EL tema de los altos porcentajes de repetición escolar, particularmente en los primeros años de la escuela pública, ha vuelto a ocupar la atención de las autoridades de la Educación. El Codicen, reunido con jerarcas y técnicos ha dedicado una larga sesión al problema. Será continuada en otras reuniones, hasta procurar nuevas soluciones. Se trata de una realidad doblemente inquietante, tanto por su persistencia, como por sus graves proyecciones.
De su persistencia, alcanza con señalar que poco ha variado el porcentaje promedio de repetición escolar, en los largos últimos años... Así por ejemplo en el año 2002 fue de 10.33%, en tanto en 1990 era de 10.31%. Tampoco ha habido variaciones importantes en el primer año escolar, donde la tasa, desde hace algunas décadas, alcanza elevados valores promediales de alrededor de 20 y 21%. En los años escolares sucesivos, ese índice va descendiendo, hasta el último año, que es el sexto donde es alrededor del 3%. Tampoco es satisfactorio teniendo en cuenta, entre otras cosas, los que han ido quedando en el camino.
EL país ha logrado un alto grado de extensión de su sistema educativo. Su tasa de analfabetismo está cercana al 100%. Alta es también la escolaridad, por más que se ha deteriorado en algunos sectores carenciados. En contraste con esa realidad, que en general resulta alentadora, aparecen ineficiencias serias, que se agravan con las dificultades de la comunidad, y al mismo tiempo las acentúa.
En la década del 60, casi conjuntamente con ese notable esfuerzo por conocer la realidad nacional que fue la CIDE, el gobierno blanco de la época publicó el "Informe sobre el Estado de la Educación en el Uruguay". Fue un rudo llamado a la realidad, como que descorrió el velo sobre la baja eficacia de nuestro sistema educativo público en casi todas sus ramas. Sin embargo, salvo excepciones, dentro de las cuales estuvo el propio Consejo de Enseñanza Primaria, aquel informe que debía ser profundamente removedor, fue pronto olvidado por buena parte de las autoridades de los otros centros educativos, algunos de ellos más empeñados en la confrontación que en encarar la inquietante realidad que quedaba en descubierto.
EN ese informe, la tasa global de repetición a nivel de enseñanza primaria era del 25% y en el primer curso de un 41% promediales. Con el correr de los años, aquellas tasas fueron descendiendo apreciablemente, hasta 1974, en buena parte, porque las autoridades siguieron las recomendaciones que provenían de aquel estudio. Con ligeras variantes desde la reinstalación de la democracia, se ha ido estabilizando alrededor de los porcentajes que hoy siguen exhibiendo entre un 10 y un 11% general y de un 20,21% en primer año.
Son índices promediales. Muchas escuelas de barrios carenciados arrojan en primer año porcentajes de repetición mucho más elevados, que llegan en algunos casos a un 50%.
LA crisis que ha padecido el país, de la que aún no ha salido, al acentuar la marginalidad y la pobreza, hace del inicio del ciclo escolar, para una buena parte de los niños que provienen de allí, un desafío de adaptación cada vez más duro. Se traduce, naturalmente en mayores dificultades para el aprendizaje y en una escolaridad menos regular, que todavía las agrava. No obstante, sería una deserción de sus responsabilidades educativas descargar sobre la realidad social todo el fracaso que arrojan algunos de estos índices, para resignarse a la impotencia, ni siquiera, aunque a todo ello, se agreguen las penurias financieras. Es precisamente allí, donde la educación debe acometer su tarea más difícil: saltar los obstáculos que tiendan a deprimir y congelar la miseria para brindar los conocimientos e ir forjando el contorno cultural que permita superarla.
Es bien sabido que los primeros años de la infancia tienen especial gravitación en las características de la personalidad. En parte se empieza a dilucidar allí, el desarrollo de sus facultades tanto intelectuales como afectivas, sus preferencias, su carácter, su capacidad de integración. La escuela asume entonces un papel decisivo, tanto más ante la desintegración familiar, para poner en las pequeñas manos los instrumentos para una convivencia digna y exitosa. Los fracasos en el primer ciclo marcan tempranas frustraciones, que para muchos niños significará, que más se ha ensanchado la desigualdad, y más aplastado se hallan sus horizontes.
DE ahí la trascendencia del tema. Aunque los esfuerzos al regreso de la democracia fueron incesantes para abatir los elevados índices, con la ampliación del horario escolar, las escuelas de tiempo completo, la universalización de la educación preescolar, los comedores escolares, la reducción de grupos, la revisión de programas, la realidad muestra que es mucho lo que queda por hacer.
Bien han hecho el Codicen y el Consejo de Enseñanza Primaria en dar relevancia a un problema que tiene trascendencia para la comunidad y para importantes sectores de la niñez. Volveremos sobre el tema, para apreciar algunas de las soluciones que se adopten en estas importantes reuniones.
La lucha de Uruguay
Uruguay, como otros países de esta área americana, lucha por colocar su producción agropecuaria. Sin embargo, ello se hace difícil.
Una de las razones es que los países desarrollados subsidian a su agricultura al ritmo de 1.000 millones de dólares diarios. Más específicamente: el 35 por ciento de los ingresos de un productor agropecuario de la Unión Europea se debe a los subsidios.
No están lejos de esto los colegas norteamericanos, con el 21 por ciento.
A mayor abundamiento corresponde agregar: la mitad del presupuesto de la Unión Europea se utiliza para subsidiar a los agricultores de esa área, que son menos del 5% de la mano de obra.
Estas son realidades contra las que tienen que luchar países como Uruguay. Realidades que son, en concreto, competencia desleal.