingeniero agrónomo que hace años vivió frente al Botánico, dice que lo más maravilloso de este reino de clorofila es que muchas especies cuando sienten que se están por morir empiezan a echar más y más semillas, para asegurar que otros iguales los sobrevivirán. Por eso, un pino rodeado de piñas no es síntoma de juventud y vitalidad, sino sabiduría indescifrable de quien entrega todo lo que le queda a los demás.
Por Juan Miguel Petit