Dos claras prioridades

Los argentinos han elegido con dos prioridades muy claras: la gobernabilidad y la economía.

Un dirigente histórico del peronismo, Adolfo Rodríguez Saá, impreciso e imprevisible, chocó con la frustración, y otro hombre público, Roberto Lavagna, ha subido al primer escenario de la política. En ambos se encierra, de alguna manera, lo que la sociedad valoró y descartó en su reflexión de última hora.

Carlos Menem no ha hecho una buena elección si se toman en cuenta las certidumbres de su entorno. Fue sorprendente comprobar que la aseveración de que ganaría en primera vuelta no era sólo una herramienta electoral; era, también, una convicción generalizada de sus colaboradores más inmediatos.

Hay, debe reconocerse, quienes escucharon al ex presidente, en las más reservadas de sus conversaciones, aceptar que la primera vuelta electoral podría someterlo al segundo turno. Pero su equipo trabajaba convencido de que un supuesto voto vergonzante lo elevaría a Menem hasta el triunfo definitivo. El caudal de soberbia del menemismo tenía su raíz en esa convicción.

De cualquier modo, Menem expresa un proyecto, tal vez demasiado severo, pero no por eso menos previsible en materia económica. Su lado débil no es la conducción de la economía, sino la falta de un sentido claro sobre el valor de las instituciones. Esas certezas sobre el decurso de la economía son, sin duda, lo que le valió el triunfo.

Néstor Kirchner ha hecho, en cambio, una elección mejor que la que le auguraban casi todas las encuestas. Si bien se lo debe sobre todo al apoyo del aparato bonaerense, es cierto que comenzó a crecer rápidamente cuando definió un programa económico. Esto es: cuando colocó a su lado a Lavagna. Hasta ese momento, Kirchner realizó una campaña que careció de ejes sobre la economía, que es, ahora más que nunca, el principal problema político.

Muchos se preguntan la razón por la que Kirchner no hizo antes ese anuncio, cuando hace más de dos meses le dijo a este periodista que Lavagna sería su ministro de Economía. Los argumentos del candidato presidencial eran sólidos. Cuando debe renegociarse un acuerdo con el FMI en sólo tres meses, ¿para qué cambiar al arquitecto de la reconciliación con el FMI? Si Lavagna lograra prorrogar ese acuerdo, ¿por qué cambiarlo después? Tales fueron las razones que Kirchner expuso en días del último verano.

La postergación del anuncio se debió más a Lavagna que a Kirchner. El ministro convenció al candidato de que no era conveniente meter en la campaña a quien conduce uno de los aspectos más sensibles y frágiles de la administración. Temió una conspiración del mercado inspirada por algún sector menemista, y Kirchner lo entendió.

Menem y Kirchner son peronistas y, desde la frustrada experiencia de la Alianza, hay una especie de sensación social de que sólo el justicialismo asegura la gobernabilidad de la Argentina. Esa sensación tiene correlación con el equilibrio de fuerzas real: la primera minoría de los diputados y una aplastante mayoría de los senadores pertenecen al partido que fundó Perón.

SIN HUELGAS. Los sindicatos militan en ese partido. Pruebas al canto: no le hicieron ninguna huelga general a Eduardo Duhalde, pero le sacudieron 11 paros nacionales a Fernando de la Rúa. En los tiempos de Duhalde —y tras la hiperdevaluación— se concretó la más grande caída del salario que registra la historia argentina. El PJ retiene, sin duda, el poder de disciplinar a los gremios.

Ricardo López Murphy ofrecía una parte de ese reclamo social, un claro programa de gobierno, pero nunca pudo explicar cómo domesticaría al Parlamento y a los sindicatos. Las suspicacias sobre sus virtudes para controlar el gobierno de la nación política lo acompañaron arriba y debajo de la estructura social. La gobernabilidad fue su lado más débil frente a una sociedad que viene careciendo de un liderazgo desde hace casi cuatro años.

De cualquier forma, el exitismo de los encuestadores en los últimos días le oscureció la obra que hizo. Haber llegado al 17% de los votos, cuando el que más tiene sólo araña los 24 puntos y cuando surgió desde la nada hace sólo ocho meses, convierte a López Murphy en un fenómeno electoral. Apenas necesita maniobrar con cierta aptitud en la política futura para convertirse en el jefe de la oposición, función que le arrebató a la UCR, que virtualmente lo expulsó de sus filas.

Si ésas eran las prioridades sociales, Carrió estaba destinada a un fracaso que, en verdad, no conoció. Leal consigo misma, fue el primer candidato en reconocer su derrota. Pero es una derrota atenuada: con aquellas limitaciones y con una campaña de monedas, superó el 14 por ciento de los votos. El reclamo social para restituirle a la vida pública una noción de la moral sigue en pie; ningún gobierno podrá ignorar ese dato crucial.

¿La sociedad se manifestó acaso contraria a la renovación política? Basta mirar los primeros cuatro lugares de la lista de candidatos para asegurar que ese reclamo está intacto. Salvo Menem, que integra junto con Duhalde y Alfonsín el trío que gobernó los casi 20 años de democracia, el resto (Kirchner, López Murphy y Carrió) son caras que la sociedad no vincula con el poder, el error de las últimas dos décadas.

Algo sugiere, entonces, que el futuro inminente de los argentinos estará en las manos de esos tres dirigentes más que en cualquier otra.

© "La Nación"

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