Las noticias que nos guardamos

En los últimos doce años viajé trece veces a Bagdad para intentar convencer al gobierno de ese país de que permitiera que la oficina de CNN en Bagdad permaneciera abierta, así como para concertar entrevistas con los líderes iraquíes. Cada vez que visité al país me sentí progresivamente más inquieto y preocupado por lo que veía y oía: cosas terribles que no podían ser informadas porque de hacerlo habríamos puesto en peligro la vida de los iraquíes, particularmente de los que trabajaban en nuestra oficina de Bagdad.

Por ejemplo, a mediados de 1990 uno de nuestros cameramen iraquíes fue secuestrado. Durante semanas fue golpeado y se lo sometió a torturas con electroshock en el sótano del cuartel de la policía secreta, porque se negó a confirmar la increíble sospecha del gobierno de que yo era el jefe de la CIA en Irak. CNN había estado en Bagdad el tiempo suficiente como para saber que si le contaba al mundo sobre la tortura de uno de sus empleados esto seguramente conduciría a que lo mataran, además de poner en peligro a su familia y a sus compañeros de trabajo.

Para los ciudadanos iraquíes trabajar en una organización de noticias no les garantizaba protección. La policía secreta iraquí aterrorizaba a los iraquíes que trabajaban para servicios internacionales de prensa. Algunos se desvanecieron sin dejar ningún rastro y nunca se supo de nuevo de ellos. Otros desaparecieron y luego reaparecieron, contando en voz baja relatos de torturas inimaginables. Obviamente, otras organizaciones de noticias también se vieron en la misma situación que nosotros en lo que a sus trabajadores iraquíes se refería.

También debíamos preocuparnos de que nuestras informaciones no pusieran en peligro a otros iraquíes que no formaban parte de nuestro staff. Yo sabía muy bien que la CNN no podía informar lo que me había dicho a mí el hijo mayor de Saddam Hussein, Udai, en 1995; que iba a asesinar a dos de sus cuñados que habían desertado, al igual que al hombre que les había dado asilo, el rey Hussein de Jordania. Si hubiéramos dado esa historia, estoy seguro que hubiera matado al intérprete iraquí, que fue el único otro participante de esa reunión. Después de todo, los matones de la policía secreta iraquí golpeaban incluso a los funcionarios más altos del Ministerio de Información, sólo para mantenerlos en línea (uno de esos funcionarios perdió todas las uñas de las manos).

De cualquier manera, sentí que tenía una obligación moral de advertir al monarca jordano, y así lo hice al día siguiente. El rey Hussein descartó la amenaza como proveniente de un hombre loco. Pocos meses después Udai atrajo a sus cuñados de vuelta a Bagdad; pronto fueron asesinados.

Llegué a conocer a varios oficiales iraquíes con la suficiente profundidad como para que me confiaran que Saddam Hussein era un maníaco que debía ser depuesto. Un alto funcionario de la Cancillería me contó sobre un colega que, luego de descubrir que el régimen había ejecutado a su hermano, fue forzado, como muestra de lealtad, a escribir una carta de felicitaciones con respecto a la decisión que tomó Saddam. Un ayudante de Udai me contó por qué le faltaban los dientes delanteros: los guardaespaldas se los habían sacado con pinzas y le habían ordenado que nunca usara una dentadura postiza, para que pudiera recordar siempre el precio que tuvo que pagar por molestar a su jefe. De nuevo no pudimos informar ninguna de las cosas que esas personas nos dijeron.

En diciembre, cuando le comuniqué al ministro de Información, Mohammed Saeed al-Sahhaf, que pretendíamos enviar más periodistas a la zona norte controlada por el Kurdistán, me advirtió que sufrirían "las más severas consecuencias posibles". CNN sin embargo siguió adelante. En marzo las autoridades kurdas nos presentaron evidencia de que habían hecho fracasar un ataque armado a nuestra central en Erbil. Esta evidencia incluía confesiones grabadas en video de dos hombres que se identificaban como agentes iraquíes de inteligencia, quienes dijeron que sus jefes de Bagdad les informaron que el hotel en el que estaba ubicado CNN en realidad albergaba a agentes israelíes y de la CIA. Los kurdos nos ofrecieron la posibilidad de entrevistarlos, pero dijimos que no, por temor a poner en peligro a nuestros empleados en Bagdad.

Pero también están esos eventos sobre los que se informaron y que sin embargo no dejan de perseguirme. Una mujer kuwaití de 31 años, Asrar Qabandi, fue capturada por la policía secreta iraquí que ocupó el país en 1990, por "crímenes" que incluían haber hablado por teléfono con la CNN. La golpearon diariamente durante dos meses, mientras obligaban a su padre a mirar tal espectáculo. En enero de 1991, en la noche en que Estados Unidos comenzó su ofensiva, le aplastaron el cráneo y cortaron todo su cuerpo, miembro a miembro. Luego dejaron una bolsa de plástico con sus restos en la puerta de la casa familiar.

Me siento muy mal con estas historias encerradas dentro de mí. Ahora que el régimen de Saddam Hussein terminó, sospecho que escucharemos muchas, pero muchas más historias horripilantes que vivieron los iraquíes durante décadas de tormento. Por lo menos, ahora estas historias podrán ser contadas libremente.

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(*) Eason Jordan es jefe ejecutivo de noticias de la CNN

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