Es una novela de Agatha Christie, amena, algo cáustica y un tanto rutinaria, que recuerda otras suyas más inventivas y sorprendentes.
En el primer capítulo presenta a la protagonista, una mujer de unos cincuenta años, clase alta, talento para los negocios y para las obras benéficas. La dama está jugando al tennis con una amiga íntima en el club de un elegante condominio privado. El partido se desarrolla amablemente, pero la que hemos llamado protagonista erra algunos tiros cantados, la amiga advierte que está nerviosa y ella termina por explicarse. Tiene que estar de vuelta en casa a las seis. Ha convocado una reunión de familia. Nada importante, pretende. Pero la amiga percibe una inquietud que puede manifestar algo de temor o algo de presentimiento. Son las cinco y media de la tarde.
En el segundo capítulo, armado en diez breves flashes de media página cada uno, la autora presenta a los familiares convocados a la misteriosa reunión. Los personajes están sabiamente trazados en pocas líneas, pero tienen en común, no sólo el propósito de llegar en hora a la insólita convocatoria, sino un desasosiego que proviene de diversas y muy oscuras fuentes, que la autora se ingenia para apenas insinuar y mantener al lector en vilo.
En el tercer capítulo, empezamos por descubrir que la dama que jugaba al tennis no va a ser la protagonista de la novela. Porque ya es la víctima. La han encontrado —primero el esposo, luego cada uno de los convocados— brutalmente asesinada en el cuarto de baño. Al horror y al miedo, sigue la deliberación familiar. Hay distintas razones, o una razón común, o la solapada decisión de uno solo que sabe persuadir aviesamente a los demás, para encubrir el asesinato y hacerlo pasar por un accidente. Dame Agatha baraja admirablemente sus cartas, sus pistas y sus despistes. Sabe ser ambigua, sin dejar de ser un poco cruel y enormemente amena. Ese capítulo, que se cierra con un fraudulento certificado médico y la decisión de no llamar a la policía, está escrito como un enigma que no se develará hasta el final del libro y gracias a la intervención de un inesperado y sorprendente personaje, un detective belga llamado Hércules Poirot, a partir de su primer descubrimiento: el asesino mató de cinco tiros en la cabeza a la mujer que jugaba al tennis.
De modo que no era una novela de Agatha Christie, sino una crónica aproximada del crimen de María Marta García Belsunce en un "country" de Buenos Aires. Se han sugerido móviles pasionales, sexo heterodoxo, turbios negociados; se han comprobado el encubrimiento y la confabulación, el soborno o la complicidad, se ha apresado finalmente al marido, más como una prenda que como un presunto asesino. Pero el enigma sigue intacto. Se podría pensar que todos los involucrados han tenido como libro de cabecera "Asesinato en el Expreso de Oriente", uno de los libros más famosos de la Christie, el único crimen colectivo que ella inventó, donde la víctima era sucesivamente apuñalada por todos los sospechosos, sólo que en un "wagon-lit" de lujo, y no en la letrina, quizás de mármol pero letrina al fin, del Sr. Carrascosa.
Hace unos cinco años, el director argentino Barney Fynn me pidió algunos guiones para una serie de programas unitarios que se llamaba, creo recordar, "Luces y sombras", y que protagonizaban China Zorrilla, Thelma Biral, Federico Luppi y Miguel Angel Solá. Escribí unos pocos, lo único que hice nunca para televisión argentina. Recuerdo una adaptación de "Come tu mi vuoi" de Pirandello, para Thelma Biral. Recuerdo especialmente ahora un original mío que llamé "Lagartijas", que era el nombre del "country" en que se desarrollaba una historia de crímenes "a la manera de Agatha Christie". En ella, Thelma era una viuda recién llegada y de pasado turbio, de quien todos sospechaban, incluso el Poirot de turno, que era Luppi y se había enamorado de ella. Y China era la vecina entrometida y chismosa, aparentemente inofensiva, que en los últimos veinte minutos resultaba ser una psicótica peligrosa y vengativa, en una palabra la asesina, con un final calcado de "Sunset Boulevard": China saludando con sus mejores maneras a los policías que venían a llevársela y a los enfermeros que la esperaban con la camisa de fuerza. Al final y al cabo yo había escrito ese "pasticcio" para ella. Y supe que estaba espléndida. Pero nunca se pasó en Montevideo.
Antes de terminar, recomendaría a la policía argentina desempolvar "Lagartijas". Vaya que en el "country" (donde liquidaron a la pobre María Marta) viva una vecina simpática y divertida, tan querida por los García Belsunce que han decidido encubrirla.