La otra cara de la tarjeta postal

| El relato recuerda la guerra entre narcotraficantes en el barrio más pobre de Rio de Janeiro

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HENRY SEGURA

Es la crónica de una supervivencia colectiva pero con parámetros muy diferentes a la vida cotidiana de otras comunidades que no han oído hablar de desarrollo social y económico. Ocurre que el barrio Ciudad de Dios, pese a su nombre, es uno de los más pobres de Rio de Janeiro. Aunque tiene varias décadas de existencia sus pobladores no tienen mayores referencias más allá de las fronteras barriales: no pueden detenerse a comparar miserias propias y ajenas porque allí lo verdaderamente urgente es encontrar las claves para sobrevivir al siempre amenazante código de pandilleros narcotraficantes. Los niños rápidamente son tentados por ese modo de vida tejido entre marihuana, cocaína y muchas balas, a sabiendas de que hay zonas preestablecidas para operar, respetando a los matones de turno.

La vida es tan descartable como esos pequeños caciques locales construídos en base a ignorancia y brutalidad. En realidad, pasar los veinte años de edad es casi un milagro. De eso dio cuenta Paolo Lins, un ser que nació y vivió en esa "favela", de la cual salió pero sin olvidarla: convertido en escritor, su libro Ciudad de Dios ofreció un testimonio de vida a través de la guerra liberada por los narcos locales, teniendo como impresionante telón de fondo al barrio que cobró notoriedad precisamente por los feroces enfrentamientos entre quienes pretendían dominar la venta de drogas.

PERSONAJES. Más de un centenar de personajes emergen desde sus páginas, lo cual en principio transformó al relato escrito en casi enemigo del cine. Pero el entusiasmo del director Fernando Meirelles por darle otra potencialidad a lo allí narrado pudo más y durante meses estuvo ordenando nombres, tratando de encontrar una estructura cinematográfica capaz de desarrollar fluidamente una historia pensada en clave colectiva.

Primer reconocimiento: Meirelles consigue que el impresionante desfile de personajes se realice sin ningún tropiezo, ubicando a un ‘alter ego’ del escritor Paulo Lins como narrador de un asunto que arranca en los años ’60, con una pequeña patota, conocida por los vecinos, haciendo sus robos. Son los primeros ejemplos y como tales xcvb son tomados por dos niños amigos que tienen intereses muy diferentes, porque mientras uno admira a los delincuentes mayores y reclama un lugar entre ellos, el otro no sabe si trasponer la línea que deja fuera de la ley. El matiz consiste en darle otra profesión al ‘alter ego’ que en la película es un fotógrafo vocacional que llegará a colocar sus testimonios en la primera plana del Jornal Do Brasil adonde entra como cadete.

Pero si bien quien ordena el relato es ese individuo que prefiere una cámara fotográfica a las armas, el eje argumental está desplazado hacia el otro pequeño con vocación de líder criminal. Es a través de él y de sus eventuales competidores que el film ofrece un testimonio desagarrador sobre una comunidad literalmente cocida en la violencia, sin renunciar a su perfil de denuncia implacable en la cual entran por igual narcotraficantes, suministradores de armas y fuerzas policiales corruptas que sacan su buen partido del eterno sonar de balas y cuerpos caídos. Segundo mérito de la película: pone en juego todos los elementos de una realidad sin confundir roles con valores, para poder generar una discusión sobre el problema de fondo que permanece por encima de los personajes.

ACTORES. Ciudad de Dios a esta altura es más que una película. Su existencia dependió fuertemente de la interacción con las comunidades que podrían sentirse implicadas con la historia contada, en parte porque eran éstas quienes podían darle autenticidad y autoridad. Con gran lucidez, el equipo encabezado por Meirelles y compuesto entre otros por el fotógrafo uruguayo César Charlone, salió a buscar actores por fuera de los circuitos habituales. Necesitaban unos cien muchachos de entre 12 y 19 años de edad que pudieran dar ese perfil barrial, para lo cual tenían que poseer la sensibilidad e inteligencia suficientes con las que poder componer personajes sin ser actores profesionales.

El equipo primero pidió ayuda a Katia Lund, una cineasta que tenía varios films hechos en las favelas cariocas, con amigos, contactos y conocimiento de traficantes. Ella los conectó, a su vez, con el actor Guti Fraga quien desde hacía tiempo venía desarrollando talleres de interpretación con favelados e incluso, lidera el grupo teatral Vidigal casi sin apoyo económico. Guti con la gente que lleva adelante el proyecto "Nos do morro" armaron una estrategia de "casting" con la que obtuvieron unas dos mil entrevistas grabadas. De allí fueron elegidos cuatrocientos candidatos que tras una segunda selección quedaron en doscientos. Con ellos formaron ocho grupos de acuerdo a edad y disponibilidad a los que llamaron, en homenaje a Fraga, "Nos do cinema".

"Cuando Guti me presentaba a los grupos, sólo decía que yo iba a ayudarlo en el proceso, sin decirles que sería el director del film", recuerda Meirelles. "Los chicos me veían siempre sentado en el piso, un poquito sucio y nunca mantuvieron distancia en su trato conmigo. Cuando descubrieron que yo sería el director, mi presencia ya había sido incorporada y aceptada, así que se sentían lo suficientemente cómodos como para contarme cosas y ofrecerme soluciones".

PERMISOS. Otro hecho inédito para un film de estas características es que los permisos de rodaje otorgados por la gobernación municipal son insuficientes. Es que a esta altura las favelas tienen una gran autonomía respecto a las autoridades legalmente elegidas: esas comunidades suelen tener sus propias leyes administradas por el "dueño" del barrio, en torno a quien se establece la vida social. Es él quien toma todas las decisiones, entre ellas las de permitir que un equipo de cineastas ruede una película en sus calles.

Para Ciudad de Dios debieron cumplir con esas exigencias. "Nunca llegamos a ver al dueño dado que estaba en la cárcel de Bangu I y desde allí negoció todo con la ayuda de intermediarios", cuenta Meirelles. "Una vez que todo estuvo arreglado en forma verbal, no hubo ningún problema: fuimos bienvenidos y todos trataron de hacer el trabajo más fácil, por ejemplo, quitando de la calle los automóviles más modernos, prestándonos garages y permitiéndonos entrar en sus casas para que filmáramos desde las ventanas". Claro que la inestabilidad que se vive en la favela invocada desde el título terminó aconsejando no filmar allí sino en un barrio construído en la misma época de Ciudad de Dios, Nova Sepetiba, que todavía no está copado por los traficantes.

Dos experiencias determinaron el traslado. Una fue el rodaje de un cortometraje pocos meses antes, donde el equipo no pudo salvarse de tiroteos y de la ineficacia de la protección policial. Otraa fue lo que le ocurrió a Meirelles cuando llegó al barrio por primera vez: "dejamos el automóvil en una calle transitada y entramos, acompañados por uno de los muchachos que trabajaban para los traficantes dedroga, a fin de hacer las cosas más fáciles. A menos de treinta metros, antes de mi primer minuto en Ciudad de Dios, se nos acercó un niño desde atrás y nos apuntó amenazador con una enorme pistola de plata, listo para la acción. El muchacho que nos acompañaba saltó frente a nosotros y así evitó un problema. En cinco segundos, el niño con el arma desapareció. Con el corazón acelerado, me di cuenta de que en la historia de Paulo Lins no había nada fingido. Recién ahí y en ese momento entendí el film".

Un uruguayo en la apuesta

Uno de los puntos fuertes de Ciudad de Dios es su fotografía. Quien midió luces y se responsabilizó de las cámaras es el uruguayo César Charlone, quien en tiempos de dictadura vivió en Brasil, dirigió el documental Y cuando sea grande y luego volvió a radicarse en Uruguay donde por años trabajó en el campo publicitario, con piezas que realmente llamaron la atención. Cuando Charlone filmaba un trabajo para Ancap recibió la convocatoria, vía telefónica, de Meirelles para hacer un comercial al que luego le agregó Ciudad de Dios. Aceptó el desafío y terminó radicándose nuevamente en Sao Paulo.

En febrero pasado Charlone estuvo en Uruguay para pasar vacaciones en familia pero su compromiso con el film tiene tal magnitud que ocupó algunos días para llamar la atención de algunos compatriotas vinculados a los medios. El aporte de Charlone no se limitó a la película porque, como ocurrió con buena parte del equipo, continuó trabajando en el tema para la serie de unitarios Ciudad de hombres que comenzó a producir la Red Globo con un éxito de audiencia inusual para programas emitidos luego del horario central. El uruguayo se encargó de la dirección del primer unitario y su trabajo recibió muchísimos elogios de colegas y críticos.

Después de todo, son niños abandonados

Hay varias razones por las cuales Ciudad de Dios más que un film es un proyecto. "No íbamos a terminar el film y a decirles ‘muchas gracias’", dice el director Meirelles. "Estábamos trabajando con niños y algunos de ellos no tenían hogar y vivían en las calles". En los encuentros que sostuvieron con el grupo de filmación "dejamos muy en claro que aquellos que desearan continuar con la actuación —algunos son extremadamente talentosos y pueden contar con ello— deberían buscar otras alternativas profesionales, dado que la vida del actor es muy inestable".

En los meses posteriores al rodaje, doce maestros particulares continuaron dando clases diariamente a aquellos que tenían dificultades en la escuela. Meirelles admite que se involucró en temas que no había pensado enfrentar cuando decidió hacer el film. "Reformar una casilla, dirimir peleas familiares, alimentar a un niño que no ha comido en dos días ... Un niño necesita un lugar para vivir, otro ha desaparecido y probablemente volvió a la distribución de drogas, un tercero fue arrestado por un incidente menor. Cada noticia me afectaba como si fuera alguien de la familia".

El cineasta repasa lo vivido. "La mayor dificultad era la cantidad de niños. Muchos de ellos organizaron estructuras familiares, pudimos ayudar a abrir algunas puertas, pero no dependen sólo de ello. Otros son más grandes, trabajan por su cuenta y saben cómo arreglárselas. Pero hay otros que carecen de familia, de recursos o de un lugar donde vivir, y finalmente, los más problemáticos: los que no tienen motivación, perspectivas o voluntad, a pesar de su enorme talento, y que no moverán un dedo para construirse un futuro mejor".

Queda la esperanza. Como dice Douglas Silva, un jovencito del elenco, "me gustaría que hubiera más oportunidades de trabajo y más films para realizar porque así podré ganar mi propio dinero y dejar el ghetto donde vivo. La única salida es estudiar porque no quiero seguir el mal camino en la vida".

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