El jueves comienza en Paysandú la Bienal de Teatros del Interior. Se trata de la novena edición de ese encuentro, un esfuerzo organizado por la Asociación de Teatros del Interior que sabe trabajar a pulmón para que la bienal no pierda su frecuencia ni su valor en un medio escénico que necesita ese intercambio a nivel nacional y sabe enriquecerse con los reconocimientos que el hecho contiene. Como toda iniciativa cultural, esta fiesta sanducera tiene auspicios de organismos públicos y entidades privadas, pero se hace con muy poca plata y sustituyendo el respaldo financiero por el empeño heroico de los participantes y coordinadores. Algo similar ocurre con las Muestras Internacionales de Teatro que los críticos organizan en Montevideo desde hace dos décadas y con los Festivales Cinematográficos Internacionales que planifica anualmente Cinemateca Uruguaya.
Eso demuestra que el viejo entusiasmo quijotesco con que tres generaciones del medio artístico nacional han impulsado tantos emprendimientos desde los auges iniciales de hace medio siglo, sigue vigente en una etapa donde el endurecimiento de la crisis socio-económica —una coyuntura casi brutal— podría derrotar esos bríos, sepultar esos proyectos o abatir esos ánimos. No lo consigue porque el espíritu batallador y la convicción de la mejor gente de la cultura, son cualidades más fuertes que esta y otras adversidades. A las autoridades que se complacen al observar que el vuelo de ciertos planes no decae (quizá porque saben que esa actividad artística adorna la vidriera del sistema o transmite con su indomable dinamismo una sensación de próspera normalidad) hay que advertirles dos cosas.
La primera es que el esfuerzo con que se mantienen en pie ciertos acontecimientos culturales, puede sucumbir si persiste el desvalimiento presupuestal, si no se remedia la falta de estímulos, si no se auxilia a ese medio con otra determinación, otra consistencia, otra continuidad y otro volumen. La segunda cosa que conviene advertir a las autoridades es la elevada edad promedial de quienes sostienen el mayor peso del edificio de la cultura, riesgo nada menor y nada casual en un país donde escasea una generación de repuesto para tomar el sitio de los viejos y aguerridos dirigentes (o actores, o críticos, o animadores) que se retiran, se cansan o se mueren. Sería interesante comparar las partidas de dineros públicos que se destinan a respaldar los mejores proyectos artísticos, con las que remuneran a cientos de beneficiarios de contratos de obras y servicios, de cargos de confianza no siempre indispensables ni bien servidos o de puestos diplomáticos tan ornamentales como los agregados civiles especiales, todo lo cual responde a vinculaciones políticas y no a necesidades culturales ni tampoco al justiciero propósito de premiar la aptitud o el talento.
Por el momento, la Novena Bienal de Teatros del Interior se pondrá en marcha el jueves, continuará hasta el domingo 18 inclusive, abarcará la labor de nueve elencos seleccionados hace seis meses por un jurado designado al efecto y propiciará un revuelo muy fermental para que la gente salga de esa hilera de espectáculos con algo más de lo que traía al entrar. Si se conoce el aislamiento y el frecuente desamparo en que sobreviven muchos grupos escénicos del interior, si se agrega a ello las múltiples dificultades con que esos elencos se mantienen en actividad y hasta se desplazan hacia otras localidades para divulgar su tarea, se aprecia doblemente el significado de esta bienal y se admira un poco más la determinación de que siga adelante sin interrupciones ni desmayos.