UNA gigantesca ola pacifista se extendió por el mundo.
Una parte de ella obedeció a móviles interesados
pues es evidente que no se manifestó en
oportunidades anteriores a la guerra de Irak. Otra, en
cambio, es guiada por auténticos sentimientos
antibélicos que, hoy en día, —quizá debido a la
visualización de los horrores de la guerra que reflejan
las pantallas de la televisión— alcanzan una
globalización sin precedentes.
Este enfoque nos conduce a plantearnos el verdadero
tema: ¿es la guerra un aspecto de la condición
biológica humana?, ¿es un producto cultural?, ¿es una
faceta indisolublemente unida a la supervivencia de
nuestra especie o del más apto de ella? o ¿es el
campo más propicio para buscar la gloria?
Estas preguntas —no excluyentes entre sí— tienen
respuestas positivas, o no, según la época y el lugar
en que se formulen. En efecto, hubo sociedades, como
la espartana, que la endiosaron como si fuera un fin
insoslayable y necesario.
OTRAS, ganadas por la prédica del amor universal, se
resistieron a practicarla. Las religiones nórdicas vieron
en la muerte en el campo de batalla el camino más
directo para llegar al Walhalla, la morada de los
dioses. Similar beneficio ofrece el Corán a quienes
mueren en defensa de la religión, aunque es
terminante en negar a las que no tengan ese carácter
("Alá niega a los agresores").
De todos modos, algunas de las más crueles y
sangrientas guerras fueron hechas en nombre de la
religión o de la fe particular que se sostenía, lo cual es
válido tanto para los paganos como para los
cristianos, musulmanes, hinduistas, etc., de las más
diversas orientaciones. Siempre hubo sacerdotes —o
los que hacían sus veces— acompañando a los
ejércitos.
¿Y la paz? Es algo que se valoriza ante el temor que
provoca una guerra o, durante su desarrollo o
culminación, vistas la muerte y destrucción que deja a
su paso. Pero son harto escasos los períodos en que
prevalece.
Un estudio relativo a la cuenca del Mediterráneo
concluyó en que, a lo largo de 3.000 años de historia
comprobada, sólo hubo 281 de paz en esa región. Y de
esos 281 años, 200 correspondieron a la famosa "pax
romana".
SI se hubiera tenido en cuenta al resto del mundo, con
seguridad que el período de paz se habría reducido a
cero. ¿Han cambiado hoy las cosas?
Otra apreciación: el comienzo del tercer milenio ha
derribado una convicción que creíamos absoluta, cual
es la de que una democracia solamente recurría a la
guerra como medida defensiva o en cumplimiento de
compromisos contraídos.
La guerra de Irak —iniciada sin el respaldo de las
Naciones Unidas—puso de manifiesto que
democracias plenas (Estados Unidos, Gran Bretaña,
etc.) podían ser agresoras, sin entrar a considerar los
argumentos que esgrimieron o los intereses políticos,
militares, económicos o estratégicos que los
impulsaron.
EN un presente signado por el protagonismo de que
son capaces de dar los medios de comunicación
masiva, las veleidades y vanidades humanas no
resultan desdeñables como factores bélicos. Nada
menos que Abraham Lincoln, en uno de sus primeros
discursos parlamentarios, vislumbró esta posibilidad
al denunciar a "la gloria guerrera... ese ojo de
serpiente que fascina para destruir".
Pero, lo positivo del momento en que vivimos es que
ha surgido una especie de conciencia universal
pacifista. Aunque haya que separar la paja del trigo y
poner en evidencia a los adherentes espurios, lo cierto
es que importantes sectores del mundo entero se
pronuncian en contra de la guerra y que se acrecienta
la sensibilidad frente a las barbaridades que en ella se
cometen.
Ya no hay quien glorifique a las guerras, como sucedía
no hace mucho tiempo. Los que siguen siendo
partidarios de ese recurso lo son en forma
vergonzante. ¿Cuánto más durará esta actitud? ¿Será
suficientemente sincera y poderosa como para impedir
el surgimiento de nuevos conflictos? Mucho lo
dudamos.
LA historia de nuestra especie no permite esperar un
cambio cuasi repentino en la conducta del ser
humano. Sería un verdadero milagro que tal cosa
ocurriera. Más bien, la interpretación realista es otra:
habrá enfrentamientos bélicos en la medida en que la
única superpotencia existente así lo consienta o así
los promueva. Pero, sin duda, ninguna situación
política o militar es eterna pues todo está
inexorablemente destinado a cambiar. Pueden surgir
otras superpotencias, otros equilibrios de fuerzas y,
por consiguiente, otros "casus belli".
Aunque, quizá, de ese mismo equilibrio —¿otra paz del
miedo?—emerja una más sólida pacificación de este
atribulado mundo. Pacificación que es mucho más
factible lograrla, por razones obvias, entre grandes
potencias que en escala local o interna y conflictos
que, no obstante, las Naciones Unidas deberían poder
solucionar por todos los medios estatutarios a su
alcance.