Por Miguel Alvarez Montero
Enviado a Buenos Aires
Apatía, descreimiento y desconfianza. Esa es la primera impresión que un observador extranjero obtiene al llegar a Buenos Aires en estas vísperas de elecciones presidenciales. La ciudad transita un ritmo —vertiginoso, como siempre, si lo comparamos con Montevideo— que no parece sintonizar con la importancia de un acto eleccionario. O peor aún: lo ignora a consciencia. Si excluimos las páginas de los diarios locales y los canales de televisión abierta (en esos casos sí, los comicios están presentes en grandes titulares y profusas tribunas visuales) poco o nada lleva a pensar al viajero ocasional que esta ciudad está a pocas horas de decidir su destino político.
Son pocos los carteles de propaganda, no existen los pasacalles, casi no se ven afiches colocados a prepo por pegatineros sin respeto por los muros ajenos, si apenas algún vehículo de propaganda oral pasa de tanto en tanto lanzando volantes que casi nadie recoge, y mucho menos existen —al menos en el Centro—clubes o comités con jóvenes envueltos en colores partidarios y vinchas al tono, acompañando con cánticos el nombre de su hombre. En verdad, eso es cosa del pasado en esta ciudad que supo vivir de otra forma anteriores elecciones.
Este periodista recuerda el fervor callejero de cuando Alfonsín triunfó sobre el peronista Italo Luder, un caballero abrumado por la avasallante prepotencia de su compañero de fórmula Herminio Iglesias, que encendedor en mano quemó en el acto final del peronismo un ataúd con las siglas de la UCR, arrastrando hacia la hoguera a su propio partido. Más allá de aquel episodio que desniveló la balanza hacia Alfonsín, fue inolvidable el clima de pasión política que vivió en aquel diciembre de 1983 la Argentina.
FERVOR. Aunque claro, algunos podrán decir que era un país que recobraba la democracia después de una durísima dictadura. Pero también fervor hubo cinco años después, cuando Menem le ganó a Angeloz en otras elecciones donde las calles de Buenos Aires eran una permanente algarada que nada tenían que ver con la apatía de hoy.
La apatía se hace evidente en cualquier charla de ocasión con aquellos que suelen ser el termómetro pasional de una ciudad: los taxistas y los mozos de café. Los que otrora se entusiasmaban en la defensa de sus candidatos, prefieren hoy comentar lo que también siempre fue su pasión: la paridad en la tabla entre Boca y River, un cabeza a cabeza que hace agitar el corazón con mucho más aceleración que las mínimas diferencias que en las encuestas separan a cinco de los candidatos (o cuatro, porque Elisa Carrió, a quien llaman "la gorda", parece ya haber perdido volumen).
Cualquier observador argentino le dirá al visitante que la apatía es producto del descreimiento. Y enhebrará una lista abrumadora de razones: que cuando creyeron en Alfonsín, el ex presidente les devolvió la fe con la peor de las inflaciones; que cuando creyeron en la bonhomía económica de los primeros años del gobierno de Menem, el ahora otra vez candidato les pagó con una brumosa cadena de denuncias de corrupción en su contra y la de su entorno; y cuando creyeron en la Alianza entre de la Rúa y el Chacho Alvarez, la dupla les "cacheteó" la confianza con la desavenencia inconducente entre ellos, la ida abrupta del segundo y el descalabro más terrible de la economía durante la soledad del primero. Los argentinos están descreídos de la política, claro, porque cuando creyeron se les derrumbó el depositario de la fe política.
DESCONFIANZA. El descreimiento, entonces, es producto de la desconfianza. Y eso es claro para cada uno de los candidatos. Basta escuchar con cierta atención los discursos de barricada que en esta semana se sucedieron para darse cuenta que la intención de cada uno es devolverle al votante la confianza. Claro, la confianza en su propio provecho, porque si algo ha caracterizado a esta campaña es la desacreditación al contrincante. Pero eso, en definitiva, no es exclusividad argentina. Y de todas formas, parece tarde para que el electorado recobre lo que ya ha perdido.
Pero mientras la apatía, el descreimiento y la descofianza le ponen el sello histórico a estas elecciones del 2003, Buenos Aires y sus estoicos ciudadanos se las arreglan para vestir a su ciudad con otros ropajes, ajenos a la política. Por ejemplo, el cultural.
¿Suena raro, no?. Pero es estrictamente cierto. La capital argentina vive un auge de las expresiones culturales. Vamos a ver algunos ejemplos: mientras la crisis económica golpea, la Feria Internacional del Libro que se viene desarrollando en el predio de la Rural de Palermo atrae multitudes y registra récords de venta de libros. Para algunos se trata de "un escapismo a la realidad", para otros cada crisis gesta inquietudes intelectuales. La realidad rompe los ojos cuando se visita la feria (que, a propósito, el miércoles tuvo el día de Uruguay): enorme cantidad de visitantes y alta proporción de adquirientes de libros.
Otro éxito extraordinario es el del Festival Internacional de Cine que por dos semanas viene organizando la ciudad de Buenos Aires, con producciones independientes de todo el mundo. Hasta el momento, lleva récords de público con respecto a los cinco años precedentes.
TEATROS. Y sigamos: los teatros están en pleno auge. Tanto el circuito tradicional comercial como los "under" (por llamarlos de alguna manera). En San Telmo y Palermo abundan los café literarios donde la gente acude no sólo a tomar algo, sino sobre todo a presenciar una obra unipersonal de teatro, un recitado de poesía y hasta alguna película del cine alemán expresionista vista en pantalla reducida. ¿Una recomendación al viajero?. El "Café Voltaire", en San Telmo.
Los que no pueden pagar se conforman con el llamado "Teatro de la Gorra", una modalidad surgida de la crisis. En una sala municipal se presenta un grupo independiente y ofrece una obra determinada; culminada la misma pasa "la gorra", es decir, pretende que el público, según le haya gustado o según la disponibilidad del momento, ponga lo que crea necesario, porque no se cobra entrada previa. De allí surgió el grupo "Los Macocos", que hoy, dado su éxito, pasó al nivel de los que, para verlos, hay que abonar antes.
Y hay más ejemplos de la renovada movida cultural: el Luna Park ofreció por primera vez en su historia una ópera (Carmen) y las entradas se agotaron en cada función y los cines, pese a que el precio se considera caro (80 pesos de los nuestros) tienen muchísimo público.
En fin, contra la crisis, cultura. Contra la apatía, descreimiento y desconfianza hacia las elecciones y sus candidatos, Buenos Aires responde poniéndole vigor y confianza a sus manifestaciones culturales. Una forma de defenderse, después de todo. Y de saber que este magnífico país no está ni estará, nunca, muerto.
Los porteños están en otra
BUENOS AIRES - El oficio engaña, claro. Un periodista que llega a una ciudad para cubrir un acto eleccionario viaja con la idea preconcebida que esa ciudad vive la euforia del acontecimiento. Craso error cuando nos encontramos con estas calles de Buenos Aires indiferentes a lo que ocurrirá el domingo.
El primer error del periodista fue creer que el atronador ruido a bombos y golpes de mano en el mismísimo hall de aeroparque era el primer encuentro con la algarabía preelectoral, porque se trataba en realidad de una ruidosa forma de protesta de los funcionarios de la empresa aérea LAPA, que no encontraron mejor forma de defender su fuente de trabajo ante el descalabro empresarial que machacar sin pausas los tímpanos de todos los que el miércoles estuvieron en el Aeropuerto.
La segunda confusión la proporcionó el viaje entre el aeropuerto y el hotel. Cuando se estaba extrañando la ausencia de síntomas electorales, el periodista observó de pronto, en la esquina de la 9 de Julio y Marcelo T. De Alvear, a una bulliciosa y numerosa congregación popular, que atribuyó sin pensar en otras causas a un club político, al retiro de listas o, si la suerte acompañaba al cronista, a un importante candidato hablándole a su público. Error: cuando el taxista giró por Alvear quedó la verdad al descubierto; se trataba de gente haciendo cola para conseguir entradas en el teatro Coliseo, donde se presentan Les Luthiers, cómicos con mayor arraigo, parece, que muchos de los candidatos.
El tercer error fue saludar a un conocido uruguayo que el periodista sabe nacido en Argentina. "Viniste a votar, claro", le dijo entre pregunta y aseveración. "No —fue la terminante respuesta—, vine con tres amigos a jugar al golf. M.A.M.