En una exposición de documentos de y sobre Unamuno, en la Biblioteca Bidebarieta, en Bilbao, estuve leyendo unos manuscritos del gran escritor vasco. En una de sus cartas decía Unamuno que para hablar de algunos hombres numerosos, sobresalientes, basta con seguir algunas de sus múltiples facetas, pues ellas iluminan aunque en escorzo el continente. Pensé que Unamuno estaba hablando de sí mismo mientras escribía esa carta a Paul Grussac, quien estaba en Buenos Aires. Mi ambición es hablar de Octavio Paz, de cuya muerte se acaban de cumplir cinco años. Un faro de nuestro tiempo. Una voz necesaria.
Octavio Paz fue más que un escritor, un continente. Sus poemas, que cobijan su gloria, al igual que sus ensayos sobre literatura, sobre pintura, sobre la cultura de ayer y de hoy, sobre temas históricos, sociales y políticos, están ahí para demostrarlo. Porque Paz fue, como todo verdadero escritor, un hombre de su tiempo, un vasallo de su tiempo, adherido a él en su cuerpo y alma. Aquello que lo distingue es su carácter de intelectual representativo de su época, con una sed de universalidad que no se deja intimidar y que no prescinde de nada, y nada pasa por alto.
Cierta vez Octavio Paz se preguntó por qué y para quiénes escribía sus libros. Recuerdo que me dijo (en una larga entrevista publicada en estas páginas) que escribir es un oficio que luego se convierte en vocación y termina en un destino. ¿Dónde hallaba la respuesta para aquellas preguntas? Decía que, en su caso, podía encontrarlas en su infancia, primero, y luego en épocas turbulentas que le tocó vivir con vasto desamparo.
Su vida se halla entre guerra y guerra, porque eran la cara más fuerte del asombro. Era, para decir con palabras de Malraux, el tiempo del desprecio. En otras épocas, el asombro era un espejo del que suele hablarse a gusto. Pero luego, ese calmo estanque destrozado en varias oportunidades, no reflejaba una sola, sino muchas imágenes, de la tensión en que vivimos.
En 1937 Octavio Paz fue partidario de los republicanos y estuvo en España por primera vez. Golpeado por la "guerra incivil", como dice Fernando Díaz-Plaja. Todo ello perturbó el sistema ideológico de Paz y, al terminar 1945, se estableció en París, que dejó indeleble huella en su vida. Octavio Paz seguía con los ojos abiertos los debates entre los filósofos y los políticos, y fue allí donde sintió que estaba en su patria intelectual. En el verano de 1949 comenzó a escribir, estimulado por el entusiasmo y el deseo de saber dónde iba a llegar, su famoso libro "El laberinto de la soledad". Y allí lee con entusiasmo a Gide, a Valéry y a Malraux. Y por ese tiempo, Stalin, al decir de Paz, "consolidó su tiranía en el exterior y en el interior se tragó a media Europa".
La amistad entre Paz y Albert Camus se sustentaba en la defensa de la mesura en un mundo de desmesuras; y en la defensa de la duda. Proponerla como respuesta revelaba una extraordinaria independencia de espíritu. "Aprender a dudar es aprender a pensar". Y "aprender a sonreír es aprender a ser libres".
En México fundó las revistas "Plural" y "Vuelta", atentas a "los problemas de la vida y la cultura de nuestros días, sin excluir a los asuntos públicos". Fue tildado de "derechista" y de "conservador", adjetivos anticuados para quien, adelantándose a todos, percibió que la "perestroika" era un camino de libertad, y ya en 1980 vio la crisis soviética. Escribió luego: "la conciencia de la ilegitimidad de su poder debe haber sido abrumadora en los últimos tiempos", sobre la caída de la URSS.
Obtuvo el Premio Cervantes en 1981, y en 1990 el Premio Nobel. Nacido en 1914, fallecido hace cinco años, le adivinamos un ancho porvenir, ajeno al tiempo de los relojes, dueño de su inmortalidad.