Martes 29 de abril de 2003- Año 85 -Nº 29354
Internet Año 8 - Nº 2464 | Montevideo - Uruguay
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Entre la guerra y la paz

UNA gigantesca ola pacifista se extendió por el mundo. Una parte de ella obedeció a móviles interesados pues es evidente que no se manifestó en oportunidades anteriores a la guerra de Irak. Otra, en cambio, es guiada por auténticos sentimientos antibélicos que, hoy en día, —quizá debido a la visualización de los horrores de la guerra que reflejan las pantallas de la televisión— alcanzan una globalización sin precedentes.

Este enfoque nos conduce a plantearnos el verdadero tema: ¿es la guerra un aspecto de la condición biológica humana?, ¿es un producto cultural?, ¿es una faceta indisolublemente unida a la supervivencia de nuestra especie o del más apto de ella? o ¿es el campo más propicio para buscar la gloria?

Estas preguntas —no excluyentes entre sí— tienen respuestas positivas, o no, según la época y el lugar en que se formulen. En efecto, hubo sociedades, como la espartana, que la endiosaron como si fuera un fin insoslayable y necesario.

OTRAS, ganadas por la prédica del amor universal, se resistieron a practicarla. Las religiones nórdicas vieron en la muerte en el campo de batalla el camino más directo para llegar al Walhalla, la morada de los dioses. Similar beneficio ofrece el Corán a quienes mueren en defensa de la religión, aunque es terminante en negar a las que no tengan ese carácter ("Alá niega a los agresores").

De todos modos, algunas de las más crueles y sangrientas guerras fueron hechas en nombre de la religión o de la fe particular que se sostenía, lo cual es válido tanto para los paganos como para los cristianos, musulmanes, hinduistas, etc., de las más diversas orientaciones. Siempre hubo sacerdotes —o los que hacían sus veces— acompañando a los ejércitos.

¿Y la paz? Es algo que se valoriza ante el temor que provoca una guerra o, durante su desarrollo o culminación, vistas la muerte y destrucción que deja a su paso. Pero son harto escasos los períodos en que prevalece.

Un estudio relativo a la cuenca del Mediterráneo concluyó en que, a lo largo de 3.000 años de historia comprobada, sólo hubo 281 de paz en esa región. Y de esos 281 años, 200 correspondieron a la famosa "pax romana".

SI se hubiera tenido en cuenta al resto del mundo, con seguridad que el período de paz se habría reducido a cero. ¿Han cambiado hoy las cosas?

Otra apreciación: el comienzo del tercer milenio ha derribado una convicción que creíamos absoluta, cual es la de que una democracia solamente recurría a la guerra como medida defensiva o en cumplimiento de compromisos contraídos.

La guerra de Irak —iniciada sin el respaldo de las Naciones Unidas—puso de manifiesto que democracias plenas (Estados Unidos, Gran Bretaña, etc.) podían ser agresoras, sin entrar a considerar los argumentos que esgrimieron o los intereses políticos, militares, económicos o estratégicos que los impulsaron.

EN un presente signado por el protagonismo de que son capaces de dar los medios de comunicación masiva, las veleidades y vanidades humanas no resultan desdeñables como factores bélicos. Nada menos que Abraham Lincoln, en uno de sus primeros discursos parlamentarios, vislumbró esta posibilidad al denunciar a "la gloria guerrera... ese ojo de serpiente que fascina para destruir".

Pero, lo positivo del momento en que vivimos es que ha surgido una especie de conciencia universal pacifista. Aunque haya que separar la paja del trigo y poner en evidencia a los adherentes espurios, lo cierto es que importantes sectores del mundo entero se pronuncian en contra de la guerra y que se acrecienta la sensibilidad frente a las barbaridades que en ella se cometen.

Ya no hay quien glorifique a las guerras, como sucedía no hace mucho tiempo. Los que siguen siendo partidarios de ese recurso lo son en forma vergonzante. ¿Cuánto más durará esta actitud? ¿Será suficientemente sincera y poderosa como para impedir el surgimiento de nuevos conflictos? Mucho lo dudamos.

LA historia de nuestra especie no permite esperar un cambio cuasi repentino en la conducta del ser humano. Sería un verdadero milagro que tal cosa ocurriera. Más bien, la interpretación realista es otra: habrá enfrentamientos bélicos en la medida en que la única superpotencia existente así lo consienta o así los promueva. Pero, sin duda, ninguna situación política o militar es eterna pues todo está inexorablemente destinado a cambiar. Pueden surgir otras superpotencias, otros equilibrios de fuerzas y, por consiguiente, otros "casus belli".

Aunque, quizá, de ese mismo equilibrio —¿otra paz del miedo?—emerja una más sólida pacificación de este atribulado mundo. Pacificación que es mucho más factible lograrla, por razones obvias, entre grandes potencias que en escala local o interna y conflictos que, no obstante, las Naciones Unidas deberían poder solucionar por todos los medios estatutarios a su alcance.


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