La historia tal cual es

Por estos días ha de compartirse que el Derecho Público Internacional se ha visto vulnerado y que la Organización de las Naciones Unidas, máximo foro universal ha sido ignorado en las acciones bélicas desarrolladas en Irak. También que merece repulsa la existencia de tiranos como Saddam Hussein, que reparten entre una oligarquía reducida las incalculables ganancias fáciles del petróleo y asentados en la tiranía y el nepotismo, les condimentan con ensueños de grandeza y de conquista, de agresión, de intolerancia, de crimen y de guerra.

Las naciones pequeñas como el Uruguay tienen que ser celosas de los principios del derecho internacional, incluyendo la no intervención y la autodeterminación, porque de otra forma, admitiendo lo contrario, se convierten en potenciales presas fáciles de los más poderosos. Hoy en día se viene desarrollando la teorización del "derecho de injerencia", que implica que ante determinadas circunstancias —violación de los derechos humanos, almacenamiento de armas químicas, tiranía, etc.— ha de admitirse la acción policial de unos estados sobre otros, invadiendo su territorio y atacando a sus ejércitos, con costos de civiles significativos.

También por estos días, ha quedado en claro que la adhesión del conglomerado marxista vernáculo a la Cuba de Castro es incondicional y están a disposición las actas parlamentarias y las declaraciones públicas de personeros de la caterva para testimoniarlo abundantemente. Es el aplauso y la genuflexión ante un régimen que viene violando los derechos humanos desde siempre. Que no reconoce el primero de todos los derechos fundamentales que es el de desplazarse libremente e irse del propio país a pasear o a radicarse en otros y que acalla a palos, cárcel, tortura y paredón cualquier protesta y la mínima expresión de libertad. Dictando en el marco de procedimientos propios de la vieja Inquisición española, condenas de cadena perpetua y fusilamiento a periodistas y personas que desesperadamente buscan bajo cualquier medio alcanzar horizontes de libertad y progreso.

Se trata del mismo régimen que se instaló en 1959 prometiendo democracia en vez de despotismo y que hizo todo lo contrario a lo que el mundo había contemplado con simpatía. Es el mismo que, amamantado por la caída Unión Soviética, promovió el comunismo continental —incluyendo a nuestro país— al que respondieron positivamente los comunistas uruguayos y los tupamaros y que, cuando Uruguay era una democracia indiscutida, desde principios de los 60, planificaron y desarrollaron una acción disolvente en el campo social, con huelgas y amotinamientos, y con robos, bombas, secuestros de personas indefensas y crímenes premeditados y alevosos.

En nombre de la nacionalidad y la democracia, nuestra Policía y Fuerzas Armadas pusieron el pecho y especialmente la espalda —blanco preferido de la subversión— para recibir metralla y conocer las consecuencias de la agresión más cobarde y destructiva que haya conocido la Patria. A los victimarios desde la reinstitucionalización, se les ha reconocido y premiado y a los caídos por la nacionalidad y nuestras libertades, por encima del devenir que luego impulsaron institucionalmente los acontecimientos, sistemáticamente se les desconoce cuando no se les provoca explícitamente.

Es tiempo de empezar a recordar la Historia verdadera, de aplicar la Ley de Caducidad y la ley penal de acuerdo con su tenor literal sin intencionalidades de militancia política y de evitar que la Comisión para la Paz termine siendo una Comisión para la Guerra.

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