El Frente y Cuba

LA política internacional de un país debe conformarse en el marco de las políticas de Estado, esto es, las que están en la esencia misma de la identidad de la sociedad jurídicamente organizada, y que no están expuestas al cambio de los gobiernos. Recientes acontecimientos han puesto a prueba la incolumidad de este principio en distintos países, entre los cuales el nuestro. Nos referimos claro está al ataque militar unilateral desencadenado por la coalición comandada por Estados Unidos y el Reino Unido contra el gobierno de Irak y a las reacciones que con independencia de ello, pero con simultaneidad en el tiempo —lo que en algunos casos llevó a confundir las cosas— se han levantado, particularmente en los países de América Latina pero también en la Unión Europea, frente a los crímenes contra la libertad y la vida perpetrados por la dictadura cubana a cargo de Fidel Castro, entronizada hace ya más de cuarenta años.

LA actitud del gobierno uruguayo en ambas ocasiones, si se quiere con alguna diferencia de énfasis en sus pronunciamientos, ha respetado la tradición del país. Quizá con respecto a la acción contra Saddam Hussein, la declaración del Poder Ejecutivo pudo ser más enérgica a lo que no hay otra manera de interpretar que como una transgresión a las normas de derecho internacional. No era fácil la coyuntura que estaba viviendo el país, pero lo cierto es que Uruguay, atendiendo a esas dificultades producto del peso de factores de indiscutible gravitación para los intereses nacionales, no respaldó la agresión armada y se expidió en términos adecuados para que esa falta de apoyo quedara explícita, en la misma medida que la repulsa al terrorismo y al gobierno despótico de Hussein. La oposición izquierdista criticó acerbamente al Poder Ejecutivo y se lanzó de inmediato a la búsqueda del montaje de un circo político, haciendo punta en ello un médico diputado ignaro en conceptos elementales de política exterior. La interpelación se fumigó en pocas horas con la presencia inmediata del Canciller interino en la Cámara, desmantelándose así rápidamente la carpa y demás instalaciones. Había primado una vez más, la ética de la responsabilidad.

En lo que se refiere a las disposiciones liberticidas de la dictadura castrista, la moción uruguaya presentada conjuntamente con Nicaragua y Perú, si de algo pudo pecar fue de liviana o si se quiere de anémica, por emplear el adjetivo utilizado por el New York Times. Es que a pesar de los ochenta disidentes presos de conciencia y al asesinato de tres personas que intentaron huir de la jaula cuyo esfuerzo fue fácilmente desbaratado por los carceleros dando lugar a un "juicio" que no duró una semana y que culminó con el triple fusilamiento contra el paredón, lo planteado en la moción y así resuelto, se limitó a reclamar a Cuba el ingreso de una relatora de derechos humanos de la ONU. Como es de rigor la izquierda uruguaya marcó claramente su solidaridad con Castro de dos maneras: o con el más sepulcral de los silencios en la mayoría de los casos, o con las galimatías del galeno parlamentario presunto experto en la materia, comparando la pena de muerte en países en donde se aplica previo proceso legal y con el ejercicio del derecho de defensa en su plenitud —matices que no nos impiden repudiarla pero que tampoco se pueden ignorar so pena de descalificar el método de análisis—con las matanzas salvajes del régimen cubano.

Hay países en cambio que han cambiado sus posturas tradicionales. En Argentina, por ejemplo, la decisión original de condena a Cuba por parte de Duhalde, se transformó en abstención, bajo el argumento indigerible de la conveniencia de una coordinación con Brasil, cuando rompe los ojos, como lo denunció López Murphy, que el objetivo fue el de seducir al allí también denominado "progresismo" arrimando agua al molino de Kirchner. Chile a su vez, tradicionalmente aliado en esta materia con Argentina y crítico del ataque a Irak, con su presidente socialista a la cabeza se adhirió a la moción de censura a Castro, por llamarla de algún modo. Casualmente, coincidió ello con cierta demora en el Capitolio del trámite del Tratado de inclusión del país andino en el Nafta, lo que mejoraría sustancialmente sus resultados económicos para 2003. Y México, también renuente a la aprobación de la guerra con Irak se adhirió a la reprobación a Cuba poniendo en evidencia la avidez de Fox por reanudar el diálogo con Bush.

Visto las volteretas de tantos y las suspicacias que con razón despiertan en cuanto a que la mayoría de países en el diseño de su política internacional van acomodando el cuerpo, algunos descaradamente, a lo que conviene a su interés, y teniendo en cuenta la posición uruguaya y sus secuelas políticas internas, se va redondeando la plena prueba de la solidaridad incondicional e irrestricta del Frente Amplio con todo lo que haga y deshaga la dictadura cubana. Allí se adoctrinó y se adiestró en la práctica guerrillera a muchos que hoy tienen a representantes sentados en mullidas butacas del Senado. Es que hay mucho para agradecer, por lo cual los demás no tienen otra alternativa que mirar hacia arriba y silbar, no importa qué melodía. Cualquier cosa vendrá bien.

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