En julio de 1952, en la explanada del pequeño puerto de Cannes, de regreso ya entonces de un festival de cine en Barcelona, el arquitecto Alberto Mántaras y su esposa Olga oyeron, a punto de ser transbordados al transatlántico que los traería a Montevideo, y en el altavoz pertinente, una voz que ordenaba: "On demande la présence de Monsieur Paul Neruda". Esa presencia todavía no se había materializado, cuando Mántaras —expectante— tuvo que salir en defensa del poeta ante las palabras agraviantes de una elegantísima turista chilena. Una vez resuelto el problema aduanero, se inició el viaje al hemisferio sur, durante el cual se cimentó para siempre la amistad de los Mántaras con Neruda y su acompañante, una dama que se había presentado en el muelle llevando una sombrilla y un perrito, y a quien el arquitecto-cineasta, apenas verla, había apodado "la dama del perrito", tan chejoviana había sido su aparición. La dama se llamaba, por supuesto, Matilde, e iba a ocupar en la vida futura del poeta el lugar del que había desertado años antes la argentina Delia del Carril. Al llegar al Río de la Plata, Neruda recurrió al consejo de sus nuevos amigos: él y Matilde, interesados en mantener por el momento secreta su relación, buscaban un lugar discreto para pasar parte del verano al abrigo de la prensa y otros amigos uruguayos. Mántaras y Olga no vacilaron en poder a disposición de los enamorados su propio chalet de Atlántida.
Así empieza esta historia, que no pretende ser la de los amores de Pablo y Matilde con su idílica clandestinidad en Atlántida, sino la de la inesperada consecuencia de ese feliz veraneo, en que el hombre se aislaba largas horas para escribir y la mujer, respetando esa soledad, pasaba la suya propia recorriendo la playa y los aledaños agrestes con un espíritu que tenía poco de científico pero mucho de pasión por el paisaje y la naturaleza y aún por sus manifestaciones más pequeñas, más ignoradas también. Matilde volvía día a día con hierbas, con yuyos, con las flores más insignificantes de aquel suelo apenas atlántico. Así nació el herbario de Matilde y junto a él, superpuesta y amorosamente instilada hasta formar una unidad indisoluble —o un abrazo muy íntimo— la "oda a las flores de Datitla" de Pablo Neruda. "Datitla" era, o más bien pretendía ser, un anagrama de esa Atlántida acogedora y secreta para los amantes, y poema y herbario fueron dedicados juntamente a la pareja hospitalaria, Alberto y Olga.
La segunda parte de la historia es más larga y accidentada. Neruda y Mántaras piensan en publicar el Herbario, el poeta insiste en una edición facsímil, la empresa es difícil, amedrenta a los editores, recurren a Angel Rama, que recoge el guante pero a poco muere. Los años pasan, Neruda ya es Premio Nobel y escribe cataratas de poesía. En 1993, ya muerto Neruda, Mántaras encomienda el proyecto a Ramiro Insunza, ahijado y albacea del poeta, encareciéndole "que esto no quede en la nada y aunque sea en el siglo XXI, que aparezca". Fue un vaticinio. Muerto también Mántaras hace algunos años, el Herbario acaba de publicarse casi cincuenta años después de aquel verano de las hierbas de Matilde y la oda de Pablo.
Fue el empeño apasionado de la actual viuda de Mántaras, su segunda mujer María Lires Laureiro, apoyada por Selva Santurió y Miguel Quenón, los infatigables y también apasionados creadores del Museo Neruda en la propia Atlántida, y con la participación del entonces ministro Antonio Mercader que encontraron finalmente en el mismo Ramiro Insunza y en la Corporación Syntesis y la Fundación Delia del Carril, a quienes finalmente abordaran el delicadísimo trabajo de salvaguardar el muy frágil herbario y obtener una reproducción insuperable de aquel material. Fotografías de sensibilidad casi táctil de aquellas páginas (de papel azul de embalaje) en que Neruda, alrededor de las hierbas de Matilde, escribió su "oda" con una caligrafía casi infantil de tan libre y caprichosa. El libro está ahí. Ha llegado a Montevideo. Es una hazaña. O una joya. Va a tener un precio muy alto. Pero quienes no puedan acceder a él, pueden irse a Atlántida, visitar el Museo Neruda y ver nada menos que el original, que los editores ya restituyeron a su dueña. Recomiendo "una silvestre circunferencia de oro", "las hierbas afraneladas y plateadas con suavidad de guantes" y la trigridia "que florece con tres lenguas de amor ultravioletas". Probablemente están en su vereda abandonada.